Capítulo 60

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No dormí mucho anoche. No porque no quisiera, sino porque el peso de las palabras de Liza seguían sonando dentro de mí como un eco imposible de silenciar.

A veces quiero huir de ti...
Me da miedo que te ame… y no me baste.

No hay forma de que algo así no te desarme.

Después de hablar acerca de la reunión que tengo pendiente con Tamara, nos quedamos un rato en silencio, aunque no incómodo. Ella con los ojos fijos en algún punto invisible. Yo, sin saber cómo hacer que el mundo dejara de tambalearse. Le acaricié la mano, con la misma delicadeza con la que se toca algo roto, y luego me levanté. Ninguno dijo “buenas noches”. Ninguno dijo “duerme bien”. Sólo me fui hacia mi habitación, agotado por todo este drama.

Dormí mal. Soñé cosas que no recuerdo del todo, pero me desperté más tenso de lo que me acosté. Al levantarme, la casa está en un silencio extraño. No uno incómodo, sino uno que parece suspendido.

Preparo chocolate caliente. Dos tazas. Aunque no sé si ella querrá.

Minutos después ella aparece en la cocina, descalza, con el cabello suelto, un poco alborotado, y una expresión de quien aún carga más preguntas que certezas. Pero cuando la ve, la taza esperándola sobre la mesa, me regala una pequeña sonrisa. Una de esas que no llegan del todo a los labios, pero que igual se sienten como un alivio.

Desayunamos juntos. Huevos revueltos. Pan tostado. No hablamos mucho, pero hay una paz tácita en los movimientos. Me cuenta que soñó, aunque no sabe con qué. Le digo que yo también. Ninguno se esfuerza por llenar el silencio con más de lo necesario. A veces eso también es una forma de cuidarse.

Minutos después Liz recoge los platos. Me acerco para ayudar, pero ella solo me dice: “Ve, cámbiate, o no vas a llegar a tiempo.” Me toma unos segundos entender que se refiere a la reunión con Tamara, y muy obediente, hago lo que ella me indicó.

Cuando regreso ya vestido, busco las llaves y reviso el celular por enésima vez. Liza se me acerca despacio. Me mira, de esa forma suya que no he logrado descifrar del todo.

—Me duele un poco la cabeza —me dice, tocándose apenas la sien—. Voy a recostarme un rato.

—¿Quieres que me quede? —le pregunto, casi por instinto.

—No —responde con suavidad—. Ve. Estoy bien. Solo necesito cerrar los ojos otro rato.

La miro unos segundos más. Como si temiera que al darme la vuelta el mundo cambie por completo. Luego la beso en la frente. Una despedida tranquila. Un “te cuido aunque no lo diga”.

La dejo durmiendo. O al menos eso espero. Que esté descansando. Que su mente, por un momento, le dé tregua.

Conduzco hacia donde Tamara. El sol apenas empieza a calentar la ciudad, y yo llevo el corazón más pesado que el cuerpo. No sé qué va a proponerme, pero sí sé que no tengo mucho margen. Si mi madre realmente está presionando al consulado, si está intentando mover hilos para sacarme del país, el tiempo ya no está de mi lado.

Llego. Tamara me espera en una pequeña cafetería cerca del puerto, de esas con mesas viejas de madera y música suave sonando de fondo. La veo al fondo, sentada, nerviosa. Tiene los dedos entrelazados sobre la mesa y el ceño fruncido. Cuando me acerco, levanta la mirada. Y en sus ojos hay algo urgente.

—Gracias por venir —digo, apenas me siento.

Tamara asiente, pero su rostro tiene esa mezcla de ansiedad y determinación que me pone tenso. Respira hondo. Una vez. Dos.

Y entonces me suelta su idea.

—Amîr… tu madre no está jugando. Habló con alguien del consulado anoche. Está utilizando sus contactos. Creo que busca que te deporten antes de que puedas presentar cualquier recurso.

Mas de ti ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora