Joseph se lavó el rostro con agua fresca y un poco de jabón, mientras los ojos adormilados de Lexy lo seguían desde el sillón. Su cuerpo aún temblaba tras el encuentro pasional, pero su mente intentaba anclarse al presente.
Él, atento y sereno, la guió hasta su escritorio con un gesto amable. Le alcanzó papel para que se limpiara la entrepierna y le ofreció su baño privado para que pudiera asearse con tranquilidad.
Cuando por fin hallaron un poco de calma tras el desborde de deseo, retomaron la conversación sobre el viaje a la capital. Una ciudad que Lexy no conocía, pero que ya le revolvía el estómago de nervios.
—¿Y qué le digo a mis padres? —preguntó con duda.
—La verdad —respondió Joseph sin apartar la vista de la pantalla, tecleando mientras hablaba—. Ya eres mayor de edad, Lexy. No vamos de fiesta, es un viaje laboral —explicó con seriedad.
Ella asintió en silencio, aunque su mente se burló de aquella mentira disfrazada de formalidad.
Joseph se tocó la barba, distraído, y acercó los dedos a su nariz. Buscaba su aroma. Ese olor embriagador que ella dejaba en su piel y que ya no estaba, borrado por el jabón.
—Bueno... eso es lo que debe creer la gente —aclaró, apenas por encima de un suspiro.
Lexy bajó la mirada, ruborizada.
—Mi asistente personal te llevará a casa al final de la jornada. Tendrás tiempo de hablar con tus padres y armar una maleta. No necesitas muchas cosas, llevarás uniforme durante el día... —la señaló sin mirarla—. Y por la noche estarás desnuda.
Ahí sí la miró. Con descaro. Con intención. Y con esa chispa traviesa que la desarmaba.
Lexy se estremeció. Un calor dulce y peligroso trepó desde su pelvis hasta el pecho.
—Está bien... gracias —susurró con timidez, poniéndose de pie para volver al trabajo.
—¡Lexy! —la detuvo de pronto. Ella giró, atenta a su voz grave—. Haremos el viaje por carretera —dijo con una sonrisa distinta, más ilusionada—. Te encantará el paisaje de noche. Es mágico.
—Creo que sí —respondió ella, sin poder evitar sonreírle de vuelta.
El resto del día transcurrió por separado. Pero al regresar del almuerzo, Lexy encontró un correo en su bandeja de entrada:
De: Joseph Storni
Para: Lexy Bouvier
Asunto: Coordinación
Señorita Bouvier,
La asistente de la empresa, Daniela, va en camino para asistirla con lo que necesite.
No dude en escribirme ante cualquier duda. Le ruego, por favor, discreción respecto a nuestra relación, ya que Daniela tiene amistad con el equipo de Contabilidad.
Que tenga una buena tarde. Nos vemos esta noche.
J. Storni.
Lexy lo leyó treinta veces. O más. Se detuvo en esa palabra: relación. Su conciencia, como siempre, no tardó en saltar.
"¿Relación? ¿Y Esteban? ¿Y el compromiso? ¿Y tu familia?"
Intentó justificarse.
"Ya le envié un mensaje. Le dije que esto se acababa".
"Un mensaje. Una nota. ¿Qué eres? ¿Berger dejando a Carrie en un post-it?"
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Siempre mía
RomansaPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
