Lexy tomó el autobús y se puso los audífonos, dejando que la música hiciera lo suyo. Necesitaba desconectarse. Aún no superaba la vergüenza de la entrevista, pero se consolaba con un pensamiento: consiguió el empleo.
Joseph Storni era un enigma. Guapo, elegante, peligroso... y demasiado serio. Algo le decía que su paso por Open Global no sería precisamente tranquilo.
Se quitó los audífonos dos cuadras antes de llegar. Quería escuchar sus propios pensamientos. O intentar acallarlos.
«Necesitamos el dinero, Lexy. Ya basta de vivir del esfuerzo de tu padre».
«Es una buena paga. Es fácil. No seas tan dramática».
«Solo serán ocho meses. El tiempo vuela».
Ocho meses de contrato. Lo justo para cubrir la boda y la luna de miel. Y después... adiós libertad.
Esteban no iba a permitirle seguir trabajando. Ni maquillarse. Ni salir con amigas. Aunque, bueno, ya no tenía amigas. Esteban las había espantado a todas.
Cuando llegó a casa, lo vio. Afuera. Esperándola, como siempre. Como un guardia en su propia cárcel.
—No estoy de humor —le soltó sin filtro—. Me contrataron. Empiezo el lunes.
Entró sin más, buscando aire, buscando paz. Pero Esteban la siguió como su sombra.
—¿Te sientes bien? —preguntó él, con ese tono dulce que solo usaba para manipular.
Lexy respiró hondo y suavizó su voz:
—Sí. Solo estoy cansada.
No podía contarle sobre Storni. Ni sobre su altura. Ni su forma de mirarla. Ni de sus manos. Ni de la energía que le dejó clavada en la piel.
Ni mucho menos del escalofrío que la recorría cada vez que pensaba en él.
—El lunes, entonces... —murmuró Esteban, tumbándose en su cama como si le perteneciera.
Lexy no respondió. Se desabotonó la blusa manchada de café, sintiendo su mirada encima como un cuchillo sin filo.
—¿Y cómo te fue a ti? —le preguntó.
Se suponía que los dos estaban buscando empleo.
—Me van a llamar —dijo él, mintiendo como siempre.
Ella no lo confrontó. ¿Para qué? Era inútil. Esteban no buscaba trabajo. Buscaba excusas.
Lexy se refugió en el baño. Quería un minuto de silencio. Se sentó en el borde de la bañera y revisó el celular. Tenía un correo.
De: Joseph Storni.
Y su estómago dio un vuelco.
Señorita Bouvier,
Le agradecería que nos proporcionara su dirección personal para el envío de su uniforme y otros materiales de Open Global, incluyendo nuestra política interna.
Atentamente,
Joseph Storni
Lexy respondió sin pensar demasiado. O pensó... pero muy mal.
Señor Storni,
Si piensa venir a dejarme el uniforme, lo recibo con comida. Mi abuela acaba de volver de Australia y, según ella, nadie sale de esta casa sin probar mi pastel de carne.
Además, puede explicarme la política de la empresa, porque Alejandra me dejó igual de confundida.
Vivo en Av. Monte Sur #6096. Casa de dos pisos, color damasco, rodeada de pinos. Imposible no verla.
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Siempre mía
RomansaPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
