Después de una mañana intensa, Lexy volvió a dormirse entre las sábanas de Storni. Su cuerpo, aún sensible, cargaba el eco de la pasión desatada. Había experimentado algo nuevo. Salvaje. Mordidas, nalgadas, dominio. Y le había gustado. La hacía sentir viva. Completa.
Cuando despertó otra vez, lo primero que notó fue el silencio. Un silencio denso, acompañado de la soledad de la cama. Joseph no estaba.
—¿Joseph? —susurró, pero nadie respondió.
Se incorporó con lentitud, y un quejido escapó de sus labios al estirar las piernas. El dolor agudo le recordó todo lo vivido y, sin poder evitarlo, sonrió. Caminó hasta los ventanales, desnuda, con el cabello alborotado y el cuerpo aún tibio. Afuera, todo parecía perfecto: campos verdes, árboles danzando con el viento, una zona de camping discreta. El paraíso rural de Storni.
Se vistió con una de las camisas de él y salió al pasillo, desorientada pero curiosa. En una esquina del pasillo, encontró a Emma, quien escogía toallas desde un armario amplio.
—¿Dormiste bien? —preguntó la joven, con una sonrisa de complicidad.
—Sí... muy bien —dijo Lexy, algo avergonzada.
—Ya era hora de que usaran esa cama —soltó Emma con un guiño.
Lexy parpadeó, confundida.
—¿La cama? ¿Es nueva?
—No, no... —Emma rio con ganas—. ¿Creías que tenías un cartel en la espalda que dice "chica N°100"?
Lexy se quedó congelada.
—Más bien la N°386 —bromeó, y soltó una carcajada exagerada.
Al ver el rostro serio de Emma, se detuvo en seco.
—No, Lexy. No tienes un número. No eres una más. ¿Joseph no te lo dijo? —Emma no parecía muy feliz.
—¿Decirme qué? —preguntó Lexy, confundida.
—Que eres la primera mujer real que duerme aquí. Él... tiene aventuras, sí, pero a nadie había traído a casa.
Lexy tragó saliva.
—No soy una buena candidata —musitó, abrumada.
—Lo sé. Te investigué. —Emma fue directa y le dio una sonrisa—. Tienes un prometido, sufres de... ya sabes. —Emma bajó la mirada—. ¿Te dijo que nuestra madre pasó por lo mismo?
Lexy sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué?
—Mi padre la asesinó. Yo era una niña, no recuerdo todo. Pero mi madre no tuvo opciones. Tú sí las tienes, Lexy. —Emma la miró con agudeza.
Era ruda, sí, pero intentaba ayudarla. A su estilo.
El silencio volvió a hacerse presente. Lexy bajó la mirada, procesando todo con el pecho apretado.
—¿Buscabas a Joseph? —preguntó Emma, por fin.
—Sí... por favor.
—Está en la cocina. Te prepara el desayuno —dijo Emma, guiándola.
Caminaron juntas. Lexy cargó las toallas por reflejo, intentando ser útil, mientras Emma hablaba sin parar.
—Joseph no sabe cocinar. Le sugerí que comprara algo, pero dijo que quería hacerte huevos. ¡Huevos! —rio.
El comentario provocó una risa inesperada en Lexy, como si, por un segundo, las cosas pudieran ser normales.
Pero al entrar a la cocina, no encontraron a nadie. El lugar estaba impecable. Silencio. Solo unas risas femeninas las guiaron hacia la sala.
Y entonces lo vieron.
Joseph, sin sudadera, tumbado en el sofá. Debajo de él, María Ignacia, una de las amigas de Emma, en un bañador blanco, en una postura demasiado íntima.
—¡¿Qué mierda les pasa?! —gritó Emma, furiosa.
Lexy dejó caer las toallas.
—Tengo que irme —susurró, tambaleándose.
—¡Lexy, espera! —exclamó Joseph, lanzando a la chica del sofá y corriendo tras ella.
Lexy se encerró en la habitación. Joseph golpeó la puerta, sin recibir respuesta. Hasta que Emma, desde el pasillo, lo fulminó con la mirada.
—No deberías traer a nadie aquí. Menos a alguien como Lexy. ¡Eres tan destructivo como su novio! —gritó furiosa.
El golpe a la puerta marcó el final de su reproche. Joseph respiró hondo y volvió a llamar.
—Lexy, por favor, abre.
—Estoy ocupada —respondió ella.
—Solo quiero hablar... —suplicó.
Finalmente, ella abrió. Caminó directo hacia su bolso.
—¿A dónde vas?
—A casa. —Ella fue tajante.
—Puedo llevarte...
—¡Cállate! —gritó ella, con la voz quebrada—. ¿Por qué me trajiste? ¿Para usarme y después... eso? —Se detuvo, temblando—. Pensé que... pensé que me deseabas de verdad.
—Sí, linda, pero fue un error...
—Nunca vas a estar satisfecho conmigo, ¿verdad? —Sus ojos brillaban.
Joseph quiso negarlo, pero no pudo.
—No soy inteligente, Joseph. Me advertiste y aun así me ilusioné contigo. Qué estúpida.
—No lo eres...
—¿Sabes qué? Olvídalo. Gracias por el divertido fin de semana. —Se oyó el sarcasmo en su voz, pero también el dolor.
Se cambió frente a él, con dignidad y dolor. Y justo cuando intentaba salir, él la acorraló. Le sostuvo el mentón, la besó con desesperación. Pero ya no quedaba fuego. Solo cenizas.
Lexy se soltó y huyó. Por el pasillo, por la casa. Emma trató de detenerla, pero no lo logró.
Y entonces, el desastre se completó.
Entre las amigas de Emma, apareció Fernanda Campusano. Prima de Esteban.
—¿Lexy?
Lexy se congeló al verla, allí. Y luego corrió.
Volvió a la habitación, con el corazón en la boca.
—¿Puedes llamarme un taxi? —dijo, sin mirarlo.
—Lexy...
—¡Todo esto fue un error! —soltó, furiosa—. Fernanda está aquí. Le contará todo a Esteban. Me va a matar. Oh, Dios mío, me va a matar.
Joseph se quedó helado.
—Voy a hablar con ellas. Les diré que estabas aquí por trabajo.
—¿Y qué tal se te da hablar con las amigas de tu hermana? —preguntó ella con sarcasmo.
—Muy bien. —Él fue cruel.
Lexy lo fulminó con la mirada. Pero no dijo nada más.
—Voy a llamarte un taxi —dijo Joseph, derrotado.
Cuando se fue, Lexy se dejó caer sobre la cama. Se abrazó al bolso y, por primera vez en mucho tiempo, lloró sin contenerse. Llena de rabia, de miedo, y de un dolor que ni siquiera el amor, ni el deseo, podían borrar.
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Siempre mía
Storie d'amorePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
