Capítulo 61

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Punto de vista de Liza

Quiero odiarlo. Con todas mis fuerzas. Con toda la rabia que me explota en el pecho. Pero no puedo.

Él está ahí, frente a mí, con el torso descubierto, temblando por dentro aunque su cuerpo parezca firme. No puedo dejar de mirarlo. Me ha confesado algo que me desarma, que me revuelve los recuerdos, que me reordena el caos. Y aunque quiero decirle que no le creo, que todo esto es solo otra estrategia, hay una parte de mí que lo ha sabido desde siempre.

Lo supe cuando me miraba con esos ojos que parecían torturados. Lo supe cuando me besaba como si el tiempo se acabara. Pero lo reprimí. Lo oculté en el rincón donde se entierran las cosas imposibles.

—¿Y ahora qué se supone que haga con todo esto, Amîr? —mi voz se ahoga entre sollozos—. Me robaste la voluntad. Me quitaste el derecho a decidir. Y ahora vienes a hablarme de amor...

—No quería hacerte daño, Liza… —responde, dando un paso hacia mí—. Lo juro por mi vida.

—¡Pero me lo hiciste igual! —le grito, porque aunque le creo, otra parte necesita gritar.

Nos miramos. El silencio entre nosotros es insoportable. No hay consuelo. No hay forma de retroceder el tiempo.

Y entonces, después de un rato que parece eterno, hablo sin pensar:

—¿Por qué me besaste, Amîr? Esa primera vez… en mi habitación —pregunto, aunque tal vez ya sepa la respuesta.

Él parpadea, como si esa pregunta le doliera más que todo lo que he dicho antes. Su cuerpo se tensa, y por un instante parece que va a responder, pero algo en él se retrae. Baja la mirada y traga en seco. Lo veo luchar por encontrar las palabras exactas… o tal vez por decidir si debería decir algo en absoluto.

—No quería hacerlo… no debía hacerlo —dice al fin, con una culpa cruda en la voz—. El hecho es que no pude evitarlo, Liz. No lo pensé. No fue una señal que quise darte, ni una confesión, ni parte de algún plan. Fue una falta de resistencia brutal.

—¿Irresistencia? — Lo miro, sin comprender del todo.

—Sí. Una que no pude controlar. —Levanta por fin la mirada, y la culpa que hay en sus ojos me sacude. Parece herido por lo que me hace sentir—. No te besé para que supieras que te amaba. Porque yo no… yo no podía permitirme amarte. Estaba fingiendo ser alguien que no era. Y tú… tú eras lo único real en medio de toda esa mentira. Me acercaste demasiado a lo que había prometido evitar. Y me perdí, Liza. Me perdí en ti.

Siento un nudo en la garganta. Me abrazo a mí misma. No sé si por frío o por la necesidad desesperada de contenerme.

Hace una pausa. Me mira apenas, con los ojos cargados de algo que no logro descifrar del todo: miedo, arrepentimiento, ternura o todo eso a la vez.

—Cuando entraste a ese baño —continúa, con la voz más baja, más herida—, yo no sabía qué hacer. Te vi con los ojos llenos de algo que te dolía. Y lo peor es que yo sabía por qué. Sabía que pensabas que esa confesión de amor que hice… era para un hombre. Ni siquiera imaginabas que hablaba de ti.

Amîr cierra los ojos un instante. Resopla. Se frota el rostro con ambas manos y se echa el cabello húmedo hacia atrás.

—Me hiciste sentir tanta impotencia, Liz. Una impotencia tan honda, tan desesperante porque supe que te había lastimado. Supe que ese silencio mío, te hería. Yo, que tanto traté de protegerte de mí mismo… terminé haciéndote daño igual.

Sus ojos se clavan en los míos, con una mezcla de vergüenza y necesidad. Mientras yo acongojada, me mantengo en silencio para escuchar todo lo que le salga.

Mas de ti ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora