A la mañana siguiente, las carcajadas de Emma y sus amigas, aún despiertas y escandalosas, se colaron por la puerta entreabierta, despertando a la pareja al mismo tiempo.
Se miraron durante unos segundos, sin hablar. Bastó una sonrisa compartida para que el aire se llenara de algo nuevo, algo íntimo.
—¿Dormiste bien? —murmuró él, acariciando su mejilla con suavidad.
—Muy bien —respondió Lexy, justo antes de sobresaltarse al sentir sus manos en las piernas.
Su mentón tembló. Discretamente, se revisó el aliento, nerviosa por arruinar su primer despertar juntos.
Joseph se acomodó junto a ella y dejó que sus manos exploraran sus muslos, subiendo hasta rodear las caderas. Luego, se deslizaron por debajo de la holgada camiseta que ella llevaba y acariciaron la piel tibia de su abdomen.
Durante minutos no dijo nada, simplemente la tocó. Adoraba la suavidad de su piel, el sonrojo de sus mejillas, el temblor ligero de sus labios aún hinchados por los besos de la noche anterior.
Sin previo aviso, se inclinó y la besó.
Ella no estaba preparada, pero su cuerpo sí. Respondió con torpeza, temblando de emoción, con un corazón galopante que le retumbaba hasta en los oídos.
Sus manos tímidas se deslizaron por su cuello, por su rostro, buscando anclarse mientras el deseo crecía sin freno. Joseph se acomodó entre sus piernas y Lexy lo rodeó con las suyas, pegándolo contra su cuerpo con hambre, con necesidad.
Él bajó la boca hasta su mentón y luego hasta sus senos, ocultos bajo la camiseta. Le encantaba verla así, entregada y despierta, con el cabello alborotado y las mejillas sonrojadas. Fue desabrochando la prenda, dejando al descubierto esa piel que ya conocía, pero que igual lo dejaba sin aire.
Su boca se fundió con su pecho, besando y lamiendo cada rincón, hasta que ella gimió. El sonido le recorrió la columna. Lexy se deshizo de su camisa y se incorporó sobre él, atrevida, besándole el torso y saboreando el rastro de jabón impregnado en los vellos de su pecho.
Joseph soltó una risa grave antes de empujarla suavemente hacia abajo. La inmovilizó con una mano en el mentón, la besó con vehemencia y luego se desnudaron casi a la vez, entre risas, entre jadeos, con urgencia.
Recordando lo ocurrido la noche anterior, Joseph no dudó esta vez: tomó el preservativo y se colocó encima de ella.
Se hundió en su cuerpo con un gemido ronco, cerrando los ojos ante el calor que lo envolvió.
—Ni siquiera son las ocho de la mañana y ya quieres divertirte —susurró sobre su boca, mordiéndole el labio.
Lexy gimió con un estremecimiento. Sus manos bajaron por su espalda, empujándolo más hacia ella.
—Dime lo que quieres —jadeó él, entre mordidas suaves y mirada fija.
Ella se sonrojó, tragando saliva antes de responder.
—Quiero tenerte adentro...
—Ya estoy adentro, linda.
—Más... más adentro.
Joseph sonrió, entre sorprendido y excitado.
—Fóllame duro, Joseph. Lo necesito.
No necesitó oír nada más.
La embistió con fuerza, una y otra vez, haciendo crujir la cama bajo sus cuerpos. Lexy dejó caer los brazos y se entregó al placer con palabras entrecortadas, jadeos sin filtro, miradas borrosas de deseo. Joseph cerró los ojos; verla perder el control era una tortura deliciosa.
Se detuvo al borde del orgasmo. No quería correrse todavía. Quería más. Quería verla en cuatro.
—En cuatro —ordenó, quitándose el condón.
Lexy parpadeó, confusa al principio, pero recordó la noche en la alberca. Gateó sobre la cama, nerviosa, y se colocó frente a él. Joseph la sostuvo de la cintura y admiró su figura.
Ese trasero era un poema. Un corazón perfecto que lo enloquecía.
Se hundió en ella con lentitud, disfrutando cada centímetro. Su cuerpo lo recibió húmedo, ansioso. La embestida fue tan profunda que a Lexy le temblaron las piernas. Pero pronto el placer se convirtió en incomodidad.
Se cubrió el rostro. Joseph lo notó de inmediato.
—¿Te duele?
Ella asintió, encogiéndose tras sus dedos.
—Muévete tú. Soy todo tuyo —susurró él, acariciando su espalda con ternura.
Lexy dudó unos segundos. Luego, comenzó a moverse. Al principio con timidez, pero pronto encontró su propio ritmo. Se apoyó en los codos, separó más las piernas y buscó su placer. Joseph jadeaba con cada movimiento.
—Así, linda... —murmuró, con una sonrisa torcida.
Ella lo sentía todo. Cada roce, cada fricción, cada empuje. Se estrellaba contra él hasta alcanzar el clímax, y cuando llegó, se echó a reír como si el orgasmo le hubiese arrancado la risa desde las entrañas.
Joseph le propinó una nalgada. Y luego otra. Y otra más.
Lexy seguía húmeda, temblando. Él la tomó de la cintura y reanudó las embestidas, rápidas, rítmicas, salvajes. Su cuerpo se sacudía al compás, sus senos rebotaban y su espalda sudada brillaba bajo la luz matinal.
Se vino con ella, jadeando, rugiendo.
Y cuando no pudo más, salió de su cuerpo y eyaculó sobre su trasero, cubriéndola con su deseo, marcándola con un calor posesivo y dulce.
Antes de que ella pudiera escaparse de sus brazos, la atrajo hacia él y se dejó caer con ella en medio de la cama. Besó su hombro, su espalda, y aspiró el aroma que ya reconocía como suyo.
—Eres mía —le susurró al oído, antes de chuparle el lóbulo.
Lexy gimió y respondió, sin dudar:
—Sí, soy tuya.
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Siempre mía
RomansaPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
