Capítulo cuarenta y siete: La noche eterna.

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El tranvía avanzaba con normalidad, y gracias a ello, la sargento podía ver un paisaje bastante horrible de la ciudad, o mejor dicho, de algunas partes de la misma, ya que, sea lo que estuviera pasando en la ciudad, estaba dejando un rastro de muerte y destrucción.

— Esta mierda empeoró bastante. Me hace recordar a lo de Raccoon City — Mencionó al aire con cierta tristeza la mujer, pues el ver hogares arruinados, coches volcados y chocados contra otros, sin olvidar ver algunos cadáveres de personas, era lo que más le traía recuerdos sobre la noche en que su vida cambió para siempre.

— ¡Atención chicos, nos acercamos a una zona más poblada de la ciudad! — Dijo en voz alta Choi, mientras el transporte entraba a una zona bastante poblada, donde las áreas verdes eran pocas.

Para Jill, el ver la zona era prácticamente recordar el infierno en el que Raccoon City se convirtió cuando el virus-T se libero, condenando a la población de aquella desaparecida ciudad.

— Cuanta gente muerta, no espere ver algo así, no aquí — Menciono con gran desánimo la sargento al ver los cadáveres de la gente que habitaba el lugar, además de ver a los equipos de emergencia atender y subir a los heridos a las camillas médicas y llevarlos a las ambulancias para su traslado médico.

No obstante, la mujer veía con tristeza como varios niños y adolescentes eran retenidos por la policía y otras personas para evitar que se siguieran aferrando a los cuerpos de sus familiares ya muertos, como también veía como estos mismos pequeños debían ser atendidos por propios profesionales de la salud para que los evalúen y puedan ser llevados a un centro médico.

— Cuantas infancias y adolescencias se han arruinado por este puto desastre — Soltó al aire la mujer, mientras aún seguía recargada contra el marco de la ventana del transporte, y sin poder evitarlo, ella soltó una lágrima, pues todo lo que veía le traía horribles recuerdos.

A continuación, Lizzie, percatandose del estado de su compañera y superior, decidió acercarse y recargarse sobre la otra parte del marco metálico de la ventana, mirando a su superior, quien a su vez desvío su mirada, chocando con el de la castaño, quien a su vez le dio una pequeña sonrisa.

— ¿Por qué sonríes, Woods? Es raro verte así en una misión — Mencionó con intriga la mujer, dejando a un lado sus emociones para intentar cambiar el tema antes de que comience.

— No lo sé, solo tuve el impulso de hacerlo, además, se como se siente sargento, créame, es horrible — Dijo la mujer con cierto desánimo y los brazos cruzados.

— ¿A qué te refieres, Woods? — Cuestionó algo curiosa pero intrigada la mujer rubia, sin quitarle la mirada de encima a quien estaba delante suyo.

— Perdí a mis padres en el desastre en el aeropuerto de Harvardville — Confesó con gran pesar y tristeza la castaña mujer, quien hizo lo mejor posible para evitar que las lágrimas salgan de sus ojos.

— Lo siento, muchos perdieron a sus seres amados ese trágico día — Respondió con cuidado la mujer, mientras ponía su mano sobre el hombro izquierdo de su colega.

— Se que intentas empatizar conmigo o algo así, pero recuerda, hay cosas de las que es difícil hablar, así que recuerda, cuando incluso tú no estés lista para afrontar los recuerdos del pasado, tal vez tú eres quien deba hacer el intento por sanar y después pueda ayudar a los demás — Con eso dicho, la sargento se reincorporó y procedió a sentarse, no sin antes darle un último vistazo al desolador panorama de las calles de Punta Vida.

Por su parte, la francotiradora sonrió y después se quedo viendo parte del paisaje desolador.

— Que el todopoderoso tenga misericordia por las almas y las vidas de este gente — Se pronunció con lastima la mujer para después retirarse de la ventana e ir a sentarse, pensando sobre su trágico pasado.

MÁS QUE AMIGOS (NIVANFIELD) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora