Lexy no respondió a las confesiones de Joseph. Tampoco a sus deseos. El viaje comenzó envuelto en un silencio denso, punzante, que les duró más de media hora.
El encierro del auto, el calor acumulado y el roce invisible de sus respiraciones creaban un ambiente tan cargado de tensión que dolía moverse. Sus cuerpos, separados por centímetros y un par de asientos, ardían. Y no por el clima, sino por ese deseo obstinado que no sabían cómo volver a desatar sin hacerse daño.
Joseph encendió el estéreo. El sonido suave de una vieja canción de Shakira rompió apenas la atmósfera. Apoyó la mano sobre la palanca de cambios —innecesario, pero oportuno— y la deslizó con disimulo, apenas rozando la pierna de Lexy. Ella, sin mirarlo, tarareó la melodía.
Él no pudo evitar observarla de reojo. Seguía igual de hermosa, pero también más callada, más lejana. Y aún así, irresistible.
—Ojos al frente, Joseph. No quiero morir en la carretera —le advirtió ella con tono serio, aunque se mordió la risa al ver el gesto contrito del hombre.
—Me distraes —justificó él, con una sinceridad desarmante.
—Yo no estoy haciendo nada.
—¡Claro que sí! —replicó él, ya con voz juguetona.
—¡Joseph, no estoy haciendo nada!
—Lexy... el solo hecho de que estés aquí, a menos de un metro y sin ropa interior... —tragó saliva— me desconcentra. Me desconcentra mucho.
Ella sonrió, como si al fin pudiera respirar. Se acomodó en el asiento, tomó aire y, con una valentía dulce, deslizó su mano sobre la de Joseph y la guió hasta su muslo, vestido por unos jeans ajustados que sabían resalta sus curvas. No dijo nada más.
Joseph se tensó. Frenó el coche. Condujo en silencio hasta una zona de emergencia, iluminada por una vieja cabina telefónica, y orilló el auto con torpeza.
—No puedo vivir así —murmuró de pronto, dejando caer la frente contra el volante.
—¿Así cómo? —preguntó Lexy, confundida por completo—. Joseph... ¿estás bien?
Él no contestó. Su respiración era errática. Los hombros le subían y bajaban como si el aire no le alcanzara.
Lexy se deshizo del cinturón de seguridad y se inclinó hacia él. Lo tomó del rostro con ambas manos, sintiendo el sudor frío bajo sus dedos. Le acarició las mejillas, la barba desordenada, el cuello. Estaba alterado, y no por el deseo.
—Me estás asustando... —susurró cerca de su oído.
—No sé qué hacer... me haces mal, Lexy —respondió al fin, con la voz ronca—. Pero también me haces bien. Y no sé cómo manejar eso.
Ella retrocedió, con el pecho apretado.
—¿Es por tu madre?
Joseph alzó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué dijiste?
—Emma me contó algunas cosas...
El silencio volvió. Joseph se acomodó en el asiento y cerró los ojos, como si ordenara pensamientos que llevaba años evitando.
—No quiero que malinterpretes lo que voy a decir —murmuró. Se estiró hacia ella, buscándola, queriendo acortar esa distancia que de pronto se sentía eterna—. Me recuerdas a mi madre... y eso me asusta. La dejé enterrada con sus recuerdos, con sus errores, con todo lo que no supe perdonar.
Se frotó el rostro con ambas manos. Lexy no dijo nada. Su cuerpo entero escuchaba.
—Mi padre nos abandonó cuando yo tenía once años. Desapareció. Y mamá se volvió a casar por desesperación. De ese matrimonio nació Emma. —Dibujó una sonrisa débil—. Sí, Emma es mi hermana. Siempre lo ha sido, aunque no compartamos padre.
Lexy asintió, sin interrumpirlo.
—Pero cuando Emma llegó, mi padrastro cambió. Se volvió infiel, violento... Y mamá, tan necesitada, lo aguantó. Hasta que fue tarde. Cuando intentó dejarlo, él reaccionó con golpes. Primero a ella. Después a mí. Y supimos que Emma sería la próxima.
—Joseph...
—Teníamos miedo. Comíamos con miedo. Dormíamos con miedo. Cada migaja, cada ruido, era una amenaza.
Lexy sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Logramos salir. Mamá consiguió trabajo, nos mudamos a una habitación. Vivíamos los tres, apretujados, pero en paz. Yo trabajaba, Emma estudiaba, y mamá reía otra vez... hasta que él volvió.
Joseph cerró los ojos. La historia se oscurecía.
—Estaba enfermo. Cirrosis. Mamá, compasiva, lo ayudó. Durante un tiempo, todo pareció funcionar. Pero un día... regresamos a casa y la encontramos muerta.
Lexy ahogó un grito.
—¿Qué...?
—Él la asesinó. Por dinero. Por unos ahorros que mamá tenía y que estaban a mi nombre.
El silencio se rompió en mil pedazos. Lexy se abrazó a sí misma, temblando. Joseph apagó el motor, encendió las intermitentes y entreabrió las ventanas.
—Murió en prisión —añadió él—. Irónico: fue el tratamiento médico el que le alargó la vida lo suficiente para pagar parte de su condena.
Lexy recogió las piernas en el asiento, abrazándolas. Llevó una mano a la frente, intentando asimilar todo.
—¿Ahora entiendes lo que siento? —preguntó él, acariciándole el cabello.
Ella asintió con los ojos vidriosos.
—No sé qué habría sido de mí si tú no hubieras aparecido... yo... seguiría atrapada. Siguiendo un guión que no escribí.
—Pero estoy aquí —dijo Joseph, con voz firme—. Y voy a estar contigo todo el tiempo que tú quieras. Tú decides, Lexy.
La muchacha lo miró. Agarró su mano, la llevó a sus labios y la besó con devoción. Cerró los ojos al sentir la caricia de Joseph en su cuello, suave, protectora.
—Quiero ir a la policía —musitó de pronto—. Quiero denunciar a Esteban, pero mis padres estarán implicados y no tenemos dinero para un abogado...
—No pienses en eso ahora. Yo me encargo —le prometió, con una seguridad que le brotaba del alma—. No voy a dejar que nadie te lastime de nuevo.
Pegó su frente a la de ella. Respiraron el mismo aire, al mismo ritmo.
Y en ese apretado abrazo, se entendieron sin palabras. Eran dos mitades rotas que, por algún milagro, encajaban.
ESTÁS LEYENDO
Siempre mía
RomansaPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
