4. Cuerda floja

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El lunes, entre reuniones, contratos y una taza de café olvidada, Joseph Storni se distrajo lo suficiente como para no pensar demasiado en su nueva secretaria. Pensaba en ella, claro. Pero su lado obsesivo quedó relegado a un segundo plano... al menos por unas horas.

Llegó más tarde que de costumbre. Tenía junta con los asesores y venía de un desayuno que se prolongó más de lo planeado. Cuando cruzó la puerta de su oficina, se topó con una escena que lo descolocó: Lexy, sentada con las piernas juntas, leía una revista con la concentración de quien estudia física cuántica.

—Señorita Bouvier —saludó.

Lexy brincó, sobresaltada.

—Buenas tardes... ¡Digo, buenos días! —corrigió de inmediato, poniéndose de pie.

Lo siguió con un trote tímido y torpe, como si sus piernas apenas recordaran cómo caminar con tacones.

—¿Todo está en orden? —preguntó Joseph sin mirarla.

—Sí... bueno, no del todo —admitió, bajando la mirada.

Él alzó una ceja. Entonces la observó de verdad. Su cabello caía lacio sobre los hombros y su sonrisa era grande, pero... vacía. Como una flor bonita plantada en tierra seca.

—Soy todo oídos —dijo Joseph, acomodándose en su escritorio.

Por alguna razón, nervioso.

Lexy recorrió la oficina con la mirada. Elegante, sí. Pero oscura. Un lugar que imponía.

—No sé bien qué hacer —murmuró, mordiéndose el labio—. Sé que soy su secretaria, pero... no sé qué hace una secretaria.

Joseph se levantó de golpe, animado por su inocente confesión. O por cómo lo miraba, con esos ojos enormes que parecían decirle "enséñame todo".

—Tranquila, linda. Aquí trabajamos ingresando documentación al sistema. Te van a llegar unos cien informes diarios. Solo tienes que clasificarlos e ingresarlos —explicó con amabilidad.

Lexy asintió. Se llevó la mano al cuello, como si cargara algo más que nervios. Como si arrastrara peso desde casa.

—Te asignaré una clave y... —El teléfono sonó. Joseph alzó el auricular con fastidio—. También deberás gestionar mis llamadas y organizar mi agenda —añadió antes de contestar.

Desde su rincón, Lexy lo observó. Se imaginó como una asistente eficiente y elegante. Impecable. En esa fantasía, no estaba comprometida, ni golpeada, ni atrapada. Esteban no existía.

Joseph colgó y se volvió hacia ella.

—Vamos a hacer esto simple. Salgo a un almuerzo importante, pero antes te mostraré el sistema. Luego tienes la mañana libre para familiarizarte con los archivos.

—Sí, señor.

—Por la tarde, empiezas a registrar contratos y revisar mi agenda de mañana. ¿Dudas?

Lexy dudó. Sonrió. Levantó un par de archivadores con dificultad.

—¿Puedo llamarlo si surge... algo?

—¿Algo? —repitió él.

Ella no respondió. Caminó hacia él con los archivadores en brazos y Joseph intentó enfocarse en cualquier cosa... menos en su blusa blanca, que delineaba su figura con malicia celestial.

Carraspeó. Dio un paso atrás.

Ella seguía acercándose, inocente. Letal.

Joseph se apoyó en su escritorio, maldiciendo la traición de su cuerpo. Y de su mente.

Siempre míaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora