Lexy caminaba detrás de Joseph, aún un poco desorientada con los pasillos de su casa. No era una mansión de revista, pero era fácil dos o tres veces más grande que su hogar.
—Mi hermana y sus amigas se reúnen cada viernes para chismear —explicó Joseph al llegar a la cocina, justo cuando una explosión de risas y grititos femeninos las envolvió—. No te molesta, ¿verdad?
—¿A mí? —Lexy se llevó la mano al pecho, fingiendo sorpresa.
Nadie solía preguntarle su opinión. Ni siquiera cuando se trataba de cosas que le cambiaban la vida.
"¡Claro que no nos molesta! Somos la invitada número trescientos ochenta y seis de esta casa", murmuró su conciencia. Lexy negó con la cabeza mientras Joseph le sonreía desde la puerta.
Él tenía esa mirada oscura que solía derretirla en segundos.
"No te ilusiones tanto", volvió a escupir su conciencia. "Ese cartel invisible en tu espalda grita: uso temporal."
—Tengo carne, verduras... o podría improvisar unos emparedados. ¿Qué se te antoja, linda? —preguntó Joseph, con medio cuerpo dentro del refrigerador.
—En donde vivo hay un carrito de comida que vende sándwiches de carne —dijo, cerrando los ojos con placer solo de recordarlos—. Son una locura.
—Jamás los he probado —respondió él, con sincera intriga—. Me encantaría hacerlo.
Lexy sonrió y se escabulló entre sus brazos para buscar los ingredientes. Joseph la observaba en silencio, fascinado. Le gustaba verla invadir su cocina, ese espacio que siempre le había parecido ajeno, frío.
—Eres muy rápida —comentó, acercándose sin querer contenerse—. Yo soy un desastre, nunca se me ha dado bien cocinar.
—Yo también era un desastre. Me quemaba todo. Pero prefería eso a escuchar las conversaciones eternas de Esteban y sus padres en las cenas familiares —rio, mientras cortaba el pan—. Elegí refugiarme en la cocina en lugar de morir de aburrimiento.
—Eres muy interesante, linda —murmuró Joseph, y cuando la comida estuvo lista, la acorraló con descaro. La tomó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo, sin pudor.
—Me llamas "linda" porque no recuerdas mi nombre, ¿verdad? —lo acusó, frunciendo el ceño.
Joseph soltó una carcajada que la descolocó.
—¡Lo haces! ¡Desgraciado! —exclamó, intentando zafarse de sus brazos para marcharse indignada.
—¡Quédate quieta, Lexy Antonieta Bouvier! —tronó su voz.
Lexy se paralizó. En otra vida, ese tono firme habría bastado para asustarla. Pero ahí, frente a él, solo consiguió hacerla flotar.
Joseph la giró con brusquedad y la acercó otra vez. Ella lo enfrentó con los ojos más abiertos que nunca.
—Te llamo linda porque me pareces linda —dijo, rozándole el rostro con los dedos—. Sé cómo te llamas, sé dónde vives... y creo que empiezo a saber quién eres.
Le dio un beso en la mejilla y ella respondió con una risa suave, casi tímida.
Iban a besarse de nuevo, pero la puerta de la cocina se abrió. Emma entró con una amiga, interrumpiendo el momento.
—Tenemos comida. ¿Quieren venir? —preguntó Emma, lanzando una mirada cómplice.
—Estamos bien —respondió Joseph.
—Hola, Joseph —saludó la amiga, lanzando una sonrisa coqueta que ignoró por completo a Lexy.
—Hola, María Ignacia —contestó Joseph, educado.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
