12. Lo que Storni quiere

14.4K 930 42
                                        

Lexy dominó la cocina como si fuera su escenario natural, con una facilidad encantadora que Joseph observó en absoluto silencio, participando solo con sus ojos y una curiosa devoción. Se obligó a mantener las manos lejos y la lengua quieta, memorizando cada consejo que ella le daba sobre condimentos y tiempos de cocción.

No hubo pavo esa noche, pero sí un filete perfectamente sellado, acompañado de verduras asadas y una copa de helado que Lexy eligió descaradamente antes de servir la comida.

—¿Postre antes de la cena? —cuestionó Joseph con las cejas arqueadas.

—Las reglas son para la gente aburrida —replicó ella, lamiendo la cuchara con un gesto travieso.

Durante la cena, evitaron con elegancia cualquier conversación dolorosa. Hablaron del futuro, de metas absurdas como aprender francés o montar una florería en la Toscana. Joseph dijo que le gustaría tener una fábrica de mermeladas en el sur del país y Lexy dijo que le gustaría vivir en una granja llena de árboles tan altos que tocaran el cielo.

Lexy se rio más de una vez, y Joseph se encontró disfrutando de la calidez que ella irradiaba cuando no tenía miedo. No pudo evitar confesarle que le había comprado rosas.

Lexy se quedó en silencio, sorprendida. No supo cómo reaccionar. Nadie, nunca, le había regalado flores. Y, aunque parecía un gesto simple, para ella era tan nuevo... tan íntimo... que le erizó la piel.

Casi a las ocho, y sintiéndose más segura de lo que había estado en semanas, Lexy tomó el teléfono de la casa y llamó a su abuela.

—No te preocupes por mí este fin de semana —dijo con voz baja—. Si Esteban pregunta, dile que estoy contigo... que no me siento bien, lo que sea...

La anciana suspiró al otro lado de la línea, pero accedió sin preguntar demasiado, pero también quiso un poco de información:

—Está bien, pero eso sí —añadió con tono cómplice—, el lunes quiero saber todo del nuevo galán.

—Abuela...

—¡No me mientas! ¿Es el jefe? —Se moría de ganas por saber.

Lexy se rio entre dientes.

—Ajá...

—¡Sabía que mi Pachamama no falla! —exclamó la mujer con entusiasmo—. Guapo de primavera entierra al idiota del invierno.

—¿Qué?

—Nada, cosas mías. Tú pásalo bien. Te lo mereces, mi niña.

Cuando colgó, Lexy se quedó mirando la nada, pensativa. Luego encendió su móvil y tragó saliva al ver decenas de notificaciones. Todas de Joseph.

Correos. Llamadas. Mensajes.

"Alguien de verdad se preocupa por ti", musitó su conciencia con tono burlón.

La confusión se le instaló en el pecho. La noche anterior él había sido claro: no quería una relación. ¿Entonces por qué tantos mensajes? ¿Todas esas llamadas? ¿Solo era laboral?

"¿Por qué no le dices que su bipolaridad emocional nos tiene al borde de una crisis existencial?" —bufó su conciencia.

Joseph apareció en la puerta con un par de toallas limpias en brazos.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —mintió Lexy, bajando la vista—. Voy a ducharme. Gracias por esto.

Tomó las toallas y desapareció tras la puerta del baño. Una línea invisible quedó trazada entre ellos.

Mientras el agua caía y su conciencia no paraba de fastidiarla, Lexy peleó con el pijama que Emma le había dejado. Sus brazos, aún lastimados, no le respondían bien. Frustrada, ajustó la toalla sobre su pecho y salió.

Apenas abrió, se encontró con Joseph, sentado en el suelo frente a la puerta, en completa oscuridad.

—¡Dios mío! ¿Estás loco?

—¿Estás bien? —Era la única pregunta que tenía en su cabeza.

—No. Estoy harta. Confundida. Agotada. Me tratas como si fueras mi salvador un minuto, y al siguiente, actúas como si no sintieras nada. ¡No sé qué quieres de mí!

—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó él, intentando lidiar con lo mismo que ella sentia.

—¡No!

—Entonces dime qué quieres —exigió él.

—No, tú dime qué quieres tú, Joseph. ¿Por qué me llamaste diez veces? ¿Por qué me escribiste? Porque no son correos de trabajo, no seas hipócrita...

Joseph apretó la mandíbula.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Por favor. Seamos honestos de una vez —exigió ella, con las mejillas rojas.

—Quiero hacerte mía, Lexy. En mi oficina. En esa alfombra que ensuciaste con café. En cada rincón donde me has vuelto loco. Eso es lo que quiero. —Ella se quedó sin aire—. Pero no voy a darte flores ni dulces promesas después. No soy ese tipo de hombre.

—Mentira. Me compraste rosas... —dijo ella. Joseph se quedó mudo. La tenía contra las cuerdas—. Sí quiero —susurró ella—, pero... no puedo.

Él dio un paso hacia ella y se detuvo a mitad de camino, derrotado.

—¿Necesitas algo más?

Lexy tragó saliva, levantó el pijama.

—No puedo vestirme sola...

Joseph asintió y tomó el pijama, sin decir nada. Y justo cuando pensó que ella iría al baño otra vez, Lexy dejó caer la toalla con una calma escalofriante.

Él se cubrió el rostro con las manos, soltando un suspiro entre dientes.

—No tengo las caderas de la señorita Fave, lo siento —dijo ella, burlona.

Joseph gruñó.

Se arrodilló y empezó a vestirla. Tocó su piel por accidente, y ese simple roce fue dinamita. Se detuvo. La miró.

Su mirada recorrió lentamente su cuerpo. Muslos, caderas, espalda. Se mordió la lengua, reprimiendo un gemido.

Subió la camisola por sus brazos con cuidado, como si vistiera algo sagrado. Abotonó con precisión casi médica, y al llegar al último botón, le tocó el mentón.

Ella respiraba rápido, agitada. Joseph lo notó. Y entonces susurró, cerca, muy cerca:

—Lo siento, Lexy.

—¿Por qué?

—Porque no voy a poder contenerme por mucho tiempo más.

Siempre míaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora