Se mantuvieron en el mismo juego por largos minutos, besándose, tocándose, reconociéndose en la penumbra. Poco a poco, el deseo dictó sus movimientos hasta que Joseph se separó para buscar un preservativo. Lexy apenas podía mantenerse quieta cuando él encendió la luz y lo vio de pie, acomodándose con cuidado.
Ella se sentó, lo miró, y entonces se atrevió. Con la punta de los dedos, lo tocó. Primero con curiosidad, después con hambre. Estaba duro, cálido, y al mismo tiempo, suave. Enredó su mano en torno a su erección, y el gruñido de Joseph fue la mejor recompensa. Lo recorrió entero, masajeando con timidez su glande, y sintió el poder de provocarle placer con solo un roce.
Él la acarició con ternura, enredando los dedos en su corto cabello, y la admiró en silencio. Luego se puso el preservativo, ansioso. Se acercó, separó sus piernas con naturalidad y la acomodó con una mezcla de dulzura y autoridad que le revolvió el cuerpo.
Ella lo dejó hacer. Abrió las piernas, dobló las rodillas. Se ofreció.
Y él la tomó.
Se hundió de una sola vez en su interior, y el gritito de Lexy, mezcla de sorpresa y placer, lo envolvió como un mantra. Se quedó quieto, sintiéndola, y cerró los ojos. El chispazo que lo consumía cada vez que la tenía cerca estaba ahí otra vez, prendido como fuego.
Se movieron al mismo ritmo, descubriéndose en cada embestida. Joseph buscó con sus caderas ese punto perfecto para hacerla estallar, y Lexy no se negó. Se entregó por completo, por fin.
Sintió que algo dentro de ella se acomodaba. Como si lo hubiera necesitado desde siempre y recién ahora lo entendiera.
—¿Qué es eso? —preguntó Joseph de pronto, aún dentro de ella, pero inmóvil.
Una melodía aguda rompía el silencio. Lexy parpadeó, desconectada de todo.
—Mi teléfono —respondió con la voz pastosa, embriagada aún por el contacto.
—¿Quieres contestar?
El celular volvió a sonar, pero Joseph no esperó la respuesta. Reanudó sus movimientos con fuerza, sujetándola por la cintura y apretando sus dedos contra su vientre.
—¡No! —jadeó ella, entregada de nuevo.
Joseph cambió la posición, la recostó de lado y se aferró a sus caderas, embistiéndola con profundidad y ritmo. Lexy gimió sin control. Se cubrió el rostro, avergonzada de la intensidad con la que se dejaba llevar.
Él tomó sus manos, se las apartó del rostro, pero en vez de soltarlas, sus dedos se entrelazaron con los de ella. Fue simple, pero potente. Joseph sintió que algo en su pecho vibraba distinto.
Ella se vino con gracia. Él la sostuvo, la contempló, y no pudo evitar sonreír.
"Si hubiéramos sabido que se venía más lindo de lo que se reía..." —comentó su conciencia con tono burlón.
Joseph prefirió no responderle. Solo la besó.
La tomó por la nuca y la atrajo hacia él, devorando su boca con hambre contenida. Se sentó con ella sobre sus piernas, pero en lugar de alejarla como había planeado, Lexy lo rodeó con brazos y piernas. Lo obligó a quedarse.
Él se rindió encantado.
Se movieron juntos, explorándose, encontrando nuevas formas de encajar. Ella se impulsaba como podía, torpe, pero decidida. El sudor recorría su piel. Todo ardía.
Lexy sintió que se acercaba al borde otra vez. Lo abrazó, apretó sus pechos contra su torso, sintiendo cada vello, cada músculo. Quería eso. Piel contra piel. Cercanía real.
Pero justo cuando se aferró más a él, Joseph la apartó con brusquedad.
Ella se quedó quieta, desorientada, mirándolo desde el otro lado de la cama. Sus ojos buscaron respuestas y su cuerpo se encogió instintivamente.
—Lo siento —dijo él, sin moverse—. Lo siento mucho.
Lexy retrocedió entre las almohadas, escondiéndose como si se hubiese equivocado de historia. Joseph, visiblemente incómodo, se acercó con cuidado y se sentó a su lado.
—Me asusté —confesó ella, bajito, dejando su cabeza descansar sobre su brazo.
Él no supo qué hacer con sus propias manos. Sintió su roce en los muslos y cerró los ojos para contener la incomodidad que había traído el silencio.
—Yo lo arruiné —murmuró, con una sinceridad que no solía permitirse.
Ella asintió. No con reproche, sino con resignación.
—Tengo hambre —dijo, para romper con el peso que los aplastaba—. ¿Quieres comer algo?
—Si tú cocinas, no me lo pierdo —respondió él, aliviado.
Se levantó de un salto, buscando algo con qué cubrirla. Le entregó un pijama dos tallas más grandes y desapareció en el baño. Ella se vistió rápido y encendió la luz. El espejo la castigó con una imagen que no la favorecía: despeinada, sudada, hinchada. Pensó en Anne Fave y sintió celos. Celos tontos, sí. Pero reales.
Joseph volvió y la encontró frente al espejo.
—Vaya... —susurró—. Te ves adorable.
Ella bufó por dentro.
"¿Adorable?" —rio su conciencia con sarcasmo.
"Yo diría perfecta." —interrumpió la de Joseph.
Por una vez, ambos estuvieron de acuerdo.
Él ordenó su cabello detrás de las orejas y le sonrió.
—Vamos, linda. Cocinemos algo.
El corazón se le disparó al unísono. Se besaron con timidez, como si no se conocieran. Pero el deseo, ese al que no sabían renunciar, volvió en el roce.
Joseph la besó más profundo, envolvió su cuello con la mano y la atrajo hacia sí. Su lengua buscó la de ella y la ropa estorbó.
Se separaron, respirando con dificultad, y caminaron a la cocina con los cuerpos encendidos... y las emociones todavía a flor de piel.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
