Capítulo 62

26 1 0
                                        

Punto de vista de Amîr

El silencio entre nosotros es espeso, apenas roto por el golpeteo constante de la lluvia sobre el techo del auto. Conduzco con las manos tensas en el volante, como si soltarlo pudiera hacer que todo se desmorone.

El limpiaparabrisas marca un ritmo monótono que me pone los nervios de punta, y agradezco cuando por fin salimos de la carretera principal, eso significa que es un avance hacia nuestro destino.

Liza no dice nada. Va sentada a mi lado, rígida, con el cuerpo apenas girado hacia la ventana. No cruza los brazos, no suspira, no hace gestos dramáticos. Su silencio es peor que cualquier reproche. Es un silencio elegido. Castigado, así que aprieto el volante un poco más de lo necesario como para amortiguar mi frustración.

Casi 40 minutos mas tarde, el camino de tierra aparece tras una curva cerrada. Árboles altos, verdes oscuros, hojas mojadas. Las ruedas del auto crujen sobre la gravilla. Es el tipo de paisaje que suele dar paz. Pero hoy no. Hoy se siente como un encierro anticipado.

—Creo que ya casi llegamos —digo, más por llenar el espacio que por informarla.

Ella no responde. No me mira. Ni siquiera asiente. Solo sigue observando el exterior, como si la casa no fuera un refugio sino una condena compartida.

Sigo conduciendo y la casa finalmente aparece al fondo, blanca, imponente, quieta. Demasiado grande para dos personas que no saben cómo coexistir sin hacerse daño.

Aparco frente al porche y apago el motor. El silencio que queda es denso. Casi hostil.
Salgo primero. La lluvia me empapa el cabello y la chaqueta, pero no me importa. Rodeo el auto y abro la puerta de su lado.

—Te daré mi chaqueta para que no te resfríes —le digo, con cuidado al tiempo que comienzo a quitármela.

Liza, en cambio, baja del auto sin darme tiempo, sin tocarme, me cruza por el frente, observa la casa apenas un segundo y camina hacia la entrada sin esperar a que yo diga nada más.

No agradece.
No pregunta.
No duda.

Yo sólo, saco las maletas del baúl y la sigo.

El llavero pesa más de lo que recordaba y cuando por fin giro la llave para abrir la puerta principal, empujo con fuerza hacia adentro.

Liza da un paso al frente conmigo, y cruzamos juntos ese umbral.

El aire huele a madera seca y encierro, pero todo está cálido. Todo está intacto, como Tamara prometió. El interior es amplio, techos altos, ventanales grandes, sofás claros, una chimenea de piedra, y cortinas que cuelgan pesadas hasta el suelo. Todo está limpio.

Cierro la puerta detrás de nosotros y el sonido resuena más de lo que debería.

Liza avanza unos pasos, inspecciona el espacio con una mirada rápida, calculadora. No hay asombro en su rostro, pero si hay alivio aunque intenta esconderlo.

La sigo mientras camina, sin tocar nada. Ve el ventanal que da al patio trasero, donde la piscina se ve quieta, rodeada de hojas y del reflejo del cielo gris. Todo parece detenido en el tiempo. Incluso nosotros.

—Tamara dijo que venían aquí solo en verano. Pero tiene todo lo necesario, calefacción, sistema de seguridad, agua potable —explico, aunque sé que eso le resbala.

—¿Cuántas habitaciones hay? —pregunta, sin mirarme y pasándole por encima a mi comentario anterior.

Suspiro cargado de frustración captando el mensaje de que me quiere a distancia.

—Tengo entendido que hay tres habitaciones en el segundo piso. Todas con baño propio. La tercera tiene un balcón con vista al bosque. Puedes elegir la que quieras —le explico, tratando de sonar práctico, como si no me recorriera por dentro una tormenta con cada palabra.

Mas de ti ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora