7. A jugar

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Regresaron a la oficina en silencio, y solo la alegre cháchara de Emma Storni impidió que la tensión entre ellos se hiciera insoportable. Lexy evitaba mirarlo, y Joseph empezaba a preguntarse si había cruzado una línea de la que no podría volver.

Ella era como un libro de cálculo avanzado: complejo, fascinante, lleno de fórmulas que aún no sabía descifrar. Y aunque moría por resolver todos sus misterios, temía no estar a la altura del desafío.

Emma, como era costumbre, desapareció hacia el departamento de finanzas para coquetear con los chicos guapos y dejarles espacio.

—Señorita Bouvier, quería... —intentó Joseph, justo cuando ella se escabulló hacia el baño del fondo.

—Sí, no se preocupe. Voy a esperar aquí afuera —dijo, mientras la puerta se cerraba en su cara. Con una sonrisa amarga, se corrigió mentalmente—. Claro. Voy a esperar aquí... como un idiota baboso.

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Persiguiendo a su secretaria hasta el baño? Se echó a reír. El hechizo de esa chiquilla lo tenía completamente desarmado. Regresó a su escritorio, decidido a concentrarse en los pendientes que llevaba días postergando.

Lexy volvió poco después, como si nada hubiera pasado. No lo miró. No lo saludó. La tensión podía palparse desde el otro lado de la oficina.

Más tarde, hablaron por teléfono. Fingieron que lo del restaurante no había ocurrido. Fingieron, pero Lexy se moría por mencionarlo y por preguntar qué ocurriría entonces.

Estaba a punto de inventar una excusa para llamarlo de nuevo, cuando una rubia de curvas generosas cruzó la oficina de Storni con total soltura, como si conociera cada rincón de memoria.

—¿Y tú? —preguntó con voz entusiasta y una sonrisa de labios rosados.

Observó a Lexy con burla y superioridad.

Lexy intentó responder, pero se sintió ridículamente pequeña ante esa mujer.

—Dile a Storni que ya vine —ordenó la rubia, echándose el cabello hacia atrás con elegancia.

—Lo-lo siento, ¿puede darme su nombre? —preguntó Lexy, intentando sonar profesional.

—Anne Fave —pronunció con teatralidad, como si su nombre mereciera ser escrito en letras doradas.

Lexy tragó saliva y se obligó a mantener la compostura.

—Tome asiento, por favor. Veré si el señor Storni puede recibirla.

La mujer se rio, encantada de sí misma.

—No seas boba, niña. Joseph siempre tiene tiempo para mí.

Lexy se puso de pie con un sobresalto y caminó hasta la puerta de la oficina. Golpeó dos veces por costumbre y entró sin esperar respuesta.

—Señor Storni, tiene una visita —murmuró sin levantar la vista.

—¿Sí? —Él la miró con los ojos llenos de ilusión.

—La señorita Fave está afuera. Dice que... que quiere verlo.

Joseph dejó de teclear. Se levantó, directo a la puerta. Lexy, impulsada por una mezcla de celos y ansiedad, se interpuso.

—Señor... lo del restaurante... —empezó con la voz temblorosa—. Nunca había hecho algo así. Yo... perdóneme, por favor.

Él la observó en silencio y luego se acercó hasta dejarla atrapada entre su cuerpo y la puerta.

—¿Por qué me pide perdón, señorita Bouvier? —susurró—. Fui yo quien la tocó. El que debería disculparse soy yo.

—¿Sí? —jadeó ella, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Sí. Pero no me voy a disculpar, porque no me arrepiento de lo que hice —respondió.

Lexy enrojeció al instante.

—Se-señor...

—Me dijo que le gusta el contacto físico... y los mordiscos —repitió él con una media sonrisa, susurrando cerca de su cuello.

Con una caricia apenas perceptible, delineó su cintura. Lexy tembló, atrapada en un juego peligroso del que no quería salir.

Storni tomó sus muñecas con firmeza y la inmovilizó contra la puerta. Se inclinó sobre ella, hundiendo el rostro en su cuello y aspirando su aroma a jabón.

—A mí también me gusta el contacto físico, señorita Bouvier. Y los mordiscos —susurró, rozando sus labios por su piel—. Si no quiere esto, dígamelo ahora.

Ella no dijo nada.

Solo le ofreció silencio.

—Nada me gustaría más que tenerla esta noche —confesó con descaro, mientras su mano bajaba por su espalda—. Ahora, vaya al baño, quítese las bragas y dígale a Fave que pase.

—No-no tengo bragas, señor Storni —confesó ella, completamente sonrojada.

Joseph rio con la mirada encendida, la sujetó del brazo y la atrajo contra su pecho.

—¿A qué juegas, Lexy? —le preguntó, agitado.

—No lo sé, señor Storni. A lo mismo que usted.

Y sin pensarlo, se puso de puntillas y le rozó los labios con un beso torpe y tembloroso.

Joseph se quedó inmóvil. El deseo acumulado toda la semana explotó.

—¿Qué fue eso? —gruñó con la voz ronca—. ¿Un beso?

—Creo que sí.

—Entonces hágalo bien.

Le tomó el rostro con ambas manos y la besó sin piedad. Lexy abrió los labios y le permitió invadir su boca. La pasión se desbordó.

Se olvidaron de todo: del mundo, del trabajo... incluso de Anne Fave.

Las manos de Joseph la acariciaron por completo, moldeando su silueta como si la hubiera esculpido él mismo. La apretó contra la puerta, sus labios devoraban los suyos y sus manos se deslizaron bajo la falda.

Ella rozó su erección, apenas con la yema de los dedos, y ambos jadeaban cuando, de pronto...

—¡Joseph! —la voz de Anne interrumpió el momento.

Lexy retrocedió, con la respiración entrecortada. Acomodó su falda, abotonó su blusa y bajó la mirada.

—¿Te lastimé? —preguntó él, visiblemente afectado.

—¿Qué? ¡No! Al contrario —dijo Lexy, avergonzada—. Es solo que... es la primera vez que hago algo así. No quiero que piense que soy...

—No pienso nada malo de ti, Lexy. Solo que... la próxima vez, elegiré un lugar más romántico que esta oficina helada —susurró, besándole la frente con dulzura.

—La señorita Fave lo espera... —murmuró ella con voz apenas audible—. ¿Va a acostarse con ella?

Joseph soltó una carcajada.

—No, Lexy. No voy a acostarme con ella —dijo firme. Ella lo miró, confundida—. Voy a acostarme contigo. Cuando tú me lo permitas.

Y antes de que pudiera reaccionar, le robó un último beso y salió de la oficina, con el corazón, y la conciencia, a punto de estallar.

Siempre míaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora