Capítulo 65

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Asiento, tomo las llaves y salgo antes de que el silencio vuelva a apretarnos demasiado.

El aire de la mañana me recibe frío, limpio, como si quisiera despejarme la cabeza a la fuerza. El camino de grava cruje bajo mis pasos. Subo al auto y lo enciendo. El motor responde con un ronroneo grave, constante. Me quedo unos segundos con las manos apoyadas en el volante, sin avanzar todavía, respirando hondo.

Arranco despacio. El camino se abre frente a mí, flanqueado por árboles desnudos y tramos de niebla que todavía no se han levantado del todo. Aquí todo parece suspendido en el tiempo. Nada se mueve con prisa. Nada exige respuestas inmediatas. Y sin embargo, yo las traigo todas encima.

De repente, el nombre de mi madre queda flotando en mi mente. Rania. Su voz, sus órdenes, su manera de controlar incluso cuando no está presente.

Aprieto la mandíbula.

Este viaje se suponía que era para eso. Para pensar. Para decidir. Para encontrar una salida que no fuera huir ni obedecer. Un punto medio que todavía no logro ver. Se suponía que aquí, lejos, el ruido bajaría y las ideas se acomodarían solas.

Pero no ha pasado.

Lo único que he hecho es desplazar el conflicto. Cambiarle el escenario. Traerlo conmigo como una maleta que nunca desarmo.

Sigo avanzando por la carretera secundaria. El paisaje se vuelve más abierto. Campos, cercas de madera, alguna casa aislada con humo saliendo de la chimenea. Todo parece sencillo. Directo. Como si la vida aquí se resolviera con gestos concretos, comprar comida, encender la calefacción, preparar té cuando alguien tiembla.

Pienso en Liza.

Sé que sigue molesta por lo que le hice. Lo sentí en su indiferencia hacia mi, en la agresividad de sus besos.

Pero también pienso en su nariz roja por el frío. En cómo no dijo te esperé porque me importas, pero lo dijo igual quedándose ahí afuera esperándome.

Resoplo, al mismo tiempo que sacudo la cabeza por un instante en un intento de soltar los pensamientos.

Paso una curva cerrada y el pueblo aparece a lo lejos. Un puñado de edificios bajos, una gasolinera, un pequeño supermercado con un letrero viejo. Nada sofisticado. Nada que impresione. Y sin embargo, siento un alivio extraño al verlo. Como si llegar aquí fuera cumplir una promesa mínima; traer comida, ocuparme de algo real.

Estaciono frente al mercado y bajo del auto. El olor a tierra húmeda y a pan recién hecho se mezcla en el aire. Entro.

Adentro, la calefacción es fuerte. Hay pocas personas. Un anciano revisando frutas, una mujer joven con un niño medio dormido en el carrito. Nadie me conoce. Nadie sabe quién soy ni de dónde vengo. Aquí no soy el hijo rebelde, ni el hombre que se casó sin permiso, ni el problema que debe resolverse.

Tomo un carrito.

Empiezo por lo básico: pan, leche, huevos, arroz. Cosas simples. Cotidianas. Cada producto que pongo en el carrito se siente como un pequeño anclaje a esta realidad que intento construir, aunque todavía no tenga cimientos firmes.

Paso frente al pasillo del café y recuerdo su frase: Tu café se va a enfriar. No era una invitación. Era su forma de cambiar el tema. Y yo la acepté sin decirlo.

Añado té del que le gusta. Me sorprendo sabiendo exactamente cuál.

Sigo caminando y, sin querer, vuelvo al mismo punto. ¿Qué estamos haciendo realmente aquí?

No hemos hablado de mi madre. No hemos hablado del matrimonio, del pasado, de lo que nos espera cuando regresemos. No hemos hablado de nada que de verdad importe. Nos estamos distrayendo con las emociones que cargamos uno por el otro.

Mas de ti ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora