Había algo en Lexy que lo desquiciaba. No sabía nombrarlo, pero lo sentía como un chispazo eléctrico bajo la piel, una descarga que lo nublaba y le robaba la coherencia.
Ese algo lo tenía allí, frente a ella, suplicando con la mirada, inventando excusas para no alejarse.
¿Desde cuándo queremos conquistar a una mujer? —se burló su conciencia, y Joseph decidió ignorarla para seguir observándola.
Se acercó un poco más. Le temblaban las piernas, pero no se detuvo. Quería tocarla. Sentir su piel. Fundirse con ella hasta que todo lo demás dejara de importar.
Lexy tembló incluso antes de que él la tocara. Su cuerpo ya lo anticipaba, y se estremeció cuando Joseph olvidó las caricias y la besó. Un beso profundo, lento, hambriento. Un beso que parecía no terminar nunca.
El corazón de Lexy latía con fuerza bajo su pecho magullado. Le dolía, sí, pero también le gustaba. Se aferró a su cuello, queriendo acercarlo más, queriendo fundirse con él. Dejar de pensar y de recordar el daño que su prometido le había causado.
Las manos de Joseph viajaron por su cintura, delineando con cuidado la curva de su cadera hasta llegar a ese culo con el que había fantaseado desde el primer día. Lo tocó con reverencia, moldeándolo entre sus dedos, casi en trance.
Las mejores semanas de nuestra vida, ironizó su mente, mientras su cuerpo reaccionaba antes de tiempo, traicionándolo con una evidencia demasiado notoria bajo el pantalón.
—Di-dije que no puedo... —susurró Lexy, jadeante, justo cuando él intentó montarla a horcajadas sobre sus piernas.
Se sostuvo contra la pared, con la cabeza hacia atrás, intentando recuperar el control, mientras Joseph apoyaba su frente en la de ella y respiraba su aliento como si necesitara oxígeno para vivir.
Lexy se inclinó hacia él y le besó la mejilla, bajó hacia su mentón y siguió el rastro de su barba con los labios abiertos. Luego, su boca descendió hasta el cuello de Joseph, quien dejó de pensar y decidió jugar también.
Su lengua recorrió la línea de su mandíbula, sus clavículas, el inicio del pecho. El pijama de ella se convirtió en un estorbo, pero aún así podía sentirla. Su cercanía era una tortura exquisita.
Nunca había sentido hambre por una mujer así. Quería besarla, morderla, saborearla, oírla gemir... y más que nada, quería hundirse en ella, hacerla suya hasta que no quedara espacio para nadie más.
Y mientras pensaba en todo lo que deseaba, la besó con más fuerza. Mordió su labio inferior y ella respondió, ansiosa, con una lengua húmeda y temblorosa que se enredó con la suya.
Pero bajo ese deseo había nervios. Lexy no sabía cómo moverse, cómo responder. Se sentía torpe, insegura... y le aterraba decepcionarlo.
Intentó relajarse, pero el calor entre sus piernas la asustó. Estaba empapada. Nunca se había sentido así. Su respiración era errática y cada roce la hacía gemir.
Joseph la guio con suavidad hacia la cama. Para Lexy, fue un gesto dulce. Para él, un reto. No sabía cómo actuar, pero quería aprender. Aprender para ella.
"Ten cuidado con lo que deseas, vaquero" —susurró su conciencia.
—No tengo miedo —dijo él, en voz alta, sin querer.
Lexy se detuvo y lo miró, tendida sobre la cama, con el pijama aún anudado a las caderas.
—¿De qué hablas? —preguntó, jadeando.
Joseph negó con la cabeza.
—Nada. No es nada —repitió, mientras se recostaba sobre su cuerpo, cuidando de no lastimarla.
Lexy lo abrazó con las piernas. Arqueó la espalda cuando sintió su erección contra su cuerpo, y se estremeció de placer.
Con timidez, subió sus manos por su espalda hasta su cabello. Se besaron, se rozaron, se deshicieron.
Hasta que ella habló:
—Quítate la ropa... y quítame la mía.
Joseph la miró, sorprendido, y obedeció sin una palabra. Se despojó de la sudadera con un solo tirón y Lexy contuvo el aliento al ver su cuerpo. Quiso devorarlo.
Él se inclinó sobre ella, dispuesto a seguir. Pero cuando sus manos encontraron resistencia en el pijama ajustado y en los hematomas bajo la tela, no lo dudó: lo rasgó con fuerza.
Lexy estalló en carcajadas, y algo en ella se liberó.
Joseph recorrió su piel con los dedos, desde el abdomen hasta los pechos, intercalando miradas entre su cuerpo y sus ojos. Tocó sus senos por fin, y ella lo besó con un gemido que le hervía en la garganta.
Se arrodilló frente a ella y se frotó contra su cuerpo, buscando alivio para la presión insoportable entre sus piernas.
Lexy se sentó, terminó de quitarse lo que quedaba de la prenda destrozada con cuidado de no tocar las heridas. Pensó en Esteban por un segundo, pero el deseo por Joseph arrasó con todo.
—Estoy lista —susurró.
Joseph no dijo nada. Solo la miró, se deshizo del resto de su ropa y se inclinó sobre ella.
—Yo no me cuido —interfirió Lexy, de pronto.
Él se quedó quieto. La observó. Luego, con ternura, se inclinó para besarla.
—No te preocupes, linda.
Lexy se rindió a su beso. Se dejó empujar con delicadeza contra las sábanas. Joseph recorrió su cuerpo con la boca, bajó por sus senos, su abdomen, y más abajo aún.
—Así es como te quiero —susurró.
Le abrió las piernas sin pudor y la dejó completamente expuesta. Lexy temblaba, con las mejillas encendidas, y los dientes castañeando de ansiedad.
—Oh, por... —jadeó, cuando sintió su boca.
Joseph la devoró con hambre. Su barba, su lengua, su boca entera la envolvieron en un calor nuevo. Chupó su clítoris sin moderación y ella se quebró. Gritó, tembló, se retorció. Llegó al orgasmo tan rápido que apenas tuvo tiempo de comprenderlo.
Se incorporó sobre los codos y lo miró, con los ojos brillando de deseo. Lo deseaba más que nunca. Quería tenerlo dentro. Quería todo.
Él subió por su cuerpo dejando un rastro de besos. Cuando sus miradas se encontraron, ambos sonrieron, como si hubieran caído juntos en otro mundo.
—Joseph... —susurró ella, y se dejó llevar.
Él se montó sobre su cuerpo otra vez. La besó con hambre, con devoción. Ella respondió con un ritmo acompasado que brotó de forma natural entre ellos.
Y aunque todavía ninguno se atrevía a dar el paso final, sabían que era cuestión de tiempo.
Porque en ese cuarto, bajo la piel y los gemidos, algo más grande había comenzado a encenderse.
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Siempre mía
RomancePobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
