25. Primeros sentimientos

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La jovencita descendió del auto de Daniela con desconfianza. La invitó a pasar con una sonrisa nerviosa, mientras el estómago se le hacía un nudo cada vez más apretado. No tenía idea de con qué se encontraría al cruzar esa puerta, y menos aún de cómo iba a explicar su repentino viaje a la capital.

Su padre la recibió con un abrazo inusualmente cálido e invitó a Daniela a quedarse a cenar. Alardeó del menú de esa noche y hasta comentó un par de vinos con los que podrían acompañar el festín. Por suerte, la madre de Lexy seguía encerrada en la cocina, organizando los platos con su habitual perfeccionismo.

Lexy se sintió incómoda con lo amable que su padre se mostraba. Evitó conversaciones profundas y, cuando por fin le habló del viaje, él reaccionó con una tranquilidad que le resultó sospechosa. Incluso le ofreció dinero extra para emergencias.

—¿Dónde te vas a hospedar? —preguntó, cruzando los brazos.

—Disculpe la intromisión, señor —intervino Daniela, con voz profesional—. La empresa cubre todos los gastos: hospedaje, alimentación, transporte. No tiene nada de qué preocuparse.

—¿Y usted va también?

—Por supuesto. Hay una capacitación importante. Trabajo y entrenamiento. Nada más.

El padre de Lexy asintió lentamente. Hurgó en los bolsillos del pantalón como si buscara excusas para retenerla un poco más.

—¿Quieres que te escriba un cheque? Podrías comprarte algo lindo.

—No, pá... no hace falta. Con lo de la abuela y lo que me diste, estoy bien —aseguró ella, a medio camino entre la ternura y la culpa—. Daniela me va a ayudar a empacar.

Subieron las escaleras. Al encender la luz, Lexy dejó expuesto ese rincón íntimo que tan pocos conocían. Daniela alzó una ceja ante las cortinas rosadas y los recortes descoloridos de One Direction pegados al espejo.

—Bueno... esto es una cápsula del tiempo.

—Hace tres años que no vivía aquí. Volví hace dos meses. Aún no reorganizo todo —se defendió Lexy, un poco avergonzada.

—¿Y dónde estabas?

—En la universidad.

—¿Y te graduaste de...?

—De nada —respondió con una risa amarga—. Perdí el tiempo en dos carreras distintas.

Daniela suspiró y se sentó en la cama mientras Lexy organizaba su ropa: uniforme de la empresa, algunas prendas formales, zapatos bajos, un pijama cómodo, maquillaje básico y artículos de aseo. Agregó también su plancha de cabello y un esmalte transparente.

—¿Y la ropa interior?

—No uso —dijo con honestidad infantil—. Me pica. Me aprieta...

—Entonces siempre estás lista para la acción —bromeó Daniela, guiñándole un ojo.

Lexy se sonrojó hasta las orejas y evitó responder. Se limitó a revisar todo por tercera vez hasta convencerse de que no olvidaba nada. Luego se metió en la ducha. Al salir, intentó secarse el cabello, pero al verse en el espejo, soltó un grito silencioso: su melena inflada le daba forma de hongo, y las ojeras completaban el disfraz de zombi.

¡No podía dejar que Joseph la viera así!

—Lexy —la llamó Daniela, golpeando suavemente la puerta—. Joseph ya viene en camino. Pregunta si estás lista.

—¡Casi! —gritó, con el corazón al galope.

Entró en pánico. Volvió a meter la cabeza bajo el agua fría para bajar el volumen del pelo. Empapó su sudadera, arruinó el outfit elegido y salió corriendo del baño, semidesnuda, buscando algo que la hiciera ver "bonita".

Daniela la observaba divertida, como si presenciara una escena de comedia romántica en vivo.

—Ojalá tuviera las tetas así de firmes —comentó sin filtros. Lexy chilló y se cubrió los pechos con ambas manos—. ¡Ay, por favor! Si somos mujeres, tenemos lo mismo. Mis amigas se untaban aceite de coco, yo no les hice caso y ahora tengo los pezones a la altura del ombligo. Me faltan dos años más de ahorro para el levantamiento.

Lexy no supo si reír o esconderse.

El teléfono de Daniela vibró.

—Es tu príncipe azul —anunció burlona. Luego contestó con voz seca—. Ya bajamos. La princesa aún no está lista.

Lexy eligió al azar un chaleco holgado de cuello alto, perfecto para una madrugada fría. Se despidió de sus padres con calma, prometió llamar cuando llegara al hotel y salió junto a Daniela.

Afuera, Joseph la esperaba en su auto, sumido en la oscuridad. Al verlas, encendió las luces y bajó del vehículo con rapidez para ayudar con la maleta. Guardó el equipaje en el maletero y luego se giró hacia ella.

—¿Qué te preocupa? —preguntó, notando su incomodidad.

—¿A mí? Todo. —Lexy suspiró, mirándolo directo a los ojos—. ¿Por qué no me dijiste que Anne Fave estará todo el tiempo con nosotros? Si nos descubre... esto... lo nuestro...

Joseph se echó a reír, con esa risa suya que desarmaba cualquier defensa.

—No tienes que preocuparte por Anne. Su contrato termina en tres semanas.

—¿Tres semanas? ¿Y tú la llamas Annie?

—Lexy... no somos cercanos. Me acosté con ella un par de veces, sí. Pero no sabe nada de mí. Ni lo que me gusta. Solo fue sexo. Una mala decisión.

La sinceridad de Joseph la dejó sin aire:

—¿Y lo nuestro? ¿También es una mala decisión?

Joseph deslizó su mano bajo su chaleco y atrapó uno de sus senos, desnudos bajo la tela.

—Lo nuestro es diferente —murmuró con voz grave—. Me estoy desafiando a mí mismo contigo... y temo...

—¿Qué temes, Joseph?

—Temo perderte —confesó con un suspiro contenido—. Porque no eres mía. No como yo quiero.

—¿Y cómo quieres que sea?

—Mía —gruñó sobre su boca—. Tan mía que nadie se atreva a mirarte, ni tocarte, ni siquiera pensarte.

Lexy soltó un jadeo involuntario. El roce de sus dedos, la intensidad en su mirada, todo la deshacía. Estaba atrapada entre el cuerpo de él y el cinturón de seguridad, con el corazón latiéndole entre las piernas.

Se besaron, temblando como dos adolescentes en su primera vez. Era incómodo, era clandestino, era apresurado.

Pero también era perfecto.

Siempre míaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora