Capítulo Treinta y siete: Confesiones de impacto.

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Los recuerdos se convertían en sueños, que a su vez se encargaban de trasmitir las emociones y sentimientos que, curiosamente, el teniente Nivans nuevamente podía sentir como si aún estuviera atrapado y obligado a repetir dichas emociones y sentimientos varias veces, en lo que para él podía ser algún tipo de simulación perversa.

Pero incluso cuando él dormía, también podía escuchar lo que sea que alguien pudiera decir, pues si bien el gas liberado por la IA podía tener un efecto fatal; la verdad era algo diferente, ya que el gas podía causar una parcial perdida de la consciencia. Pero a pesar de ello, aún podía haber alguna excepción en cuanto al efecto del gas se trata, y eso era algo que incluso la IA podía saber a la perfección.

Dicha información pudo haber sido bastante buena para Redfield, quien había finalmente aclarado y revelado sus sentimientos hacia su lindo castaño, quien realmente y sin que él supiera, escucho aquella declaración. Sin embargo, y dado su condición en ese entonces, Piers interpretó aquella declaración, como una parte de su sueño que su subconsciente había creado; aunque ahora, el teniente creía fielmente, a pesar de su actual estado, que esa afirmación era inusual.

Aunque ahora, él prefería creer que dicho sueño era real, pues era algo en lo que podía aferrarse hasta su despertar, pues el teniente era consciente de que él estaba en algún tipo de coma por algún periodo de tiempo considerable, debido a que su sueño se había alargado bastante, permitiendo que de a poco su sistema auditivo pueda recuperarse y vuelva a funcionar bien, lo que igual le permitió escuchar lo que los médicos decían, y sobre todo escuchar todo lo que sus amigos decían, y más cuando uno de ellos era su capitán, quien llegaba todos los días para hablarle y decirle al oído lo mucho que lo amaba, provocando una sonrisa en el teniente, que lamentablemente no podía mostrar.

“Pronto despertare muchachos” Decía en sus sueños el castaño, pero sin poder hablar, pues aún su habla no era el mejor, y, al estar de cierta manera inconsciente, era claro que no podía hablar, por más que quisiera, convirtiendo su sueño en una tortura total.

Pero una persona no pueda estar tanto tiempo inconsciente, así que en un día perfectamente soleado y con una exquisita brisa fresca procedente del océano, fue que el teniente finalmente despertaría para sorpresa y felicidad de todos.

Pero una persona no pueda estar tanto tiempo inconsciente, así que en un día perfectamente soleado y con una exquisita brisa fresca procedente del océano, fue que el teniente finalmente despertaría para sorpresa y felicidad de todos

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El día era más que perfecto. El reloj de pared de la habitación marcaba las 14:27 horas, y la luz solar traspasaba la tela blanca semi transparente, que permitía a la luz natural iluminar una parte de la habitación, mientras que las luces y el aire acondicionado estaban encendidos, permitiendo que quien estaba al lado del joven hombre, pueda estar más relajado.

Pero tal como la vida es bastante impresionante, aquella vez no sería la excepción, pues de a poco el teniente comenzó a mover con cuidado los dedos de su mano izquierda hasta finamente comenzar a abrir sus ojos de poco a poco.

— ¿Qué... qué carajos...? — Fue lo único que pudo decir el castaño hombre con un tono de voz algo alto, pero suficientemente audible para que pudiera escuchar esas palabras.

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