Si se tratara de estudios universitarios, Lexy merecía un doctorado en evasión y un magíster en mitomanía.
Con habilidad, había evitado enfrentarse otra vez a las preguntas de su abuela. También mintió a sus padres cuando llegó cerca de las diez de la noche, desplegando una red de excusas que los dejó relativamente tranquilos... al menos por un par de días.
Ya sola en su habitación, se dio una ducha rápida y revisó las heridas que Esteban le había dejado. A esas alturas, estaban bien disimuladas bajo la ropa estratégica que solía usar: mangas largas, mallas oscuras, maquillaje suficiente para ocultar cicatrices recientes.
Mientras preparaba su bolso para el día siguiente, conectó su teléfono, apagado por falta de batería, y lo encendió solo para recibir una nueva tanda de mensajes de Esteban.
Suspiró. Ya conocía el patrón: mensajes culpables, disculpas disfrazadas, excusas baratas sobre el estrés y los padres. A esas alturas, Lexy ya no respondía por impulso. Redactó una respuesta medida, que no enviaría hasta el día siguiente, cuando estuviera en la oficina, protegida por la fría autoridad de Joseph Storni.
Durmió sin pensar demasiado. Ni en Esteban, ni en su jefe.
O al menos, eso intentó.
***
El lunes por la mañana, se maquilló más de lo habitual para cubrir lo que aún quedaba visible. Evitó el desayuno con una mentira y literalmente escapó de casa antes de que su padre saliera del baño.
Al llegar a Open Global, la oficina parecía un hormiguero. Mucha más gente de la habitual. Su corazón se aceleró justo cuando se cruzó con Joseph en el pasillo.
—Señorita Bouvier, el segundo lunes de cada mes realizamos una reunión general. La esperamos en la sala de conferencias, segundo piso —explicó con esa calma que la dejaba sin aliento.
Tan guapo. Tan imposible. ¿Cómo era posible que se hubiese acostado con él?
Lexy asintió como pudo y siguió a la multitud. La fila para el ascensor era interminable, así que bajó por las escaleras de emergencia. Apenas puso un pie en el auditorio, Joseph la interceptó con un gesto casi cómplice.
—Qué rápida —murmuró, y le rozó el brazo con suavidad—. Me gustan tus mallas negras y tu blusa ancha. Siéntate al fondo, estarás más cómoda.
Ella lo obedeció en silencio y se sentó junto a una puerta abierta, donde el aire fresco le despejaba los pensamientos. Escuchó el discurso del gerente general sin mucho entusiasmo... hasta que Joseph subió al escenario.
Entonces todo cambió.
Lucía impecable bajo las luces, con esa presencia firme y carismática que hipnotizaba. Habló de liderazgo, de desafíos y de nuevos horizontes. Lexy lo observó embelesada, olvidando incluso que alguna vez lo había besado.
Cuando la capacitación comenzó y las luces se apagaron para proyectar un video, vio su oportunidad y se escabulló por la puerta.
El tercer piso estaba desierto. Disfrutó escuchando el eco de sus tacones mientras improvisaba unos pasos de baile. Se rio de sí misma y entró al casino con una gran sonrisa... que se desdibujó al ver a Joseph sentado a lo lejos, con un periódico en las manos y un café humeante frente a él.
—¿Qué hace aquí, señorita Bouvier? —preguntó sin levantar mucho la voz, pero con esa intensidad que siempre la dejaba paralizada.
—Estaban hablando de cosas que no entiendo... además, no desayuné. Tengo hambre —balbuceó, torpe, mezclando ideas—. No soy vendedora... y tengo hambre.
Él la observó con el ceño fruncido. Claramente no entendía ni una palabra. Pero luego suspiró.
—Tome asiento.
Se levantó y fue por otro café. Ella lo siguió, curiosa.
—Como dijiste que no te gustaban los panecillos de aquí... te compré rollos de canela —dijo con naturalidad.
—¿Para mí? —preguntó, llevándose las manos al pecho con sorpresa.
—Sí, linda, ¿para quién más?
Se agachó a su lado para mirarla a los ojos. Le acarició la mejilla con suavidad, deslizando los dedos sobre el maquillaje.
—¿Qué llevas debajo de las mallas? —preguntó en voz baja, mientras su mano recorría su muslo con intención.
—Na-nada... —susurró, con la respiración entrecortada—. Son ligas...
Con un gesto atrevido, se levantó la falda solo lo justo para mostrarle el encaje negro.
Joseph cerró los ojos con fuerza.
—Come algo. Después te voy a follar aquí y quiero que tengas energía para terminar bien el día —le murmuró sin filtros.
Lexy miró el rollo de canela, pero no pudo evitar pensar en otra cosa.
—Ya no tengo apetito —dijo, mirándolo con deseo contenido.
Joseph no dijo nada. Caminó hacia la puerta, la cerró con llave y programó la cafetera con un temporizador de diez minutos.
—Tenemos diez minutos. Las capacitaciones son breves.
Se quitó el saco y volvió a acercarse. Con un tirón suave, la obligó a levantarse y la besó como si no hubiese un mañana. La sujetó por el cuello, por la cintura, por donde pudo, y la devoró con la boca, con el cuerpo, con la urgencia de quien no puede esperar más.
La sentó en una mesa cercana. Levantó su falda hasta la cintura. No llevaba ropa interior. Las ligas destacaban aún más contra su piel blanca. Joseph se arrodilló para delinearle las piernas con las manos y luego le mordió una nalga, marcándola, antes de propinarle una nalgada sonora.
Lexy gimió. No sabía si era por placer o por dolor. Tal vez por ambos.
Él se incorporó, la besó otra vez y guió su mano hasta su entrepierna, ya endurecida.
—Desperté pensando en ti —jadeó—. Me duché pensando en ti. Y aquí estoy...
Lexy le desabrochó el pantalón. Lo liberó. Su erección palpitaba en su mano, cálida y húmeda en la punta. Quiso probarlo con la boca, pero Joseph fue más rápido.
La subió a horcajadas y la recostó sobre la mesa. Le abrió las piernas, la admiró, le dedicó un beso suave... y la penetró con lentitud.
El gemido de ella llenó el lugar. Él la embistió con fuerza, sujetándola por las caderas, levantándola apenas para profundizar cada movimiento.
—Lexy... —murmuró, deshecho por el placer.
Ella se vino primero. Y luego otra vez.
Cuando el temporizador sonó, él aceleró. La mesa crujía bajo ellos. Joseph la sostuvo hasta el final y se corrió afuera, derramándose sobre sus muslos y su falda, jadeando sin poder controlarse.
Lexy cerró los ojos, con las piernas todavía temblando.
Joseph la besó otra vez, esta vez con más ternura, acariciando su nariz con los labios.
—¿Todavía me odias?
—No podría odiarte —susurró ella—. Aunque... sí estuve molesta. Pero tú y yo no tenemos nada formal, no hay razón para enojarse.
Joseph la miró, en silencio. Algo dentro de él se removió. No era celos. Era miedo.
—Me alegra que pienses así... lo último que quiero es hacerte daño —murmuró, y besó su nariz pecosa con suavidad.
—Estaré en la oficina. Si pasa algo, llámame. Si tu novio te busca... quiero saberlo.
Ella asintió. No necesitaba protección, pero con Joseph... le gustaba sentirse a salvo.
La chispa entre ellos seguía allí. Y aunque ninguno entendía del todo por qué, ambos sabían que se estaban volviendo adictos.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
