Capítulo 64

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Punto de vista de Liza

Sigo afuera.

No sé exactamente cuánto tiempo llevo aquí, pero el frío ya se me ha metido en los huesos. Me abrazo los brazos por pura inercia, aunque sé que no sirve de nada. El aire de la noche me muerde la piel expuesta del cuello, de las manos, y cada vez que respiro siento cómo el pecho se me enfría por dentro.

No debería estar esperando.

Lo sé.

El camino de grava se extiende frente a mí, vacío, silencioso. Demasiado silencioso. Pero de repente escucho.

Al principio es solo un rumor lejano, casi confundible con el viento. Pero no. Lo reconozco de inmediato. Un motor. Viene rápido. Demasiado rápido para esta hora, para este lugar.

Mi cuerpo se tensa, antes de que mi mente termine de entenderlo me pongo de pie impaciente.

El vehículo se acerca por el camino de grava, rompiendo la quietud de la noche. Las luces aparecen entre la oscuridad, cortándola en dos. El sonido es brusco, impaciente, cargado de algo que no augura calma.

El chirrido seco de los frenos me hace dar un paso atrás, pero no entro. Me quedo aquí, plantada, con el corazón golpeándome las costillas.

La puerta se abre de golpe. Amîr baja del auto con un equilibrio imperfecto, apenas quebrado. No está perdido, pero tampoco está entero. El olor a alcohol llega hasta mí antes que sus ojos.

—¿En serio? —digo antes de poder detenerme—. ¿En serio te vas así, sin decir nada y llegas todo ebrio?

Mi voz sale más firme de lo que me siento.

Amîr levanta la cabeza y me ve. Frunce el ceño, como si no entendiera la escena completa todavía.

—No tenía que avisar —responde, seco—. Necesitaba salir.

—¿Salir? —doy un paso hacia él, —. Desapareciste. Revisé toda la casa. Pensé que—

Me muerdo la lengua, pero ya es tarde. Lo dije todo sin decirlo.

Él se pasa una mano por el rostro, cargado de cansancio, de rabia contenida.

—¿Estabas preocupada? —pregunta seco, con ironía —. No deberías. — dice como si fuera nada.

No respondo. Mi garganta está cerrada. El frío todavía me recorre la piel, pero ahora hay otro tipo de escalofrío instalándose más adentro.

Da un paso. Se desestabiliza un poco. Apenas. Lo suficiente para que lo note. Se recompone enseguida, con ese orgullo mal puesto que usa para sostenerse cuando todo lo demás falla.

—No fui tan lejos —añade—. Solo lo suficiente para dejar de pensar. -hace un corto silencio antes de continuar - ah! pero adivina... para tu alivio fallé.

Se pasa una mano por el cabello, la rabia regresando mezclada con vergüenza. Y algo en mi pecho se aprieta, incómodo, peligroso.

—¿Sabes qué es lo mas interesante? —continúa, la voz más grave al tiempo que muestra la botella que no logro percibir a totalidad debido a la escasa iluminación —. Ni siquiera borra nada. Solo hace que duela distinto.

Se ríe sin humor. Un sonido corto, quebrado. Luego el silencio vuelve a caer, pesado, denso, cargado de lo que no sé nombrar.

—No podía quedarme aquí —dice —. No después de eso. No contigo subiendo a tu habitación como si nada, dejándome ahí con todo ardiendo.

—¿Y crees que irte fue mejor? —le replico—. ¿Crees que eso arregla algo?

—¡No! —estalla, dando un paso adelante—. ¡Pero al menos no me estaba rompiendo por dentro en tu sala!

Mas de ti ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora