"Capítulo 40"

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MATTEO P.O.V

Veo sus ojos grises acuosos una última vez antes de que el ascensor termine por cerrar sus puertas. La impotencia y el remordimiento de no poder hacer nada para detenerla están ahí, latentes y ardientes dentro de mí, quemándome casi tanto como me quema la culpa.

Porque es mi culpa que ella se vaya.

Gruño de frustración, aunque lo que quiero hacer es gritar con todas mis fuerzas por el vacío que se hace cada vez más enorme en mi pecho, porque me prometí a mi mismo que nunca le haría daño y que no derramaría una sola lágrima por mi, pero al verla hacer esa maleta e irse de aquí con el corazón hecho pedazos, me di cuenta de que esa promesa se rompió.

Me paso el dorso de la mano por la mejilla, quitando con furia la lágrima rebelde que iba a mitad de trayecto.

—¿¡Qué ven!? —exclamo al ver varias de los vecinos allí asomados como viejas de barrio.

Inmediatamente entran en sus departamentos y yo también regreso al interior del mío, encontrándome con la fuente de mis más actuales problemas.

—Tienes exactamente cinco segundos para explicarme qué patraña estás tramando y por qué. —es lo primero que le digo a Jessica a penas llego al salón, donde ella sigue sentada tranquilamente sobre el sofá.

Desvía la mirada de su móvil, y la clava en mí.

—¿De nuevo esa pregunta? No hay ninguna patraña, Mattie, es todo verdad, tú mismo lo viste. —señala con la barbilla los papeles desperdigados en el suelo después de que los tiré con fuerza por la rabia.

—Escucha, poco me importa si estás embarazada o no, pero ese bebé, te repito, no es mío.

—Sí lo es. —contradice.

—No. Lo. Es.

—Puedes repetir eso todo lo que quieras, pero no va a cambiar el hecho de que un Brooks está creciendo aquí. Puedes hacer la prueba si te da la gana, el resultado es muy claro. —se señala el vientre, y luego pone una mueca de desagrado—. ¿O es que quieres que aborte?

Me quedo callado, y eso le otorga la respuesta.

—Si eso es lo que piensas, entonces no tengo nada más qué hacer aquí. —se pone de pie muy digna, a diferencia de cuando llegó—. Si tú no quieres hacerte cargo de las consecuencias de tus actos, yo sí lo voy a hacer. Fue un error venir aquí en primer lugar pensando que eras una persona responsable y hablaríamos para llegar a un acuerdo como dos adultos.

Eso, no sé por qué, pero toca una fibra muy sensible en mi orgullo de hombre, ya de por sí pisoteado.

A penas da tres pasos cuando la detengo del brazo.

—Perdón, yo... —me paso la mano libre por el rostro en un gesto que grita frustración—. No sé qué pensar de todo esto, es muy reciente. No quise decir eso, tampoco soy un irresponsable, y después de todo no es solo tu culpa. Siéntate, vamos a hablar.

Me sonríe, satisfecha, y se vuelve a sentar.

Suspiro.

Siento que salí de las alas del ángel, para entrar directo en la boca del lobo.

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Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora