Chapter 61 Maratón 2/3

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La Gran Mentira

Ameera

Llegar a mi Distrito 12, fue diferente... estar en el capitolio por un tiempo me había hecho olvidar muchas cosas, el sonido de la grava bajo mis zapatos, el crujido de las maderas, el silencio tranquilo de las calles, el aire fresco

Me detuve frente a la casa por un segundo, con las maletas a mis pies, y alcé la mano para tocar la puerta. Mi corazón latía rápido, aunque no sabía por qué.

No terminé de dar el segundo golpe cuando la puerta se abrió con un chirrido y, al otro lado, estaba mi madre.

—Ameera... —susurró primero, como si no pudiera creérselo. Y entonces me abrazó, fuerte, apretándome tanto que por un instante olvidé todo lo demás.

—Hola, mamá —le dije, riendo un poco, escondiendo la cara en su hombro.

—¡Ameera! —la voz de Ethan llegó desde el fondo, y al segundo ya estaba en la puerta, seguido por Henry y Emma. Mi madre apenas se apartó para dejarles espacio, y me encontré rodeada por los tres en cuestión de segundos.

Henry me levantó en brazos y giró conmigo, como si todavía fuéramos niñas, antes de los juegos, antes de todo.

—Pero mírate... —dijo, apartándose para mirarme de pies a cabeza—. Estás... diferente.

—¿Mejor? —pregunté con una sonrisa.

—Estás más delgada... —dijo en voz baja, y un toque de preocupación... Cómo te explico que Finnick y yo hemos hecho mucho cardio — Pero también más feliz.

— Tienes un brillo... — comentó Emma

Yo asentí.

— Finnick me hace muy feliz.

Ethan fingió toser dramáticamente.

—Sí, sí, muy emotivo todo...

— No seas celoso

—¿Cuéntanos cómo es vivir en el capitolio? — dice Emma emocionada

— Si, cuentanos, gran señora Odair... — comenta Henry con una sonrisa — Qué se siente volver a tu humilde hogar?

— Ya extrañaba el Distrito 12,

— Por qué no trajiste a tu prometido?

— Desearía que Finnick hubiera venido... Pero la situación es muy complicada... cubrirá mi coartada. El presidente no me permitió venir sin asegurar que todos piensen que estoy en el capitolio.

— Entendemos cariño... Nos encantaría una cena familiar...

Henry se apoyó en el marco de la puerta, cruzado de brazos, con esa media sonrisa suya.

— ¿Cómo te sientes? Ahora que eres una señora... —dijo, en tono burlón pero cariñoso

—No tienen remedio —dije entre risas, sacudiendo la cabeza, pero sin dejar de sonreírles. — Todo es muy bonito la verdad

—¿Ahora tienes que pedirle permiso a tu marido para venir a visitarnos? —preguntó Emma, inclinando la cabeza con fingida inocencia.

— Muy graciosa —repliqué, empujándola suavemente—. No tengo que pedir permiso a nadie, y Finnick no es así

—Sí, sí —dijo Henry con una sonrisita—. Solo que ahora ya no puedes decir que no sabes cocinar. Ni escaparte cuando hay que limpiar.

— Sigo sin saber cocinar y odio limpiar — digo con una sonrisa

—Y ahora tienes que regañarlo cuando deje los zapatos fuera de su sitio, como hace mamá con nosotros.

Me reí

Panems QueenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora