Punto de vista de Liza
Camino por el pasillo del segundo piso, con pasos firmes, pero siento el temblor en las manos apenas me alejo lo suficiente como para que no pueda verme. No me permito mirar atrás. Si lo hago, sé que todo se vendría abajo.
Entro a la habitación y cierro. Esta vez sí. Me permito ser sincera conmigo misma. El sonido seco del seguro me atraviesa el pecho, pero no me detengo. Apoyo la espalda contra la puerta y cierro los ojos apenas un segundo. Solo uno. No más.
Respiro.
No es alivio lo que siento. Es control y a la vez miedo. Y me aferro a él como a una tabla en medio de un naufragio.
Camino hasta el balcón y abro las puertas corredizas. El aire frío me golpea el rostro y agradezco la punzada. Me recuerda que sigo acá. Que sigo siendo yo. Que no cedí.
Me apoyo en la baranda con ambas manos. El bosque frente a mí me avisa que casi cae la noche, húmedo, quieto. Demasiado parecido a lo que llevo dentro.
Aprieto los dedos hasta que me duelen.
Porque si aflojo...
si aflojo aunque sea un poco...
sé exactamente lo que pasaría. Cierro los ojos una vez mas, pensativa, recordando lo que viví hace unos minutos.
Lo besé.
No para acercarlo.
No para consolarlo.
Mucho menos para prometer nada.
Lo hice porque simplemente lo necesito. Lo necesito a él mas de lo que debería. Mi enojo y mi rabia es fuerte, mas no se compara con la necesidad que tengo de él.
Abro los ojos al tiempo que suspiro. Le mentí.
Le hice creer que lo hice porque necesitaba que entendiera algo que las palabras ya no alcanzaban. Que mi cercanía no es un permiso, y que sentir no significa ceder.
Cierro los ojos con fuerza otra vez.
La forma en que me respondió todavía me quema en la piel. La manera en que se quebró debajo de mí, cómo su respiración se desordenó, cómo me buscó sin pensar. No fue triunfo lo que sentí. Fue peligro.
Porque toda célula de mí quiso quedarse ahí.
Amîr quiso más.
Y yo quise cruzar esa línea con él y fingir que nada de lo demás importa.
Pero sí importa.
Todo importa.
Me enderezo, molesta conmigo misma. Camino de un lado a otro en este restringido espacio como si el balcón no fuera suficiente para contener lo que cargo.
Trato de convencerme de que no soy cruel.
No soy injusta.
Él dice que explota, que se rompe, que no puede más, pero ¿Y yo qué? ¿Yo cuándo tuve permiso para caerme?
Aprieto la mandíbula ante un recuerdo.
Lo vi hoy. Mojado por la lluvia. Tenso. Roto. Lo vi contenerse hasta el límite. Y sí... eso me dolió. Mucho más de lo que jamás admitiría frente a él.
Pero no puedo salvarlo de sí mismo. No otra vez. No a costa de perderme.
Regreso a la habitación, y seguido continúo hasta el baño. Me detengo frente al espejo. Me observo. Los labios aún enrojecidos. Los ojos brillantes de rabia contenida. No hay culpa en mi expresión. Hay deseo reprimido.
-Esto no es castigo -murmuro para mí misma-. Es...Es protección.
La palabra se asienta despacio, como si necesitara probar su peso antes de quedarse. Protección de él, sí, pero sobre todo de mí. De lo que soy capaz de hacer cuando dejo de pensar y empiezo a sentir demasiado.
Sostengo la mirada en el espejo un segundo más. No aparto los ojos. No me escondo. Porque si algo tengo claro es esto: no retrocedí por falta de deseo. Retrocedí porque el deseo, conmigo, nunca viene solo. Siempre exige algo a cambio.
Y esta vez, no estoy dispuesta a pagarlo.
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Mas de ti ©
RomanceUN FENÓMENO POR DESCUBRIR. Al principio era rabia, era curiosidad... era él. Mudarse a San Francisco era parte de un plan sencillo: estudiar, respirar, seguir con mi vida. Pero entonces apareció él. Hermoso. Intenso. De esos que no piden permiso pa...
