En el interior del moderno edificio donde Open Global tenía sus oficinas principales, Joseph Storni se debatía entre el orgullo y la ansiedad.
Aquel martes había llegado más temprano que de costumbre. Vestía con una precisión impecable y, contra toda lógica empresarial, su prioridad no era una junta ni una estrategia de inversión.
Había encargado un ramo de rosas rojas. Hermosas, frescas, elegantes. Como ella.
No sabía exactamente qué palabras usar para acompañarlas, pero sabía que había metido la pata. Y muy profundo.
Sentado frente a su escritorio, los codos sobre la superficie de cristal y el ramo a su lado, esperó. Cada minuto parecía una eternidad. Pero Lexy Bouvier no apareció.
Ni a las ocho, ni a las nueve. Ni siquiera al mediodía.
Al principio intentó mantener la compostura. Luego, recurrió a lo básico: la tecnología.
Le envió un correo cada media hora. Ninguno fue respondido.
Pasado el medio día, decidió llamar a su número privado.
—El número al que usted llama no se encuentra disponible. Por favor, intente más tarde —dijo la voz automática.
Una. Dos. Cinco veces. Nada.
Cuando la hora del almuerzo llegó, canceló su agenda y pidió a la secretaria de Finanzas que cubriera la recepción por el resto del día. Planeaba ser discreto, actuar con calma. Pero entonces, como si el universo quisiera arruinarle los planes, su hermana Emma apareció con toda su efervescencia habitual.
—¡Venía a secuestrarte para ir por burritos! —canturreó con una sonrisa luminosa.
—Tengo trabajo —respondió él, caminando rumbo al estacionamiento.
—¿Trabajo? Joseph, es la hora de almorzar, no puedes comer y trabajar al mismo tiempo. No es sano —lo regañó, cruzándole el paso con dramatismo.
—Lo siento, Em's, tengo algo importante que hacer.
—¿Más importante que yo? —Puso cara de ofendida y se paró frente a él, evaluándolo como si pudiera leerle la mente—. ¿Qué pasa? ¿Te preocupa algo?
Él desvió la mirada. No podía hablar de Lexy ahí. Había demasiadas orejas alrededor.
—Sube al auto.
Emma lo hizo encantada, bailando en su asiento como si fuera a una cita secreta.
Durante el trayecto, la joven puso música ligera para llenar el silencio. Pero cuando Joseph aparcó bajo un roble gigante, en una calle residencial del sur de la ciudad, la sonrisa de su hermana se desvaneció.
—¿Qué onda? —preguntó, girándose hacia él—. ¿Qué hacemos aquí?
—Aquí vive Lexy —murmuró, apagando el estéreo.
El malestar le revolvía el estómago.
Emma se enderezó en su asiento, interesada.
—¿Lexy... tu secretaria? —le preguntó con una ceja enarcada.
Joseph asintió.
—Hoy no vino a trabajar. No avisó, no respondió correos. Tampoco atendió llamadas. Nada.
—¿Y le mandaste cuántos correos, exactamente? —preguntó Emma, bastante curiosa.
—Cinco.
Emma soltó una carcajada y le dio un empujón en el hombro.
—No es gracioso, Emma.
—No, claro que no. Es trágicamente romántico. Sigue...
Joseph se frotó el cabello con frustración. No tenía respuestas. Ni para ella, ni para él mismo.
—Vamos, quiero hablar con ella. Saber si está bien. —Se preparó para bajar del coche.
—¿Y perderme esto? Ni loca.
Caminaron juntos por la calle hasta llegar a una casa de dos pisos rodeada por una cerca de madera. Se detuvieron frente a la puerta, inseguros.
Una vez frente a la puerta, Joseph no supo qué hacer y miró a su hermana, esperando su ayuda. Ella se largó a reír.
—Tú eres el interesado —dijo Emma, cruzándose de brazos.
Joseph dudó. Dio un paso atrás. Estaba asustado. No sabía con exactitud qué estba haciendo ahí.
Emma rodó los ojos y, sin esperar más, golpeó la puerta con tres firmes toques. Con la otra mano, lo sujetó del brazo, impidiéndole huir.
Unos segundos después, la puerta se abrió y un hombre de aspecto amable, pero visiblemente cansado, los recibió.
—Ho-hola —dijo Joseph, recordando vagamente al padre de Lexy.
—Hola. Usted otra vez —dijo el hombre, sorprendido pero cordial. Abrió la puerta un poco más—. Lexy no está...
—¿Cómo? —interrumpió Joseph, el corazón acelerado.
—Salió temprano. Nos dejó una nota. Dijo que hoy trabajaba medio día, así que debe estar por llegar.
—¿Fue al trabajo? —repitió Joseph, confundido—. Señor Bouvier, me presento, soy Joseph...
Un pellizco en el brazo lo interrumpió.
—¡Señor Bouvier! Muchas gracias por su atención —intervino Emma, fingiendo una sonrisa brillante—. Volveremos más tarde a buscar a Lexy.
—Claro, le diré que pasaron.
Mientras se retiraban, el hombre los siguió un par de pasos, curioso.
—Disculpen... ¿de dónde conocen a mi hija? —les preguntó.
Emma y Joseph se miraron. Él, como era costumbre con los temas que involucraban a Lexy, se quedó mudo.
—De la universidad —mintió Emma con gracia—. Cursamos Relaciones Públicas juntas. Bueno, juntos —corrigió, señalando a su hermano y riendo para suavizar la mentira—. Pero ella se cambió de carrera y... perdimos el contacto.
El señor Bouvier asintió, aunque su expresión dejaba claro que no se tragaba la historia completa.
—Claro... le diré que vinieron —dijo su padre.
Desde la entrada, los observó alejarse en el auto negro. Y permaneció allí, de pie, por casi dos horas, esperando a su hija.
Porque algo, en el fondo, le decía que algo no estaba bien.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
