—Voy a llamar al encargado de la piscina para que cambie el agua —musitó Joseph, aún rendido sobre sus brazos.
Lexy soltó una carcajada ligera, casi infantil.
—Deberías hacerlo —respondió con picardía, sin ocultar su mirada traviesa.
Joseph se quedó viéndola. Esa carita de niña buena empezaba a tener efectos muy poco inocentes en su cuerpo.
—Ven, linda, no quiero que te enfermes por mi falta de criterio —dijo, ofreciéndole la mano.
Un golpe de frío la estremeció en cuanto salió del agua, pero no se movió. La idea de entrar a la casa con Emma y sus amigas aún rondando la disuadía.
Joseph se subió los pantalones dentro de la piscina con una soltura casi obscena. Ella lo observó en silencio, divertida, mientras él imitaba su maniobra y salía del agua. Una ráfaga de viento les erizó la piel.
—Mierda, está helado —jadeó Joseph, antes de acercarse a ella y frotarle los brazos con ambas manos, tratando de transmitirle algo de calor.
Lexy, temblando, se aferró a su cintura. A Joseph no le encantó la cercanía tan íntima... pero tampoco la evitó.
—Vamos adentro. Ducha caliente, cama, y después vemos —propuso él, bajando el tono de voz.
Lexy asintió y lo siguió de regreso a la casa. El calor del interior fue un alivio, pero al mismo tiempo, su cuerpo comenzó a recordar lo que intentaba olvidar: los moretones de Esteban, el dolor que no había tenido tiempo de procesar.
Una punzada en la sien la sacudió. La mejilla le ardía. Pero no dijo nada.
Entraron juntos al baño. Joseph abrió el agua caliente, dejando que el vapor se apoderara del espacio.
—Buscaré el botiquín para tus heridas. Entra tú primero —indicó él.
—Está bien —respondió ella en voz baja.
Comenzó a desvestirse lentamente, sintiendo los ojos de Joseph sobre ella antes de que él desapareciera tras la puerta. Se metió bajo el agua y se lavó el cabello con el champú masculino que encontró a su alcance. Luego, usó el jabón con cuidado, esquivando las zonas doloridas.
La puerta se abrió y Joseph entró sin más, desnudo, despreocupado, y tan provocador como siempre. Lexy sintió cómo la temperatura subía más por él que por el agua.
Se sorprendió cuando sus senos rozaron la espalda húmeda de Joseph. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, y se quedó allí, inmóvil, fascinada por lo que sentía.
Joseph no pareció notarlo. Se aclaró el cabello con movimientos decididos, firmes, viriles. Lexy lo miró como si fuera la escena de una película que no quería pausar.
—¿Estás lista? —preguntó él, girándose hacia ella.
Y entonces lo vio. Bajo el agua, con los mechones oscuros pegados al rostro y el vapor difuminando sus facciones, Joseph era una visión que le hizo olvidar hasta su propio nombre.
Asintió en silencio. Se mordió el labio. Y sin pensarlo más, se lanzó hacia él, sujetándolo de los hombros para besarlo con una mezcla de deseo, ternura y urgencia.
El beso bajo el agua fue voraz. Sus cuerpos húmedos se fundieron, y los dedos de Joseph viajaron por su espalda hasta su nuca, atrayéndola aún más.
Lexy se dejó llevar. Se arrodilló con decisión y lo miró desde abajo, segura de lo que quería. Joseph quiso detenerla, pero las palabras se le apagaron cuando la sintió. Sus labios, su lengua, su entrega.
Ella lo hizo con timidez, al principio, como quien explora un territorio nuevo. Pero pronto, el sonido de sus jadeos la animó a seguir. Se sintió poderosa. Única.
—¿Te gusta? —preguntó con dulzura, mirándolo a los ojos.
—Muchísimo... —contestó él, con la voz rota—. No me digas que es tu primera vez...
—Lo es —susurró, algo avergonzada.
Joseph soltó una risa entrecortada y negó con la cabeza.
—Lexy... no digas esas cosas. Me vas a volver loco.
Ella sonrió, tímida, y volvió al centro de su atención. Joseph se apoyó contra los azulejos, con la cabeza hacia atrás, jadeando como si el aire no le alcanzara. Sus dedos jugaron con el cabello mojado de Lexy, admirándola, sintiéndola.
No hubo prisa. Ella se tomó su tiempo. Descubrió que le gustaba hacerlo. Que le gustaba provocarle placer, que le gustaba tenerlo así, rendido. Entendió que podía disfrutar del sexo sin culpa, sin miedo, sin asco.
Y cuando Joseph gimió su nombre, cuando su cuerpo entero se estremeció contra la pared, supo que había hecho algo bien.
—Lexy... me voy a correr... —advirtió él con desesperación.
Ella no se detuvo.
Lo sostuvo con la mano, lo acarició con la lengua, y lo llevó al límite. El clímax llegó como una ola caliente, intensa, liberador.
Joseph soltó un gruñido grave y se dejó llevar, perdiéndose en el cuerpo de ella y en el agua que caía con fuerza sobre ambos.
Lexy lo sostuvo hasta el final, hasta que todo terminó.
Él bajó la vista, exhausto, todavía incrédulo. La ayudó a ponerse de pie con suavidad y le acarició el rostro.
—Me gusta cómo sabes —musitó ella, escondiendo la cara en su pecho.
Joseph parpadeó.
—¿Perdón?
—Tu semen... sabe bien —susurró, completamente colorada.
Joseph soltó una carcajada y la abrazó fuerte. No dijo nada más. Solo la sostuvo, mientras el agua seguía cayendo y el vapor cubría todo a su alrededor.
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Siempre mía
RomansaPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
