DANIELA.
11 de diciembre
Solas. Estamos solas.
No es lo que yo hubiese elegido, sobre todo después de que ayer las cosas fueran tan raras en la cena de disfraces. Imaginé muchas reacciones a mi vestimenta, pero reconozco que, quizá porque pensé demasiado en eso, nunca concebí la posibilidad de que Poché volviera a comerse mi verdura a escondidas (si no contamos el maldito móvil de Lucía) y me llevase al apartamento de sus padres solo para darme un minuto de calma.
Aquello había sido... raro. Me había hecho sentir cosas que, desde luego, no quería sentir. Y no hablo de un sentido romántico, no es eso. Es que sentí que yo le importaba de algún modo y eso sí que no quería pensarlo. No podía permitírmelo teniendo en cuenta nuestro pasado.
Pero aquí estamos, porque los abuelos de Poché piensan que necesitamos pasar tiempo a solas, ya que somos las únicas que no han mejorado nada la mala relación laboral. De hecho, según sus propias palabras, hemos ido a peor y molestamos a trabajadores y huéspedes que están cansados de nuestra dinámica. Si me preguntas a mí, creo que nuestra dinámica es bastante entretenida, pero supongo que hay gustos para todo.
No me anima mucho que la actividad sea recorrer el Polo Norte dentro de Macy's. En Navidad, instalan en los grandes almacenes algo llamado Santaland. Una aldea del Polo Norte donde se puede conocer al mismísimo Santa Claus (nótese la ironía). Es gratis, pero hay que reservar hora y, como tenemos tanta suerte, resulta que nuestros queridos jefes nos han reservado una a Poché y a mí.
La situación es incómoda porque apenas hablamos. Recorremos los escaparates navideños, preciosos para la mayoría de las personas y demasiado recargados para mí, y nos empapamos del espíritu navideño. Bueno, siendo sincera, Poché se empapa y yo intento no poner cara de culo, pero no ayuda en nada el hilo musical.
—¿De verdad no vas a acercarte a él? —pregunta entonces mientras nos dirigimos a nuestra cita con Santa Claus.
—Poché, tengo veinticuatro años, ¿sabes lo raro que sería subirme a las piernas de un señor disfrazado de Santa? Es perturbador.
—Eso es porque tienes la mente muy sucia.
La miro estupefacta, pero no sé si por sus palabras o porque está sonando «Mele Kalikimaka» y es... raro. De verdad, oír un villancico con música hawaiana solo podía ser la guinda a este pastel extraño y extravagante.
Paseamos por un pasillo de luces de colores junto a un decorado que, para los amantes de la Navidad, debe de ser como caminar por el cielo. Hay árboles con caras de duendes, casitas en miniatura, juguetes decorando cada metro del lugar inspirando a los niños para pedir cuantas más cosas, mejor. No es como si me las diera de ser una gran persona, soy consumidora porque es imposible no serlo en una ciudad tan capitalista como esta, pero, en serio, todo esto es excesivo. Está pensado para que los niños se atiborren de imágenes de juguetes, dulces y fantasías. Lo sé porque mi padre y Andrea han traído a mis hermanas pequeñas y costó muchísimo dormirlas esa noche por la emoción desbordada.
A mí no me despierta emoción. Reconozco que en el pasado me encantaba, pero ahora todo me resulta demasiado artificial.
Cuando quiero darme cuenta, estamos frente a un Santa que, por fortuna, está sentado en un trono tan grande que su sillón es, en realidad, un banco de terciopelo verde. Alguien debería subirle el sueldo a la persona que pensó que era mucho mejor sentar a los niños a los lados que encima de un desconocido. Miro a Poché, que me lee el pensamiento y se ríe mientras niega con la cabeza.
—¿Te acercarás o no?
—Depende, ¿se lo dirás a tus abuelos si no voy?
—No me ofendas, Daniela. Por supuesto que sí.
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Imperfectas Navidades | CACHÉ
RomanceDaniela Calle odia la Navidad. Y a María José Garzón. María José odia que Daniela sea tan testaruda, orgullosa y rencorosa. Y también odia que ella se empeñe en hacerle la vida difícil sin importarle que sea su jefa. Nora y Carlos, abuelos de María...
