ÉMERY P.O.V.
A penas crucé el rellano del patio frontal de mi casa, fui recibida por muchos abrazos y besos de parte de mi cálida familia. El momento se volvió algo sentimental cuando a mis padres se les escaparon un par de lágrimas, así que rápidamente fuimos al interior de la casa y comenzamos a conversar animadamente para evitar escenas lacrimógenas en medio de la entrada.
Claramente mis padres y Emilia preguntaron por el novio encantador que supuestamente aún tengo, y decidí no decirles mi actual situación, al menos no todavía para no preocuparlos en ese momento especial para nosotros. No quería amargarlos y disgustarles el día de mi llegada, así que lo haría después o, posiblemente, cuando ya estuviera de regreso en Nueva York, pero allí, en esa casa con tantas memorias e historias tatuadas en cada pared y rincón, no quería traer de vuelta el suceso de los últimos días, y lo mejor para ello es no sacar el tema de ninguna manera. Ni por error.
Aunque Matteo de todas formas se las arreglaba para aparecer en mi mente y acaparar todos mis pensamientos, igual que un espectro acechante que no me hace olvidar sus hermosos ojos celestes.
Después de una animada comida con todos sentados a la mesa con mis platillos favoritos —como mamá me había prometido el día del vuelo a Nueva York—, me dí un baño relajante en la tina, —la cual había extrañado un montón— me coloqué un pijama de mi maleta y fui a mi antigua habitación para descansar.
Los recuerdos me atravesaron de golpe a penas entré, pero luché por alejarlos. Y, a pesar de la sensación de nervios por regresar al lugar en el que vivía antes, trayendo viejos y amargos momentos, no pude evitar sentirme feliz de haber vuelto a ver a mi familia.
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Me levanto con el sonido de la alarma de mi móvil, lo que significa que son las tres de la tarde. Me levanto de la cama con una exhalación y reúno todas mis fuerzas para lo que se viene a continuación.
Me coloco unos jeans azules y una camisa básica de color blanco, además de mis Converse rojas, las cuales había dejado aquí en la casa. Ato mi cabello en una coleta en la mitad de mi cabeza y agarro mi celular.
Al poner mis pies sobre el salón, veo a mi padre sentado sobre su confiable butaca leyendo el periódico. Mamá, al otro lado de la estancia, está en una de las sillas de la mesa con sus lentes de trabajo puestos, revisando y hojeando su libro de cuentas del restaurante con el ceño fruncido. Ni rastro de Emilia, pero por el agua de la regadera supongo que se está duchando.
—¡Oh! Qué bueno que ya despertaste, hija, quería... —mamá detiene su alegato en cuanto se percata de mi aspecto—. ¿Saldrás?
La observo a ella, pero por el rabillo del ojo veo que papá también me mira con curiosidad, aunque trata de disimular escondiendo parte de su rostro tras el periódico.
—Sí... em... Voy a casa de Barry. —miento a medias, ya que planeo llegar a saludar en cuanto termine de hablar con Sophia.
—Ah, vale. —dice—. Tenía que preguntarte si mañana en la noche podías cubrir a tu hermana en el restaurante, ya que vendrán unos clientes canadienses y ya sabes cómo se me da eso de los idiomas; fatal.
Frunzo el ceño.
—¿Emilia que hará mañana?
—Tiene una cita.
¿Qué?
—¿Cita?
Mamá asiente.
—Un chico que conoció en el restaurante hace unas semanas. Empezaron peleando, pero al parecer continuaron hablando. Y todo eso llevó a una cita. A saber cómo va.
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Un Error que volvería a cometer
Novela Juvenil¿Qué pasaría si de la nada tuvieras que compartir tu nuevo departamento con alguien por un error de una empresa inmobiliaria? ¿Te lo has preguntado? ¿Y si ese "alguien" es un chico? ¿Qué harías? ¿Y si está guapísimo? ¿Y si está buenísimo? ¿Y si tien...
