Chapter 69

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El adiós 

Ameera:

—Amor, despierta, te tengo una sorpresa

Me hundo más entre las sábanas, aferrándome a su voz como si fuera un sueño bonito.

—Cinco minutos más...

—Ameera...

—Tenemos el día libre, mi amor... por favor —murmuro, medio dormida.

Siento su risa contra mi cuello y luego sus labios

Abro apenas los ojos.

—Estoy contigo mi amor

—Mi corazón —susurra—. Te va a gustar. Te lo prometo.

Me deja una cadena de besos que me terminan de despertar.

—Está bien... —cedo, incorporándome—. Toda tuya.

—Siempre —responde, con esa sonrisa pícara que me hace sonrojar sin remedio.

—Finnick... —protesto en voz baja, sintiendo cómo me arden las mejillas.

Él se inclina y me besa, lento

—Dime que no es verdad —murmura, separándose apenas.

—Amor...

—Vamos —dice, tomándome de la mano—, o no vamos a salir de aquí nunca.

Cuando llegamos a la mansión, no lo puedo creer. Pétalos de flores cubren el suelo, con tonos pastel, un arcoiris de felicidad. Las columnas blancas, las telas suaves, la luz... todo me recuerda a su pedida. Parece un templo griego...

Y al fondo, junto al lago, las columnas se alzan alrededor del patio como guardianas antiguas, cubiertas de enredaderas verdes y pequeñas flores lilas y en el centro un picnic perfectamente dispuesto, mantas claras, cojines suaves, una cesta de mimbre entreabierta, copas de cristal.

Me llevo la mano a los labios, conmovida.

—Finnick...

Siento su presencia antes de que me toque. El calor de su cuerpo llega primero, luego sus brazos rodeándome por la espalda. Apoya el mentón en mi hombro y respira hondo, despacio, como si quisiera memorizar mi aroma.

—Quería un último momento así

Me recuesto contra él. Mis dedos buscan los suyos y los entrelazo. Frente a nosotros, el lago apenas se ondula. Las flores, los pétalos, la luz suave... todo parece conspirar para que el tiempo se detenga.

Finnick gira mi rostro con cuidado y me besa. No es un beso urgente ni desesperado. Es lento, profundo, lleno de promesas que no necesitan palabras. Cuando se separa apenas unos centímetros, su frente descansa contra la mía.

—No será el último.

Su risa es suave, casi juvenil. Me toma de la mano y caminamos juntos hacia el borde del lago, descalzos, sintiendo la piedra fría bajo los pies. El agua es tan clara que refleja las columnas, el cielo, y a nosotros.

—¿Sabes? —dice, soltando mi mano solo para rodearme la cintura—. Siempre pensé que el agua era lo único que me entendía. Cada vez que estaba en el Capitolio, rogaba para que el tiempo pasara rápido, y poder volver a mi hogar. Pero ahora tú eres mi hogar, y ruego con todas mis fuerzas que estos días antes de entrar a esa arena pasen lentos.

— Ruego todos los días para que tu y yo estemos bien, para que seamos felices.

Me inclino para tocar el lago con la punta de los dedos. Está frío. Demasiado frío. Me estremezco y él lo nota de inmediato... y antes de que pueda prepararme, Finnick me levanta apenas del suelo y da un paso adelante conmigo.

Panems QueenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora