Chapter 60 Maratón 1/3

100 4 0
                                        


La felicidad fue solo un es un instante, pero fue tan brillante... Que casi parecía eterno... Que casi creí que sería para siempre 


Finnick Odair:

Tener a Ameera es un sueño del que aún no quiero despertar.

Dormir con ella entre mis brazos es como hundirme en el único lugar del mundo donde todo tiene sentido. Su respiración tranquila contra mi pecho, sus dedos acariciando mi espalda, el calor de su cuerpo... es mi paz. Es mi hogar.

Pero esta mañana, algo me despierta. El vacío.

Mi brazo roza solo sábanas frías y arrugadas. Instintivamente me incorporo, buscando su forma entre la penumbra, y entonces la veo.

Frente al ventanal, descalza, de espaldas a mí, la sábana apenas sostenida sobre su cuerpo, dejando al descubierto la curva perfecta de su espalda. Su cabello suelto cae en ondas por sus omóplatos, acariciado por la luz tenue del amanecer que empieza a teñir la habitación con tonos dorados. Es como si la luna misma hubiera decidido quedarse atrapada en su piel.

Dioses...

Ameera no es solo hermosa. Es irreal. Inalcanzable para cualquiera que no sea yo. La forma en que se mueve, incluso ahora, quieta, contemplando el mundo como si no perteneciera a él...

Me levanto sin pensarlo, como un imán atraído por la única cosa que puede darme sentido.

Camino hasta ella en silencio, sin querer romper la quietud del momento. Mis manos buscan instintivamente el calor de su cintura, y mis labios encuentran su hombro desnudo. La beso con suavidad, apenas rozando su piel, como si quisiera memorizar su sabor, su olor, su textura... como si no la hubiera probado... Pero el problema es ese, lo probé... y ya no sé vivir sin ella.

Ella no se sobresalta. Sabe que soy yo.

— Si los dioses me odian, que al menos me dejen morir así — susurro contra la curva de su cuello, donde late su pulso más fuerte, y siento cómo se estremece suavemente.

Ameera gira apenas el rostro, sus labios formando una sonrisa que no llega a romper del todo su expresión pensativa. Sus ojos, reflejo de la noche y del fuego, me miran con esa mezcla de dulzura y peligro que siempre ha tenido el poder de desarmarme.

— Buenos días, Dios griego — dice con esa voz que podría hacer arder templos —. No quería despertarte.

Me besa. Es suave, lento... como si tuviera todo el tiempo del mundo solo para mí. Sus labios saben a hogar. A eternidad. A lo que siempre quise sin saberlo. Y así será... ahora que es mía. Ahora que es mi esposa.

— No lo hiciste, mi princesa — le digo mientras deslizo una mano por su cintura desnuda, aún envuelta en la sábana —. ¿Pudiste dormir? ¿Está todo bien?

— Sí... solo que... el sol se veía muy lindo, iluminando el jardín.

— No más que tú, eso es seguro — le respondo con una sonrisa que solo ella conoce, la que guardo para cuando necesito hacerla sentir segura.

— Te amo, Finnick. Siempre lo he hecho... y siempre lo haré.

Mi corazón se aprieta un segundo, como cada vez que escucho esas palabras de su boca.

— Y yo te amo, con cada fibra de mi ser. Eres mi esposa... y sé que algo pasa.

Ella duda. La noto. Esa pequeña pausa antes de hablar, como si sus pensamientos fueran demasiado pesados para convertirlos en palabras.

— Solo estoy... asustada. Todo está bien ahora, y no quiero que eso cambie.

Panems QueenHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora