POCHÉ.
18 de diciembre
Entro directamente en la cocina para pedirle a Andrea un café de esos suyos que te quitan el sueño cuatro días. Es ese café que no les pone a los huéspedes por miedo a que se infarten, pero, si la pillas en un día bueno, te lo hace con una sonrisa. Después de días en el turno de tarde, entrar tan temprano a trabajar está acabando conmigo, sobre todo porque anoche al final nos acostamos tarde. Claro que tampoco es como si tuviera quejas, sino todo lo contrario.
Aunque estuvimos Lucía, Sebas, Daniela y yo, no podría decir qué hicieron los dos primeros, porque me pasé todo el tiempo con esta última. Bailamos. No sé cuánto tiempo, solo sé que empezamos a bailar por una canción que me encanta. Estuvimos en esa pista el tiempo suficiente para que mi corazón pudiera acelerarse y calmarse, al darse cuenta de que se trataba de ella y estaba a salvo.
Lo único que me molestó fue dejar de abrazarla. Desenlazar mis manos de su cuerpo y volver a una realidad que no me apetecía lo más mínimo. De hecho, es muy probable que la culpable de mi cansancio sea ella. Y mis abuelos. Me he pasado la mitad de la noche pensando en ellos y la otra mitad pensando en esa pista de baile y lo que ocurrió en ella.
O más bien lo que no ocurrió, pero deseé que ocurriera.
—Buenos días, Poché, ¿necesitas algo?
Me sobresalto un poco al oír a Andrea. Joder, me he evadido tanto que he olvidado que estaba en la cocina. La madrastra de Daniela tiene profundas ojeras y se sostiene sobre la encimera en una postura nada habitual en ella.
—Creo que eso tengo que preguntarlo yo —le digo preocupada.
—Oh, no es nada. —Se endereza y apoya las manos en la encimera—. Este embarazo estoy teniendo unas náuseas tremendas.
—¿Puedo hacer algo por ti? —le pregunto.
Su sonrisa es tan genuina que no me queda más remedio que corresponderle.
—Puedes sentarte y acompañarme con unos minutos de charla —me ofrece.
—Genial, porque además venía a rogar por un poco de ese café tuyo.
—Ah, chica lista. Justo he preparado un poco para cuando llegue Daniela, pero creo que no le importará compartirlo contigo. Después de todo, parece que habéis dejado de ser enemigas.
Es sutil. Mucho más que Germán, desde luego, y agradezco que sea ella la que saque el tema y no el padre de Daniela porque... Bueno, de nuevo: no soy tan valiente.
—Sí, parece que en general estamos dejando atrás el mal ambiente del hotel. Eso es bueno, mis abuelos están muy felices.
—Poché.
—¿Sí?
—No voy a darte café hasta que no me des algo jugoso a cambio.
Enarco una ceja mirándola.
—¿Qué insinúas?
—Oh, vamos, estoy segura de que puedes ofrecer algo mejor que una respuesta tan tibia como la que me acabas de dar.
—¿Tú crees?
—Repito: estoy segura. —Alza la jarra y la mueve frente a mí, como si yo fuese un perro y su café, un juguete irresistible. Me avergüenza reconocer que le funciona a la perfección—. ¿Y bien?
—Ha dejado de odiarme, o eso creo.
—Oh, nunca te ha odiado.
—Andrea, ¿dónde has estado todos estos años? —pregunto riéndome.
—Aquí mismo, cocinando y viendo cómo avanzabais a través del dolor hacia una relación insana y un poco tóxica, pero no de odio. —Guardo silencio, porque no sé qué decir—. Daniela nunca podría odiarte y creo que tú a ella tampoco.
—No, yo a ella no, pero...
—¿Habéis vuelto a ser mejores amigas, entonces? —pregunta obviando la respuesta que iba a darle.
—Bueno, algo así, sí.
—¿Algo así? Creo que no me sirve.
—Joder, Andrea. Me muero de sueño, me duele la cabeza y me espera una mañana infernal de números y papeleo. ¿No puedes ser una increíble mujer de alma piadosa y darme el café?
—¿Te gusta?
—¿El café? Me encanta.
—Poché...
—Buenos días.
Me sobresalto al oír la voz de Daniela y, por un instante, el pánico me invade al pensar que nos ha oído, pero parece tan dormida como lo estaba yo al entrar aquí, antes de verme sometida al interrogatorio de Andrea.
—Buenos días, cariño. ¿Café? —Le sirve una taza frente a mí de un modo muy sádico. Me sonríe y, al final, me sirve otra a mí.
—Dios, gracias —murmuro.
—¿Una noche larga? —pregunta Daniela.
Me fijo en ella. Tiene ojeras, pero eso no es raro. Daniela suele tener ojeras muchos días y me consta que siempre ha tenido un sueño irregular y ligero. Por un instante, quiero preguntarle si ha pensado en mí al menos una mínima parte de lo que yo he pensado en ella, pero entonces reparo en la mirada ansiosa de Andrea y carraspeo mientras me alejo de la encimera ahora que tengo mi preciado café.
—Sí, estaba inquieta, pero esto va a arreglarlo en solo unos minutos. Que vaya bien la mañana, chicas.
Huyo como la cobarde que soy sin dar opción a más réplica.
Me encierro en mi despacho y, aunque lo intento, durante toda la mañana resuena en mi cabeza la pregunta de Andrea.
¿Me gusta? ¿Me gusta? ¿Me gusta?
Podría decir que no. Jurar que es una cuestión de amistad. Que Daniela y yo solo estamos recuperando parte de lo que fuimos, pero estaría mintiendo y hasta yo sé cuándo debo parar.
No es solo amistad. Es algo más. Es... Es... Es distinto. Lo sé, lo siento cada vez que la miro. Lo sentí anoche mientras la abrazaba y sentía que todo volvía a ponerse en su sitio, pero de un modo distinto. Mejor. Como si el puzle que fuimos de adolescentes estuviera incompleto y este, el de adultas, ansiara encajarse por sí mismo.
El turno acaba, subo al apartamento para descubrir la actividad de hoy y, cuando mis abuelos rompen la casita correspondiente y leen la nota, sonrío como una idiota, porque el mundo acaba de convertirse en una bola llena de posibilidades.
«Patinar al anochecer en la pista de hielo de Rockefeller Center».
—Yo no sé patinar —dice Lucía con un deje de ansiedad—. Lo mejor será que os grabe desde fuera.
—Oh, ni hablar —dice Sebas mientras rasca la barriga de Snow, que le ha dado el privilegio de dejarse tocar por él—. Vas a patinar, chica, y vas a hacerlo mientras grabas, o grabo yo, que ya es hora de que la cámara te enfoque, para variar.
Muchos están de acuerdo con mi amigo y, en medio de todo el revuelo que supone la actividad, me fijo en que Daniela está tranquila, por sorprendente que parezca. Cuando se da cuenta de que la estoy mirando, sonríe y yo trago saliva porque, joder, qué preciosa está, aunque vaya vestida con el uniforme del hotel. No es eso, no es la ropa, ni siquiera su cuerpo o su cara. Es... es ella. Es simplemente ella. Podría intentar explicarlo de más formas, pero no me entenderías, porque no la estás viendo del modo en que yo la veo. No puedes deleitarte en la forma en que sus pupilas se dilatan cuando se preocupa por alguien, o se enfada, o simplemente ríe de verdad, sin fingir ni medias tintas.
Tú no tienes la suerte de tenerla en tu vida, pero yo... yo sí, y esta vez no pienso desaprovechar un regalo tan increíble como ese.
Xoxo
Cookiechispitas!
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Imperfectas Navidades | CACHÉ
RomanceDaniela Calle odia la Navidad. Y a María José Garzón. María José odia que Daniela sea tan testaruda, orgullosa y rencorosa. Y también odia que ella se empeñe en hacerle la vida difícil sin importarle que sea su jefa. Nora y Carlos, abuelos de María...
