DANIELA.
Entro en casa sin ser consciente de que sonrío demasiado hasta que oigo la voz de mi padre.
—Sonríes demasiado.
No solo tomo conciencia, sino que levanto la vista sorprendida. Me lo encuentro con el ceño fruncido y los brazos cruzados, sentado en el sofá, como si me hubiese estado esperando. Muy probable, porque así es.
—¿Perdón?
—Últimamente sonríes demasiado. No sé qué pasa, ¿es porque te mudas? ¿Irte de casa te hace tan feliz como para que sonrías a todas horas aunque estés sola y no tengas un motivo aparente?
Suspiro. Me recuerdo a mí misma que mi padre no solo es intenso, sino que tiene una tendencia tremenda al melodrama que solo empeorará si me ofendo por sus palabras. Además, sé bien que no las dice de mala fe. Y sobre todo, sé que todo eso nace de la preocupación y el amor que siente hacia mí. Podría desear que fuera un poco más frío, pero es que resulta que mi madre ya es un poco (mucho) más fría y, créeme, eso es peor.
—No soy feliz porque vaya a marcharme de casa. —Intento reprimir la sonrisa cuando mi padre hace un puchero. Me acerco y me siento a su lado, luego le tiró de los brazos hasta que consigo que me dé una mano—. Sonrío porque están pasando cosas buenas, papá.
—Cosas buenas que van a alejarte de mí.
—No, cosas buenas que me harán crecer como persona. De ti no voy a alejarme nunca. Estaremos en los mismos turnos en el hotel y, además, vendré por casa un montón de veces. Casi no notarás que me he marchado.
—¡Claro que lo notaré, regalito! ¿Quién va a reñirme por poner música alta si tú no estás aquí? ¿Y quién va a controlar a tus hermanas? ¿Y quién revisará que el muñeco gigante de nieve de la escalera de incendio no acabe soltándose y matando a alguien?
—Te reñirá Andrea. Si no, le enseñaré a alguna de las renacuajas a hacerlo. Aprenderás a controlar a tus hijas pequeñas muy bien tú solito, porque siempre lo has hecho y, respecto al muñeco de nieve gigante... A ver, es que no debería estar ahí.
—Está seguro. Poché me ayudó.
—¿Ves? No me necesitas, papá.
—¡Claro que te necesito! ¡Eres mi pequeña!
—Voy a cumplir veinticinco años en solo unos días.
—¿Y? —Sonrío y él, al final, afloja un poco su actitud—. Perdona, estoy siendo un egoísta, ¿verdad?
—No es eso, es que...
—Sí, sí que lo es. Andrea me lo ha dicho muchas veces, que estoy siendo egoísta y que debería controlarme para no hacerte sentir mal por hacer tu vida, pero, hija, es que te quiero mucho.
Mi sonrisa se amplía y, aunque no lo diga, agradezco una vez más tener a Andrea en mi vida. De verdad, pienso que es un regalo que ella esté en casa y en la vida de mi padre. Aunque a veces me haya asaltado la duda de no ser parte al cien por cien de esta familia, porque ella no me parió, jamás me ha hecho sentir de más, sino todo lo contrario. Sé que tengo todo mi apoyo para marcharme de esta casa igual de bien que sé que, si en un futuro volviera, me recibiría con los brazos abiertos.
—Solo eres un padre preocupado y te entiendo, pero voy a estar bien. Y tengo a Poché y Sebas de vecinos, no lo olvides.
—Sí, eso me tranquiliza un poco —admite—. Debo tener una charla con Poché para avisarla de que debe cuidarte muy bien.
ESTÁS LEYENDO
Imperfectas Navidades | CACHÉ
RomanceDaniela Calle odia la Navidad. Y a María José Garzón. María José odia que Daniela sea tan testaruda, orgullosa y rencorosa. Y también odia que ella se empeñe en hacerle la vida difícil sin importarle que sea su jefa. Nora y Carlos, abuelos de María...
