Hablaron durante casi una hora sobre todo aquello que los acomplejaba por igual, sin barreras ni filtros, como si se desnudaran por dentro y se reconocieran en el otro. En algún punto, llegaron a sentirse la misma persona. Tenían más en común de lo que creían y, sin embargo, sus mundos eran completamente distintos. Etapas diferentes. Realidades opuestas. Pero unidas por una misma fuerza: un sentimiento que cada vez se hacía más claro... y más fuerte.
Se gustaban. Y no solo eso: empezaban a querer cada parte del otro, las buenas, las rotas, las imperfectas, como si hubieran nacido para encontrarse. Ya nadie se interponía en ese camino repleto de descubrimientos.
En medio de la nada, bajo un cielo estrellado y con la carretera como única compañía, una estación de servicio los llamó con sus luces brillantes. Cargaron combustible, compartieron emparedados calientes, y rieron con esas confesiones que, lejos de incomodar, aliviaban.
Lexy fue al baño después de cenar y se detuvo frente al espejo. Por un segundo, no se reconoció. ¿Esa de mejillas sonrosadas, labios hinchados de tanto besar y ojos brillantes... era ella? Se rio sola. Sí, era ella. Se sintió bonita. Viva. Y por primera vez en mucho tiempo, segura.
—¿Sabes...? —dijo al volver, mientras Joseph apoyaba la espalda en el coche—. Cuando recién llegué a la empresa y empezamos a coquetear, pensé que me harías mal. Pero me equivoqué —confesó con una sonrisa tímida—. Me haces bien... y mi cuerpo me lo demuestra.
Él se quedó en silencio, atrapado por sus palabras. Por supuesto que su mente voló directo a los recuerdos más sexuales que tenía con ella, pero cuando la observó de verdad... entendió lo que quería decir. No había ojeras, ni mirada apagada. Solo una luz, una vida renovada que lo desarmó.
—Quiero seguir haciéndote bien, Lexy. Me odiaría a mí mismo si algún día te lastimo —murmuró, y la abrazó con fuerza.
Se besaron en medio de la nada, con el coche como único testigo y las estrellas como techo. Sus labios se encontraron sin apuro, acariciándose, reconociéndose. Ya no había urgencia, solo deseo de permanecer.
Cuando retomaron el camino, la charla continuó, esta vez sobre Emma. Joseph le habló de su hermana menor, de la pérdida de su madre, del padre que les rompió la infancia, y del esfuerzo que hizo para darle a Emma una vida mejor.
Lexy lo escuchó con el corazón en la mano.
—Estoy segura de que ella valora todo lo que has hecho —dijo con suavidad.
—Emma es leal, directa... y mi orgullo más grande —respondió él—. Tengo el privilegio de ser su hermano.
—Qué suerte la tuya... —rezongó Lexy, desarmándose en su asiento.
Bostezó sin disimulo, y él la imitó, riéndose juntos de esa complicidad simple, doméstica, que empezaba a brotar entre ellos. Eran esos detalles tontos los que empezaban a marcar un antes y un después.
Casi a las dos de la madrugada, la carretera los llevó cerca de la costa. Joseph, con una sonrisa misteriosa, propuso una parada.
—Necesito estirar las piernas —dijo. Mentira. Solo quería mostrarle un rincón del mundo que ella merecía conocer.
—¿Tienes frío? —preguntó al verla estremecerse.
—Un poco —dijo ella, abrazándose.
Sin pensarlo, Joseph la envolvió desde atrás, cruzando sus brazos por su cintura. Lexy se paralizó por el gesto. Y luego se dejó ir. Lo abrazó de vuelta, pegándose a su calor como si él fuera abrigo. Y lo era.
—¿Dónde estamos? —preguntó con voz queda, mientras él la guiaba a un mirador alto, rodeado por una baranda metálica.
—Este lugar es mío... —murmuró Joseph—. Vengo cuando necesito pensar, cuando estoy al borde de explotar. Me calma. Me salva.
Lexy se quedó sin palabras. Frente a ella, la luna decreciente brillaba sobre el mar, y las olas rompían contra las rocas como un latido. El aire salado, el murmullo del agua, el calor en la espalda... todo era perfecto.
Gimoteó, conmovida. Se aferró con fuerza a los brazos de Joseph.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—¡Me encanta! —respondió ella, con los ojos abiertos de par en par, brillando como si acabara de ver el cielo por primera vez.
Se sentaron en el suelo, con los pies colgando sobre las rocas. Y compartieron el silencio.
—No lo puedo creer... —siseó Lexy, dejando caer la cabeza sobre el hombro de él—. ¿Por qué jamás vine a este lugar?
—¿Lo conocías?
—Jamás. Es como si hubiera vivido sin vivir.
Joseph giró la cabeza para mirarla. Y en ese momento, algo cambió.
Ya no la deseaba solo con el cuerpo. Ahora la deseaba con todo lo demás.
Quería sus historias, sus gestos, su risa. Quería verla sanar. O al menos acompañarla en el camino. Y eso le dio miedo.
"Amigo... estás perdido" —le susurró su conciencia—. "¿Romance con esta chiquilla? ¿Sanarla? ¡Por favor! Está sanísima..."
Joseph soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella.
—De mí mismo —confesó con dulzura—. Quiero decirte algo, y espero que no te ofendas.
Lexy asintió, curiosa.
—Vamos al auto... y te voy a follar.
—¿Aquí? —chilló, entre escandalizada y emocionada.
—Aquí y ahora. Vamos —dijo, poniéndose de pie y tendiéndole la mano.
Ella se levantó como pudo, más atolondrada de lo normal. El corazón le latía como loco.
Joseph le acomodó el cabello con ternura y le sujetó el mentón, a punto de besarla, pero ella se adelantó:
—Yo... nunca... nunca lo he hecho en un coche —balbuceó.
Él sonrió, sin sorpresa.
—Aunque no me creas, yo tampoco. Será nuestra primera vez. Y va a ser inolvidable.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
