Joseph la ayudó a asearse con delicadeza, cuidando de no rozar sus heridas ni los moretones que aún enrojecían sus brazos. La sacó de la ducha con paciencia y la acunó entre sus brazos para llevarla hasta la cama, donde un conjunto de ropa seca los esperaba.
Secó con cuidado sus cortes más visibles, inspeccionando cada uno como si fuesen pistas en un crimen que no lograba resolver. Luego, le ofreció acceso total a sus productos personales. Lexy eligió un gel corporal fresco que aliviara su piel golpeada... y también el desodorante de Joseph.
Lo usó una vez. Luego, una segunda. Se lo aplicó con intención, justo cuando descubrió que ese era el aroma que tanto la enloquecía. Se acercó con disimulo para olfatearlo directamente, encantada de llevarlo pegado a su piel.
Ya vestida y más tranquila, se sentó en la alfombra de la habitación y comenzó a secarse el cabello. Desde el suelo, observaba a Joseph concentrado frente a su portátil, respondiendo correos con seriedad.
—Tengo algunas galletas en la despensa —dijo de pronto, sin despegar la vista de la pantalla.
Lexy parpadeó, desconcertada. Ella no quería galletas.
Quería montársele encima. Besarlo hasta dejarle los labios adoloridos. Y quizá... algo más.
Ojalá algo más.
—¿Un café o un té? —insistió Joseph.
—Un té estaría bien —respondió ella, recobrando el control.
Joseph cerró la portátil con suavidad y desapareció por la puerta, dándole unos minutos a solas.
Lexy aprovechó para mirarse al espejo. Se pellizcó las mejillas, como solía hacer desde niña, y se cepilló el cabello con cuidado, ordenándolo tras sus orejas. Se sonrió a sí misma, coqueta.
"Debo admitirlo: te ves mejor después del sexo. Un buen sexo." —bufó su conciencia.
Lexy aspiró con fuerza, a punto de reírse de su propio delirio, pero su celular comenzó a sonar, arrancándola de la escena.
Corrió hasta un rincón de la habitación, donde lo encontró escondido tras unas cajitas decorativas. Sintió un escalofrío. Pensó que era Esteban. Pero no. Era su padre.
—¿Papá? —musitó, nerviosa.
—Hija, encontré ropa con sangre en tu baño. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? Estoy muy preocupado.
Lexy se quedó paralizada. Buscó una mentira rápida.
—Pa-pá... me depilé. Con una... de esas maquinitas. Ya sabes —improvisó con una risa nerviosa—. Me corté. Soy torpe, ya lo sabes.
—Vaya, me asustaste... —suspiró su padre.
—Todo está bien. Cosas de chicas —añadió ella con fingido desparpajo.
—Tu abuela dijo que estabas con ella este fin de semana. La vi en el mercado.
Lexy tragó saliva.
—Sí, claro... queríamos ponernos al día con... la boda, Australia, esas cosas.
—Cuídate, pequeñita. Te quiero. Por favor, vuelve a casa.
—Sí, papá... el domingo.
Cortó con un nudo en la garganta. Se dejó caer sentada sobre la cama, sintiéndose más sola que nunca, empapada en mentiras y remordimientos.
Sus padres la adoraban, sí. O eso se decía para sentirse mejor antes de ir a la cama. Pero nunca habían sabido leerla. Les importaba su ropa, su comida, su boda perfecta. Nunca su alma. Nunca sus heridas.
Estaba atrapada. Y no sabía cómo salir.
—¿Alguien sabe que tu novio te golpea, Lexy? —preguntó la voz de Joseph desde la puerta.
Ella pegó un salto.
Él sostenía una bandeja con una taza humeante y galletas. Su mirada era dura. Intranquila.
—No —contestó ella, encogiéndose, apretando el teléfono contra el pecho.
—¿Lo sabe tú padre?
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! ¡Nadie lo sabe!
—¿Y cómo lo ocultas tan bien?
—Soy escurridiza —dijo, forzando una sonrisa.
Joseph la miró con algo que ella detestasba: lástima.
—¿Evitas a todos para que no vean lo que te hacen?
—Uso maquillaje. Ropa larga. Fin del misterio.
Joseph la miró fijo.
—No me refiero a los golpes. Me refiero a ti. —La miró con firmeza. Lexy dejó de respirar—. ¿Cuándo vas a admitirlo, Lexy? ¿Cuándo vas a decirle al mundo que eres víctima de violencia? —Lexy lo sintió como si fuera un interrogatorio.
—No lo sé...
—Necesitas ayuda. Los golpes en la cabeza no son un juego. Tu cuerpo no es una roca.
—Lo sé. Lo sé. —Repitió enojada.
—¿Entonces por qué no haces nada?
—¡Porque es muy difícil, Joseph! —gritó, quebrándose por completo—. Porque las personas que deberían apoyarme no lo hacen. Porque mi madre me regaña hasta por cómo me visto, y mi papá vive convencido de que Esteban es el yerno perfecto.
Sollozaba. Temblaba.
—No puedo contárselo a mi abuela. Ella... se rompería. —Sollozó.
Joseph no dijo nada. Solo se acercó con la taza y las galletas de mantequilla.
—Acuéstate —ordenó él con suavidad. Ella obedeció—. Podrías dejar de esconderte —sugirió él, acariciándole la frente.
—¿Y si nadie quiere ver lo que soy? —Se derrumbó—. A nadie le importa...
—Entonces muéstraselo igual. Eres increíble, Lexy. Solo necesitas verte como yo te veo.
Ella lo miró, vulnerable, con un hilo de esperanza en la mirada.
—¿Y qué quieres estudiar el próximo año? —preguntó, queriendo cambiar de tema.
Lexy dudó. Sus ojos cayeron.
—Ya no quiero seguir estudiando.
—¿Ninguna carrera?
—No soy buena terminando cosas —bromeó con tristeza.
—Sí lo eres —replicó Joseph, guiñándole un ojo. Ella sonrió, apenas—. En Open Global financiamos estudios para nuestros mejores empleados. Si te quedas... podrías intentarlo.
—¿Eso es una propuesta formal?
—Es una propuesta personal. Quiero que sigas en la empresa. Conmigo. —Joseph la miró con ternura. Lexy se quedó muda—. Aprendiste el trabajo de Alejandra en una semana. Ella tardó un mes —dijo él, mordiéndose una galleta.
—Pero Alejandra va a volver.
—Inventaría un puesto solo para tenerte en mi oficina.
"¿Te crees gerente de tus emociones también?" —lo molestó su conciencia.
Joseph ignoró la voz interna y se dejó caer a su lado.
Ya no hablaron del futuro. Se abrazaron sin necesidad de palabras. Las manos se buscaron, las piernas se rozaron y las galletitas de mantequilla fueron el único testigo de una complicidad que empezaba a tomar forma.
Cuando Lexy se quedó dormida entre sus brazos, Joseph no pudo hacer lo mismo.
La oscuridad volvió a invadirlo, junto al eco de una sola pregunta: ¿qué se supone que debía hacer ahora?
Emma diría que no era su problema.
Pero Lexy... seguía ahí.
Y eso, para él, ya era un problema.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
