"Capítulo 31"

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El camarero, un hombre joven de quizás unos treinta años, vestido elegantemente con unos pantalones negros, una camisa blanca y una pajarita, nos lleva hacia la mesa que adorna el centro de la segunda planta.

Esta, a diferencia de las del piso precedente, está cubierta de un mantel de encaje blanco. Encima de este, en vez de tulipanes amarillos, hay tulipanes rojos, aunque los candelabros sí se mantienen, siendo casi la única fuente de iluminación de la sala en penumbras, a excepción de la tenue luz de la ciudad que entra por el inmenso ventanal de piso a techo al lado de la mesa. La canción suave que se escucha, por alguna razón, hace que sea más romántico el ambiente íntimo y sensual. Matteo abre la silla para mí, así que me siento en ella dedicándole una sonrisa. Él da la vuelta y agarra la silla restante del lado contrario al mío, para ponerla a mi lado y sentarse más cerca de mí.

—Buenas noches. —llega otro camarero y nos extiende un menú a cada uno mientras él sostiene un cuaderno y una lapicera. Ni cuenta me dí que el otro se fue—. ¿Qué les gustaría ordenar?

Miro las opciones de la carpeta en mis manos y casi me atraganto con mi saliva al ver los precios tan altos.

Virgen Santísima del Dinero, ¿qué clase de pecado numerario es este?

Miro a Matteo pero él está muy tranquilo leyendo la carta como si nada. Como si no estuviera a punto de cometer semejante crimen contra su tarjeta de crédito.

Tonta, es millonario.

—¿Te importaría pedir por ambos? —sugiero con una sonrisa tímida.

Él levanta la vista del menú y me observa.

—Claro que no. —me sonríe y mira al camarero a la par que cierra la carpeta—. Queremos dos patos asados con salsa de cereza.

—¿Para acompañar?

—Mmm... Espárragos a la parrilla. —decide—. Y champiñones salteados.     

—¿Alguna bebida específica que desee?

—¿Dos copas de champagne, está bien? —me mira. Yo asiento—. Sí, eso. Y traigan la botella, si no es molestia.

—Como ordene. —sigue inmerso, escribiendo nuestro pedido—. ¿Postre?

—Dos soufflés de chocolate. —ordena.

—Perfecto. —el mesero alza la vista y nos sonríe con educación—. Enseguida les traeré su orden. Que disfruten de la velada.

—¿Te gusta el lugar? —inquiere Matteo una vez se retira sin decir nada más.

—Es muy romántico. —confieso, sonriendo como boba—. Gracias por traerme.

Hace un gesto con la mano restándole importancia.

—Cuando quieras, solo pídelo. —asegura, y procede a sonreír con picardía a la vez que se acomoda en la silla y se las ingenia para verme de lado—. Ya sabes. Soy todo un galán. Uno muy guapo.

Me guiña un ojo y ruedo los ojos con diversión.

—Y sin una pizca de humildad, por lo que veo. —agrego.

—Lo siento mucho, enana. —se coloca ambas manos en el corazón y cierra los ojos, fingiendo pesar—. Algún defecto tenía que tener tanta perfección reunida en un solo cuerpo humano.

Comienzo a reír, y segundos después él me sigue.

Minutos más tarde nos traen, primeramente, las copas de champagne. Muy pocas veces a lo largo de mis veinte años de vida he probado esa sofisticada bebida, pero eso no quiere decir que por ello me desagrade o disguste. Por el contrario. La disfruto con ansias.

Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora