38: Lujuria

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Las dos y diez de la tarde, primer día en un nuevo trabajo y los primeros diez minutos ya me parecieron una gloria.

A diferencia de las oficinas a las que estaba acostumbrada éstas juntaban entre cuatro y cinco mesas en un mismo área en función de los distintos grupos en los que se dividía la cadena: redactores, productores, guionistas, camarógrafos... Sin duda me sentía "como en casa" ya que la gran mayoría estaban especializados en mi campo, y eso me daba seguridad.

- ¡Ey, Nat! ¡Baja de las nubes!- dijo Hank, un chaval rapado al que se le daba bien integrar a la gente nueva. Aun sentado en la mesa, cuando vio que volvía a mirar a todo el equipo, prosiguió con la conversación.- ¿Cómo va el proceso de redacción entonces?

- Bien, Nat se adapta rápido y entre los dos hemos terminado de redactar lo que nos entregó el departamento de ideas.- contestó mi compañero Logan.- Solo queda dárselo a Sam para que lo corrija.- explicó. Logan era un hombre poco mayor que yo, y que además de haber estudiado periodismo también era camarógrafo.

En total en mi equipo éramos cinco personas: Katy, una mujer de piel negra y ojos marrones que se encargaba sobre todo de la selección de ideas; Hank, que además de ser uno de los más jóvenes y el "líder" del equipo, ayudaba con la distribución de tareas y el reporte semanal del trabajo; Samantha (Sam para nosotros) que era reportera y correctora; y por último estábamos Logan y yo, los más especializados del grupo en el tema del periodismo y los que se centraban en redacción y video, si en alguna ocasión nos daban algún trabajo fuera de las oficinas.

Éramos uno de los pocos grupos "mixtos" en cuanto a especialidades de la planta, debido a que abarcábamos más conocimientos y podíamos, si se daba el caso, integrarnos en otros equipos si éstos lo necesitaran.

A diferencia de mi anterior empleo, mi jornada de trabajo acababa más tarde, a los ocho y media para ser exactos.

Salí del edificio en compañía de Logan y Katy quienes me felicitaban por el buen rendimiento de mi primer día, que sin duda había disfrutado. Paré el primer taxi que vi al cruzar las puertas y me fui rumbo a mi apartamento.

Como era habitual dejé la mochila sobre la cómoda de la entrada y me encaminé a mi dormitorio, obviando a mi dormilón gato que ni se inmutó al escuchar la puerta. Me deshice de los zapatos nada más entrar en la habitación, aunque me quedé paralizada por un par de segundos al escuchar de repente cómo la puerta de la terraza se abría y se cerraba.

Me decidí a salir con cuidado y en silencio, por si acaso.

- ¡Joder que susto me has dado!- dije llevándome la mano al pecho al verle sentado en uno de los taburetes de la cocina.

- Perdón, a lo mejor debería de haber entrado por la puerta.- contestó Max, riendo.

- Sí, así me ahorrarías un infarto, gracias.- dije. Al llegar frente a él besé su mejilla y me abracé a su cintura.- ¿Algo nuevo que contarme? ¿Algo interesante?

- He vuelto a reunirme, y... me han dicho el día. Diez de Marzo, ese es el día que me voy.

- Ah... ya veo.- dije bajando la mirada por un segundo. Estaba molesta de que habláramos de lo mismo cada vez que nos viéramos o se sacara el tema. No decía que no fuera importante, pero estaba cansada de escucharlo.

Me separé de él y corrí las cortinas del ventanal que daba a la terraza.

- Oye Nat... sé que para ti es duro, lo comprendo. Pero sabes que ya no puedo negarme, han fijado fecha, están con los preparativos, siguen buscando voluntarios y...

Le escuché suspirar, pero se quedó quieto en medio del salón, tratando de buscar las palabras correctas que decir, supongo. Me acerqué a la televisión, donde tenía medio escondido el viejo reproductor de música y una caja de CDs que todavía no había podido escuchar al completo. Abrí una carcasa al azar y metí el disco.

Cómo ser la Torpe perfecta.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora