"Extra°2 - Celebración de Pascua"

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ÉMERY

—Hey, chiquita, venga, tú puedes. —escucho que le dice Matteo a la niña.

Me giro sobre mi hombro, y observo atentamente a través de la puerta de cristal abierta como Mariana está parada detrás de la pelota de fútbol que le regalamos hace poco. Sí que le gusta mucho todo lo relacionado al deporte, y Matteo y yo, que hemos tenido que correr unas millones de veces tras ella los últimos años para que se bañe, lo sabemos muy bien.

Esa niña parece un gato. Odia bañarse.

También lo descubrimos porque se muestra muy interesada cuando Matteo se pone a ver algún partido de fútbol en la televisión. No los entiende, claro, pero también se pone a gritar con euforia cuando su padre lo hace.

A pesar de su gusto por el deporte, nunca había tenido un balón, así que le regalamos ese hace unos días. Se mostró muy contenta, sin embargo, ahora parece una pequeña bolita de nervios mientras observa el balón con fijeza y las cejas ligeramente fruncidas. No mira a nadie más, solo a la pelota, como si fuese su mayor enemiga.

Es solo una niña, pero he notado que cuando hace dibujos, o cuando arma torres de lego, cuando me ayuda en la cocina, por muy insignificante que sea lo que haga, trata de ponerle mucho empeño para hacerlo bien.

Se mantiene así unos segundos más, y justo cuando voy a hablar para decirle que lo hará excelente, le da una pequeña patada y el objeto rueda, pero no se aleja mucho claramente, sin embargo ella estalla de emoción con chillidos alegres. Matteo, a unos pasos de su posición, le sonríe con ánimo y le dice unas palabras que no llego a escuchar por la distancia, pero que seguramente son muy alentadoras porque nuestra nena comienza a saltar con efusión, elevando los bracitos para que su padre la levante como suele hacer.

Desvío la vista sonriendo, pero esa sonrisa se transforma en una expresión de horror cuando veo que mis hermosos bisteces de cerdo están quedamos por uno de los lados. Maldiciendo, agarro la espátula y los despego del fondo de la olla para darles la vuelta.

—¡Mamiiiii! —me llega la voz de mi hija con efusión a mi lado—. ¡¿Me viste?! ¡Pateé la pelota! ¡Yo solita!

—Un segundo, amor. —contesto distraída, viendo que no se vuelvan a pegar los bisteces del almuerzo. Cuando ya están listos, apago la estufa y me volteo.

Matteo sostiene a Mariana con un brazo, la cual se agarra de su cuello con una mano mientras con la otra sostiene la pelota. O ella cree eso, porque noto que mi esposo la mantiene en su lugar con la mano que tiene libre.

—¿Me viste? —me vuelve a preguntar mi niña.

Asiento, y me seco las manos rociadas de vapor caliente en un trapo limpio antes de acercarme a ellos y quitarle a Mar de los brazos a Matteo. La pelota cae al suelo cuando Mariana y su padre la dejan caer.

—Sí, te he visto, Mar. —le digo sonriendo, sosteniéndola contra mi cadera—. Pateas muy fuerte.

Chilla con emoción.

—Papi ha dicho lo mismo. —alza la barbilla con orgullo—. Y que seré una gran detorpista.

Sí, bueno, aunque dentro de unos dos meses cumple sus cinco años y ya habla con bastante claridad, aún así siguen habiendo unas tantas palabras que no sabe decir bien. Matteo es quien la ayuda con eso.

Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora