Joseph condujo en silencio unas cuantas manzanas, sin responder a las preguntas de su hermana. Necesitaba pensar. Procesar lo que el padre de Lexy les había dicho.
—No tiene sentido... —murmuró, con el ceño fruncido—. Lexy no llegó hoy al trabajo, y su padre asegura que sí volvió anoche...
—Joseph —interrumpió Emma, divertida—. Tal vez estuvo de fiesta y se quedó en casa de alguien más. Es joven, ¿no?
—No escuchaste que le dejó una nota. Lexy sí llegó a su casa —replicó él, y golpeó con los dedos el volante, intentando unir las piezas.
Emma soltó una risita y lo miró con ironía.
—¿Por qué estás tan preocupado?
—¡Porque se va a casar con un bastardo que la golpea! —espetó, perdiendo la paciencia.
La confesión dejó a Emma congelada. Lo miró con una mezcla de sorpresa y suspicacia.
—¿Y qué es lo que más te molesta? ¿Que se case o que la golpee?
—Las dos —confesó, dejando caer el cuerpo contra el respaldo del asiento.
Emma reprimió una sonrisa. La felicidad se le notaba en los ojos, aunque se la tragó con elegancia.
—Esto se está poniendo interesante...
Joseph calló. Pensó en todas las veces que Lexy lo había evitado, en los correos sin respuesta, en la angustia que lo carcomía desde hacía días. Y entonces, tomó una decisión impulsiva:
—Voy a ir con la policía.
—¡¿Estás loco?! —gritó Emma, alarmada—. Joseph, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Solo es tu secretaria! ¡Y la conoces hace dos semanas!
—No me importa. No pienso quedarme de brazos cruzados.
Condujo en silencio, a paso lento, como si su mente pesara más que el coche.
El recuerdo de su madre, las heridas invisibles de su infancia, todo eso lo empujaba hacia Lexy. Como si protegerla fuese una forma de redimirse.
—¡Lexy! —gritó de pronto, frenando en seco.
Emma casi voló contra el tablero.
—¡Lexy va a matarnos! —gritó mientras su hermano bajaba del auto y echaba a correr como un poseso.
Ella estaba allí. Caminando por la vereda, con ropa holgada y el cabello sacudido por el viento. Joseph no necesitó más.
La llamó. Ella lo vio y echó a correr.
—¡Lexy, espera! —gritó él, y la siguió sin pensarlo dos veces.
Cruzó la calle entre bocinazos y maldiciones, se metió por un callejón hasta alcanzar un parque infantil. La persiguió por una cancha cercada, donde Lexy cojeó y tropezó, pero no se detuvo. Corrió hasta que no pudo más. Y Joseph, con su cuerpo entrenado y su corazón en llamas, la alcanzó.
La sujetó por la cintura con cuidado, pero firmeza. Ella gimió de dolor, lloró y él se derritió detrás de ella, conteniéndola como si fuera lo único que importaba.
—Estoy aquí —susurró, acurrucado en su espalda.
—No debería... —jadeó ella, rendida.
Joseph no dijo nada. No quería sonar como un enfermo obsesivo, aunque ya lo parecía.
Se quedaron allí, en la mitad de la nada. Ella escondía su rostro tras el cabello y las manos, pero él no necesitaba verla para entender lo que pasaba.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
