5. Mordiscos

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El martes, Lexy pasó casi todo el día sola.

Joseph Storni había tenido una jornada repleta de reuniones y presentaciones, y apenas si se dejó ver por la oficina. Pero justo antes de la hora de salida, recibió un correo suyo. Corto, cálido, alentador. Lo suficiente para arrancarle una sonrisa tonta mientras recogía sus cosas y salía rumbo a casa.

Aunque no debería, porque, en teoría, tenía un prometido, aquel con quien se suponía iba a casarse en un par de meses. Aquel al que, se decía a sí misma: "amaba", pero algo le estaba ocurriendo con el señor Storni. Con su jefe.

Y era incorrecto. Era inmoral. Estaba mal. Incluso pensarlo estaba mal. Y aun así... lo pensaba. Lo pensaba más tiempo del que debería.

Se le había quedado pegado a la piel. Sus caricias, su voz, sus palabras... Todo seguía ahí, dando vueltas en su cabeza.

Le había removido tanto, que incluso lo había soñado.

Su abuela la esperaba en la cocina. Elena, su refugio, su cómplice, su única amiga desde que su relación con Esteban la fue aislando poco a poco del mundo.

—¿Té o café? —preguntó Lexy, moviéndose entre los cajones como si flotara.

—Un té estaría bien —respondió Elena, partiendo con cuidado una tarta de manzana sobre platos de loza—. ¿Y el trabajo?

—Me encanta. Aún no entiendo cómo terminé allí, pero me encanta —dijo Lexy, muy ilusionada.

—¿Entonces eres secretaria? —preguntó su abuela.

—De Joseph Storni —respondió Lexy con un leve sonrojo.

—Ese apellido suena a alguien importante... ¿y guapo? —Su abuela la miró traviesa.

—¡Abuela!

—Solo pregunto. Joseph Storni suena a hombre con trajes italianos y sonrisa peligrosa.

Lexy se rio, aunque su rubor la traicionó.

—¿Y usa corbata?

—Sí. Y zapatos carísimos. Y perfume caro.

—Me encantan los hombres elegantes. Pero no te preocupes, no te lo voy a robar —bromeó Elena.

—Abu...

—¿Ya le echaste el ojo?

Lexy bufó. Fingió desinterés y fracasó.

—Abuela, estás delirando.

—Hazme caso, niña. La juventud se va. Y ese prometido tuyo... ay, no quiero hablar mal, pero a veces uno se arrepiente de no haber probado otros pasteles. —Su abuela le guiñó un ojo.

Elena mordió su tarta con gusto, saboreando cada pedazo. Lexy sonrió, sabiendo que no hablaban de postres.

Y por un momento... fue feliz.

Pero la felicidad, en su vida, siempre venía con fecha de vencimiento.

Esteban bajó de la habitación sin hacer ruido. Saludó con su tono amable de siempre, pero ella reconoció el filo en sus palabras. En su mirada. En su forma de sentarse.

Lexy comenzó a inventar excusas. No quería quedarse a solas con él. Le pidió a su abuela que se quedara un rato más, pero el sueño la venció. Se quedó dormida en el sillón mientras las noticias llenaban la sala de murmullos grises.

Esteban aprovechó para atacarla:

—¿De qué hablabas con la vieja?

—Del trabajo —respondió fría.

Siempre míaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora