Joseph Storni revisaba documentos confidenciales cuando el correo de la señorita Bouvier apareció en su bandeja de entrada. Al leerlo, se quedó inmóvil. Frunció el ceño. Luego, volvió a leer. Una segunda vez. Una tercera.
Señor Storni, me gusta el contacto físico y los mordiscos.
Un cosquilleo eléctrico le recorrió la nuca.
—Oh, mierda... —masculló. Su conciencia aplaudía como una porrista eufórica.
En su mente, Lexy apareció gateando sobre su alfombra, con las medias negras ceñidas a los muslos. Y sin ropa interior. Aquella imagen lo golpeó con la fuerza de un camión.
Tenía que salir de la oficina. Respirar, calmarse o desahogarse con Anne Fave, su amante de oficina. Pero, por primera vez, sintió vergüenza. Su erección era un problema y su conciencia no lo dejaba tranquilo.
"¿Ignorarla? Imposible. Esa línea fue un grito desesperado..."
Se frotó el rostro y, decidido, marcó al despacho.
—¿Lexy? —preguntó, más jadeo que voz.
—Señor, tiene una llamada de Anne Fave —respondió ella, incómoda.
Joseph cerró los ojos. Qué perfecta coincidencia.
—Pásamela —dijo, resignado. Y sin esperar, masculló con voz ronca—: Tengo muchas ganas de follar. Pero quiero que uses una falda negra ajustada, camisa blanca, ligas... y sin ropa interior. Ah, y ponte una maldita peluca. Hasta la barbilla.
Describía a Lexy. Entera.
—¿S-señor Storni? —la voz temblorosa de Lexy volvió—. Yo... no transferí la llamada. Lo siento. No quise escuchar eso.
Joseph sintió el color subírsele a las orejas. ¡La maldita tecla! ¡La jodida tecla amarilla!
—Lexy... ¿y la llamada? —carraspeó.
—Demasiadas teclas modernas... lo siento, señor.
Él soltó el auricular y se levantó de golpe. Caminó a paso firme hasta su escritorio, con el orgullo herido y la dignidad hecha trizas.
—Señorita Bouvier, la tecla amarilla transfiere el llamado. La presiona y luego cuelga. ¡No es física cuántica!
Lexy parpadeó. Muchas veces. Demasiadas.
—Lo siento... —susurró, visiblemente afectada—. Nunca había usado un teléfono así...
Joseph estaba a punto de contestar cuando notó cómo ella alzaba los brazos con un gesto defensivo. Como si esperara un golpe.
Y entonces, lo entendió.
No eran simples nervios. Era trauma.
—Debería ir a la policía —murmuró, tenso—. Su cuerpo no debería reaccionar así ante un simple grito.
Ella bajó la mirada, mordiendo su labio.
—Sí, señor.
—Lávese la cara. Tómese un vaso de agua helada —añadió, más suavemente.
Lexy se levantó. Temblorosa.
Y Joseph, frustrado, la observó alejarse. Sintió un nudo en el estómago. ¿Qué demonios estaba haciendo con ella? Peor aun, ¿que mierda estaba haciendo con él?
***
En el baño, Lexy se miró al espejo. Su piel estaba pálida. Se pellizcó las mejillas sin éxito. Su reflejo le devolvió una imagen cansada, vulnerable, rota.
La puerta se abrió y una joven entró con energía renovadora.
—¿Eres nueva? —preguntó.
—Sí, es mi primera semana.
—Bienvenida. Soy Emma Storni.
Lexy sonrió, ignorando el apellido.
—Gracias. Soy Lexy.
—¡¿Lexy Bouvier?! ¡Te conozco! Leí tu informe. Eres la nueva secretaria de Joseph.
Lexy tragó saliva.
—¿El señor Storni...? —preguntó ella, tímida.
—Ay, no le digas así. No es tan viejo. Tiene veintinueve. Capricornio. Apasionado. ¿Ya sabes?
Le guiñó un ojo.
Lexy se ruborizó como si acabara de confesarle su contraseña bancaria.
—Ha sido un gusto —dijo, buscando huir.
—¡Vamos juntas! —decidió Emma, colgándose de su brazo, amigable—. Joseph me invitó a almorzar. Siempre me usa de escudo emocional con sus inversionistas.
***
El restaurante era elegante. Demasiado para el bolsillo de Esteban. Lexy jamás había visitado un lugar así.
Lexy se sentó junto a Emma. Intentó relajarse, pero el vino era demasiado fuerte y los nervios le jugaban en contra.
—¿Dónde están? —preguntó Lexy, mirando en todas direcciones.
—Discutiendo el tamaño de sus penes. Cosas de hombres —bromeó Emma.
Lexy escupió el vino de la risa ahogada. Emma era una chica agradable, que la hacía sentir en confianza.
Joseph apareció con dos empresarios sonrientes.
—Lexy Bouvier, mi nueva secretaria —anunció él con voz segura.
Damián y Luca la saludaron con formalidad. Ella respondió con cortesía y se quedó callada. Discreta y observadora.
Cuando la charla se desvió hacia Emma, que era el centro de atención, Joseph se inclinó hacia Lexy.
—¿Ya sabes qué quieres comer? —le preguntó.
Ella negó, riendo.
—No puedo pronunciar ningún plato del menú... —Lexy miraba la carta con mueca divertida.
—¿Confías en mí? —murmuró él.
—Siempre —respondió ella sin pensar y con una sonrisa.
—El higado de pato es perfecto.
Joseph se acercó un poco más. El aroma de su cuello lo embriagó. Era algo nuevo, fresco y juvenil.
—Me gusta mucho la idea, señor Storni.
Él la miró con asombro. Esa era una nueva Lexy. Más segura y también más coqueta.
Ella se cruzó de piernas. Su falda se deslizó y Joseph bajó la mirada. El mantel blanco ocultaba justo lo necesario... o lo provocativo.
—Tiene el mantel entre las piernas —avisó.
Y sin más, su mano se deslizó por su muslo. Despacio y tímido al principio. Luego más osado.
Lexy lo detuvo. No con palabras, sino con una mano sobre la suya.
No era un rechazo. Era una advertencia. No huyas, pero tampoco corras.
Cuando ella la soltó, Joseph se atrevió a más. Sus dedos subieron hasta su rodilla. La acariciaron con cuidado, como nadie la había tocado antes.
Ambos fingieron atención a la conversación, pero ninguno oía nada.
Ella jugaba con la copa de vino. Él, con su piel.
De vez en cuando, se miraban. Y en esa mirada, Joseph se derritió. No por lo hermosa que era, sino por lo poderosa que se sentía su vulnerabilidad. Fingían sonrisas y respiraciones calmosas.
—Señorita Bouvier... —susurró, con la voz ronca, en su oreja—. Es usted muy cruel.
—Usted también lo es —replicó ella.
Cuando llegó la comida, Joseph atrapó su mano bajo la mesa. Entre sus dedos, entre sus silencios. Entre ese deseo que ya no sabían disimular.
Lexy no saboreó ni una palabra de la charla.
Solo la sensación de su piel vibrando bajo la caricia de su jefe.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
