Se durmieron envueltos en sus propios cuerpos, sin necesidad de palabras ni excusas. Sin sexo, ni caricias prometidas. Solo el calor del otro. Y eso bastaba. Porque comenzaban a entender que juntos eran más fuertes que separados.
La alarma que Lexy había programado en la madrugada los obligó a despertar de forma abrupta. Entre sábanas revueltas y latidos acelerados, se miraron confundidos, incluso asustados... hasta que comprendieron que aún estaban a tiempo de llegar a la reunión y al primer día de trabajo en la ciudad empresarial.
—Cinco minutos más —murmuró Lexy, acurrucándose entre las sábanas.
—Cinco minutos más y perderás tu primer desayuno de hotel —le recordó Joseph, mientras pedía comida por teléfono, sin molestarse siquiera en levantarse del todo.
Quince minutos después, un dependiente del hotel apareció con una bandeja de desayuno digna de revista. Lexy, apenas escuchó la puerta, huyó al baño a esconder su cara sin lavar y su cabello enloquecido por la noche anterior. Aprovechó la privacidad para enjuagarse el rostro, quitarse las legañas y tratar de domar el revoltijo capilar que le brotaba en todas direcciones.
Al salir, se encontró con una escena que la detuvo en seco.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando un saco negro que colgaba de la manija del armario.
—Mi ropa —respondió Joseph con una media sonrisa.
—¿Saliste a buscarla?
—No. El dependiente del hotel la trajo —dijo con naturalidad, y le indicó la mesa donde los esperaba un festín.
Lexy intentó acomodarse en la elegante silla, pero el largo viaje y el insomnio acumulado no se lo pusieron fácil. Un dolor insistente en la espalda baja la obligó a desistir. Se sirvió un platito con frutas frescas, almendras y nueces, se preparó un café bien amargo y, sin más, se sentó en el suelo, en posición india, justo a los pies de Joseph.
Él le lanzó una mirada divertida mientras bebía su jugo de naranja.
—¿Siempre desayunas así?
—Solo cuando me duele la espalda —respondió ella, ya recostada sobre la alfombra, los brazos bajo la cabeza, y el café a su lado.
Joseph se le unió sin pensarlo. Se sentó con su vaso en mano, le robó un par de almendras y la observó, fascinado, como si fuera la primera vez que la veía.
Lexy giró para mirarlo mejor y, sin resistirse, le acarició el abdomen. Subió por su pecho hasta el mentón cubierto por la barba oscura, y luego le tocó los labios con la punta de los dedos. Él atrapó su mano a medio camino, la besó suavemente y le dibujó una línea de besos por todo el antebrazo, hasta hacerla jadear.
Cuando sus labios succionaron con descaro la piel de su brazo, Lexy se estremeció.
—Me había olvidado de que te gustaban los mordiscos —siseó Joseph antes de montarse sobre ella con una sonrisa ladina—. Y a mí, con lo mucho que me gusta morder...
Lexy estalló en risas, pero su risa murió en su garganta cuando él se sentó sobre sus muslos y, sin apuro, le desató el cinto de la bata. La desnudó con lentitud, con ese tipo de pausa que no era descuido, sino estrategia.
—No te muevas —ordenó con voz oscura—. Si lo haces, te amarro con lo primero que encuentre.
—No harías algo así —susurró ella, pero el temblor de su voz la delató.
—Sí, Lexy. Lo haría —afirmó, y ella le creyó. Le creyó todo.
La joven obedeció. Subió los brazos por encima de la cabeza y cerró los ojos, temblorosa. Joseph delineó su cuerpo con las manos, dibujando rutas lentas desde los senos hasta el vientre. Luego, con labios juguetones, le besó el abdomen y el cuello, hasta hacerla suspirar.
Entonces llegó la sorpresa.
Con precisión casi artística, colocó cuadritos de mango sobre su vientre, marcando una línea hasta sus pechos. Luego le dibujó un pequeño corazón en su monte de venus. Cuando terminó, se levantó y admiró su obra desde arriba, con un brillo orgulloso en los ojos.
—No te muevas. Si lo haces, te castigaré —avisó con tono serio, pero ojos chispeantes.
Lexy asintió, tensa como cuerda de violín.
Joseph se desnudó sin pudor y caminó hacia el baño, dejando a la chica desnuda, en el suelo, cubierta de mango y totalmente enloquecida por la incertidumbre.
El sonido de la ducha la hizo parpadear. ¿En serio? ¿La había dejado así?
—¡Joseph! —exclamó, dolida y frustrada.
—¡No te muevas! —gritó él desde el baño.
Y ella obedeció, apretando los muslos.
Cuando volvió, mojado y con olor a jabón, Lexy casi llora del alivio... o la desesperación. Se le arrodilló al lado, con el cabello empapado y la erección apuntando con descaro.
No dijo nada. Solo comenzó a lamer los trozos de mango, uno a uno, desde el centro de su pecho. La lengua de Joseph la volvió loca. Atrapó un trozo con los dientes, succionó su piel con fuerza y descendió con hambre.
Lexy contuvo el aire. Sabía lo que venía.
Cuando llegó al pequeño corazón de mango en su monte de venus, el hombre no dudó. Se lo comió de un mordisco y su lengua se hundió en ella como si hubiese estado esperando ese momento toda la noche.
El gemido que le arrancó fue tan feroz, que Lexy tuvo que morderse los nudillos para no gritar.
La lengua de Joseph se movía como una danza endemoniada, explorando cada rincón. La saboreó con avidez, mezclando mango, saliva y placer puro. Y cuando sus dedos entraron en juego, acariciando su clítoris, el orgasmo fue tan salvaje que la sacudió de pies a cabeza.
Pero Joseph no había terminado.
La penetró de golpe, con un gruñido que vibró contra su boca.
Lexy gritó sin voz, con las piernas temblando y el cuerpo abierto como un libro entre sus brazos. Se movió contra él, montada por su deseo, y se entregó a cada embestida como si el mundo se acabara en esa alfombra.
Él gruñó de nuevo cuando su cuerpo vibró con el clímax de ella, y la besó con fiereza. La tomó fuerte, con hambre, con amor, con un poco de locura. Y se dejó caer con ella, empapados en jugo de mango, en sudor y en un amor que ya no podían esconder.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
