El viaje continuó sin más desvíos ni paradas inesperadas. Joseph mantenía el volante con una mano y acariciaba el muslo de Lexy con la otra, mientras compartían una gaseosa helada que les ayudaba a combatir el cansancio. El estéreo reproducía baladas suaves, y entre canción y canción, él le describía lo que les esperaba en la gran ciudad: reuniones desde temprano, desayunos de networking, capacitaciones, almuerzos formales.
—Dormiremos en habitaciones separadas —aclaró él con naturalidad—. No podemos exponernos, no con la junta tan cerca.
Lexy frunció los labios en un puchero desilusionado.
—Tal vez no debí venir... Anne Fave estará ahí, ¿cierto?
—Sí, pero no es para tanto —respondió él, divertido.
—¡¿Cómo que no?! Es alta, curvilínea y perfecta... y yo... bueno, yo soy tan yo.
Joseph sonrió sin quitar la vista del camino.
—¿Y qué tiene de malo ser tú? Yo te veo bien.
—¿Estás bromeando? Tengo piernas cortas, cabello rebelde y mis caderas aparecen solo si me lo propongo.
—Lexy... estás ciega —le dijo justo cuando apareció frente a ellos una gran señal que daba la bienvenida a la ciudad empresarial—. Ya llegamos.
La muchacha se irguió en su asiento. Ante sus ojos, un mar de luces coloridas iluminaba la madrugada. Eran más de las cuatro y, aunque venía de un fin de semana intenso, no tenía una pizca de sueño.
Joseph desvió el auto hacia una zona más exclusiva, lejos del bullicio urbano. Atravesaron una avenida flanqueada por edificios de acero y cristal, hasta detenerse frente a un elegante hotel. Lexy lo miró incrédula.
—¿Vamos a hospedarnos aquí? —chilló emocionada, saltando en el asiento como una niña.
—Te reservé una habitación especial —respondió él, besándole los nudillos.
Un botones apareció y los saludó con amabilidad, llamándolos por sus apellidos. Lexy, impresionada, respondió con una sonrisa educada. La recepcionista confirmó la llegada del resto del personal, les entregó sus tarjetas de habitación, pases para el spa y el gimnasio, y les informó que la reunión de la mañana se había reprogramado para las once.
Fueron acompañados por un botones a sus respectivas habitaciones, que por casualidad quedaban a apenas unas puertas de distancia.
Ya sola, Lexy entró en su habitación y se quedó inmóvil en medio del espacio. Era inmensa, lujosa, elegante. Caminó hasta la ventana, maravillada por la vista panorámica de la ciudad. La brisa fresca entraba por la terraza y la hacía sentir limpia, nueva, lista para comenzar otra vida.
Organizó su ropa en el armario, preparó la bañera y se hundió en el agua caliente, dejando que las sales aromáticas calmaran su cuerpo y sus pensamientos. Cerró los ojos y sonrió. Estaba feliz. Por fin.
Pero la felicidad no duró.
Un recuerdo helado le golpeó la mente. Se irguió de golpe, empapada, con el corazón en la garganta. Salió a tropezones de la bañera, se envolvió en una toalla y buscó desesperada su celular. Consultó el calendario de sus ciclos menstruales. Y entonces... se desplomó.
—¡No puede ser! —gimió, llevándose las manos al rostro.
"No seas dramática. Las madres solteras son valientes. Además... ¡vamos! ¡Joseph es guapísimo! Vas a mejorar la especie", dijo su conciencia.
—¡No digas estupideces! —replicó entre dientes.
Revisó su celular y encontró un mensaje de su padre, preguntando si había llegado bien. Respondió con rapidez, tratando de sonar tranquila. Luego buscó agua, frutos secos, y preparó la alarma para las ocho. Necesitaba comprar una prueba. Necesitaba respuestas.
Justo entonces, unos suaves golpecitos en la puerta la congelaron.
—¿Lexy?
La voz de Joseph la tranquilizó al instante. Corrió a abrir.
—Pensé que la junta no debía vernos juntos —dijo ella, roja de vergüenza.
—Todos duermen, Lexy —respondió él, entrando y cerrando con llave—. ¿Te gustó tu habitación?
—Es preciosa, pero... es muy grande para mí sola.
—¿Y quién dijo que ibas a estar sola?
La tumbó en la cama con un movimiento juguetón y comenzó a besarle la cara, peinándole el cabello con los dedos. Lexy se removió debajo de él, divertida pero también nerviosa.
—¡Tú lo dijiste! —lo acusó, sentándose con seriedad.
Joseph rió.
—Dije habitaciones separadas, no que no pudiéramos vernos... ¿Y qué estabas haciendo?
Lexy se congeló. No podía decirle que estaba colapsando por miedo a un embarazo.
—¿Nada?
—Entonces podemos divertirnos —murmuró él, acercándose para besarla.
Pero ella no respondió. Permaneció rígida. Joseph la miró con atención.
—¿Qué ocurre?
Ella tragó saliva.
—Yo no me cuido. Y tú tampoco... No estoy lista para ser madre, Joseph. ¡Mucho menos madre soltera!
Y entonces lo soltó todo. Su miedo. Su ansiedad. La presión. Los "¿qué dirán?", los "¿qué haré?". Joseph intentó no reírse, pero no pudo evitarlo.
—¡¿De qué te ríes?! —chilló ella, golpeándolo con una almohada.
—De ti, mi amor. No estás embarazada. Te lo aseguro.
—¿Cómo lo sabes?
Él se acomodó.
—Uso un anticonceptivo inyectable desde hace años. Me lo recetó mi doctor después de... una situación complicada. Además, me hago exámenes cada tres meses.
—¿Qué situación complicada?
Joseph suspiró. Le contó de Laura, su exnovia. De los nueve meses en que creyó que sería padre. Del correo anónimo. De la prueba de ADN. Del dolor de descubrir la verdad.
Lexy lo escuchó en silencio, con los ojos humedecidos.
—Eso es horrible... ¿Estás bien?
—Lo estoy ahora. Pero en su momento dolió.
—Siento mucho que hayas pasado por eso —susurró, acariciándole la mano—. Yo no te voy a fallar, lo prometo.
—Lo sé, preciosa. Y yo tampoco quiero hacerte daño.
Se abrazaron. Se miraron. Y se durmieron en silencio, compartiendo una paz inesperada.
Lexy descansó al fin. Joseph también.
Y aunque sus pensamientos viajaban por caminos distintos, los dos soñaron con el mismo destino.
Juntos.
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Siempre mía
RomantizmPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
