Lexy fingió una sonrisa. Una que no nacía de la alegría ni del amor. Era una mueca forzada, elaborada con la precisión de quien se ha acostumbrado a esconder el dolor bajo una máscara amable.
Caminaba tomada de la mano de Esteban, avanzando por las grandes avenidas como si fueran una pareja normal. Pero no lo eran. Nunca lo habían sido.
—Pensé que podríamos tomar un café antes de mi cita con el dentista —dijo él, sin emoción.
—¿Dentista? —repitió ella, con un parpadeo desconcertado.
—Sí, ya sabes... el plan de salud de papá —ironizó, rodando los ojos. Luego, como si no quisiera profundizar, cambió de tema—. ¿Y cómo estuvo el trabajo?
La pregunta la dejó paralizada. Por un segundo revivió ese instante en la oficina: el beso robado, la confesión brutal de Joseph, el vacío que dejó al marcharse.
—Tranquilo —respondió, fingiendo naturalidad—. El señor Storni en lo suyo, y yo en lo mío.
Mentía. Pero Esteban ni siquiera la estaba escuchando.
Aunque su voz lo negaba, su cuerpo temblaba. Ese temblor nacido entre las piernas, esa sensación que Joseph le había dejado incrustada bajo la piel, seguía allí.
—¿Aquí? —preguntó él con desprecio, mirando las mesas de la pequeña cafetería.
Lexy asintió. Señaló a la camarera y pidió sin entusiasmo. El café llegó rápido, igual que el silencio entre ellos.
Mientras ella intentaba calmar su ansiedad con sorbos tibios, Esteban no apartó la vista del celular. Y de pronto, con la misma indiferencia con la que respiraba, quiso marcharse.
—Te acompaño al autobús —dijo, sin darle espacio a la réplica.
—Pero pensaba esperarte —insistió ella con una sonrisa casi boba.
Una que en realidad significaba: Quiero entender qué estás ocultando.
—No. Vete a casa —ordenó él, apretándole la mano.
—Pero... quería elegir los colores de la boda —añadió Lexy, en un intento por hacerlo reaccionar—. No tenemos organizadora y aún le debemos dinero a mi papá...
Apenas lo nombró, Esteban se detuvo.
El tono de su voz cambió. Su expresión se crispó.
Y antes de que ella pudiera notarlo, la arrastró hasta un callejón cercano. Las miradas ajenas no hicieron nada.
—¡Eres tú el problema, maldita entrometida! —espetó.
El rodillazo que le dio la dejó sin aire. Lexy se dobló, abrazándose el vientre.
—No entiendo... —balbuceó con la espalda pegada al muro—. No te he hecho nada...
—¡Todos los días me jodes! Le hago un favor a tu familia casándome contigo, ¿sabes? ¡A nadie le importas, perra malagradecida!
Ella no dijo nada.
Sabía que no debía responder.
—Te voy a pagar. A ti, a tu familia. Cada maldito centavo —bufó entre jadeos.
—Sí... está bien... —susurró ella, sabiendo que eso lo calmaría.
Pero no fue así.
El puñetazo llegó sin previo aviso, directo a la mejilla. La sangre le llenó la boca, pero el dolor fue otro. Uno que ya conocía, que llevaba tiempo alojado en su alma.
Los golpes continuaron. Lexy se encogió, protegiéndose como pudo.
Y cuando ya no supo si era ella o una sombra temblorosa en la oscuridad, simplemente se dejó vencer.
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Siempre mía
Storie d'amorePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
