"Capítulo 46"

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MATTEO P.O.V

17 de septiembre, 3: 45 PM

Aparco el coche en una de las plazas libres del estacionamiento.

Jessica, a mi lado, abre la puerta del copiloto y sale del auto. La imito y rodeo el coche, alcanzándola, y segundos después entramos juntos al hospital.

Una vez en el consultorio de ginecología, la doctora, que más tarde descubro se llama Dalia, le indica a Jessica que se recueste en la camilla ubicada en el centro de la blanca habitación y ella le obedece. Comienza a hacerle los chequeos, pruebas, preguntas y revisiones diarias y después de comprobar que todo está bien, llega la pregunta que me deja la mente suspendida:

—¿Quieren escuchar su corazón?

Abro los ojos de par en par, pestañeo repetidas veces y entreabro los labios.

—¿Podemos hacer eso? ¿Ya? ¿Tan pronto?

La señora Dalia sonríe con amabilidad.

—Sí, y no es tan pronto que digamos. En realidad se podía escuchar su corazón desde la semana siete u ocho, y Jessica tiene doce semanas, pero ella no había querido escucharlo hasta que el padre estuviera presente.

Miro en su dirección, entrecerrando los ojos, desconcertado.

—¿Ya habías venido otras veces y no lo sabía?

Niega con la cabeza.

—Fue hace tiempo. Venía muy seguido para saber que todo iba bien, y ahora las citas son una vez al mes nada más.

Asineto para mí mismo, satisfecho.

—Entonces, ¿quieren oírlo? —interviene la doctora.

Miro una última vez a Jessica, ella sube y baja la cabeza una vez y yo después observo de nuevo a Dalia y le indico que sí con un gesto de mi mano.

Después, la señora procede a cruzar la habitación hasta el otro lado contrario de nosotros, agarra algunas cosas y vuelve nuevamente al lado de Jessica, se sienta cerca de ella en la silla de la orilla de la camilla y le sube la camiseta hasta por encima del vientre. Luego le coloca una clase de crema o líquido transparente sobre la piel del ombligo y estira la mano hasta una máquina pegada a la pared al lado del cabecero de la camilla para coger un aparatito pequeño que se conecta con una máquina más grande que tiene una pantalla a través de un cable.

Si mi intuición no me falla, creo que eso es lo que llaman ecógrafo.

Yo me mantengo a una cierta distancia, cruzado de brazos, observándolo todo con ojos curiosos y cautelosos.

La Dra. Dalia comienza a palpar con la maquinita en el vientre de Jessica y, no sé qué es lo que hace de repente, pero la pantalla del artefacto grande se prende de un momento a otro y se ven unas manchas azules y negras en toda la superficie.

Miro en esa dirección con la confusión a tope.

Al parecer Dalia se da cuenta porque se ríe en voz baja.

—Acércate. —me dice, la obedezco y me acerco más a la máquina—. ¿Ves eso de ahí? —se estira un poco y señala con su larga uña postiza una de las cosas negras del centro—. Eso es el feto. Está creciendo muy bien. Por ahora no se puede identificar bien su cuerpo, pero se ve cómo está empezando a formarse.

Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora