La furia de la sirena

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Maya vio a su marido manejar la situación, ella era una mujer madura y debería tomar aquello con una actitud más comprensiva pero mentiría si dijera que no disfruto ver a su suegra volverse un poco más loca con cada cosa que le decían. Por primera vez desde que se volvieron a ver, Maya sintió que su marido había cambiado para mejor en lo que respectaba a su relación.

— ¡Estas inventando cosas para proteger a esta mujer!— Lucrecia lo acuso y Mario se puso de pie.

— Cree lo que quieras madre, yo sinceramente ya estoy harto de esta situación, voy a prohibirte la entrada a todas mis residencias y voy a cancelar tus tarjetas de crédito, solo voy a dejar la de debito con una jugosa pensión. No te preocupes tendrás suficiente para jugar a la señora importante en algún otro lado lejos de mi esposa—, aseguro.

— ¡no puedes hacerme eso Mario!— la Mujer se alarmo.

— Claro que puedo, ahora madre, retírate antes de que decida reducir también esa pensión— camino a la puerta y la abrió Lucrecia lo observo incrédula y dudo, pero al final temió que su hijo cumpliera su amenaza y se puso de pie.

—bien ¡voy a esperar a que reflexiones y vuelvas a casa!— Alego, intentando mantener todo el orgullo que podía. Salió de la habitación seguida de su acompañante y cuando ya se habían retirado unos metros Mario la llamo.

—Madre— la detuvo, Lucrecia creyó que se había arrepentido y se giro con una sonrisa triunfante que no pudo disimular.

—Dime

— Llévate al chofer que sobornaste para entrar aquí, no voy a requerir mas su servicios.

Mario vio a su madre irse como una fiera de ahí y negó suspirando, cuando volvió la mirada a su esposa esta lo estaba observando con una suave sonrisa. Desconcertado noto que se acercaba a él, Maya le tomo la mejilla y se puso de puntitas dejando un beso coto y casto en los labios. Una burbujeante sensación de euforia le inundo el pecho y quería volver a besarla, sujetarla con fuerza pero al mismo tiempo estaba paralizado, sabía que no era el momento.

Después de algunos segundos de mirarse a los ojos en silencio la sonrisa de Maya fue cambiando por un gesto de preocupación y acaricio su mejilla.

—¿no te preocupa arruinar la relación con tu mamá?— pregunto en tono bajo.

—No te preocupes—, le acaricio el cabello—, es mi madre, quizá le tome un tiempo pero, va a tener que adaptarse—. Para bien y para desgracia, Mario era la vida de su madre, no iba a romper su relación con su hijo, iban a ser tiempos difíciles de su relación pero pensó que si se mantenía firme ella iba a tener que aceptar las cosas, en el peor de los casos la visitaría de vez en cuando y la mantendría alejada de su esposa y su hijo.

El pequeño momento que estaban compartiendo se rompió al escuchar los pasos de su hijo que venia bajando las escaleras mientras llamaba a su mama.

—mamaaaaaaa!— la llamo con una enorme sonrisa mientras bajaba las escaleras, cuando bajo lo suficiente para verla le sonrió aun mas— tengo hambre.

Una mujer parecida a Maya pero con algunos años más encima estaba en la sala de su casa mirando con extrañeza un enorme ramo de rosas sobre la mesita de centro.

—señorita, no tenemos ningún jarrón del tamaño que necesita— le informo con pena una de sus asistentes de servicio.

—entiendo, ¿puedes ponerlas en agua? – pregunto y la mujer asintió llevándose las flores. Valentina llamo a su asistente personal para que le comprara un jarrón del tamaño adecuado. Lo hizo todo en automático y cuando termino se quedo viendo a la nada aun media confundida.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora