— Quién diría que llegarías entera a los... ¿Qué tienes ya? ¿Cómo veinticinco? — me dijo, frunciendo el entrecejo, no con molestia, casi con curiosidad. Sus labios, contorneados por la frondosa barba castaña que le desmoronaba la máscara andrógina que llevaba por rostro, se fundieron en una sonrisa ladina.
— Veintitrés, no me eche tantas porras, pero ahí vamos. — rodé los ojos, sarcásticamente exquisita, saboreando el color de su voz. Di un trago a mi tarro, dejando la impresión del labial sobre el cristal. — ¿Qué anda haciendo por aquí?
— Tengo vida fuera del aula, Jiménez. — mi piel se erizó al escuchar mi apellido resbalar de sus labios.
— Andrea, para usted. Andy, si se atreve.
— Andy. — soltó, un gruñido ferviente de su pecho esbelto. — Tengo vida fuera de calificar ensayos.
— Es válido. Yo caería loca si tuviese que dedicarme a corregir cuadros comparativos entre Marx y Malthus todos los días.
— Sí, extraño eso de tu generación. No solo Raúl y tú eran buenos alumnos, había unos cuantos más. Pero esta generación quiere hacer todo con IA, ya no tienen ganas de pensar. Nadie estudia Economía ya, ¿verdad? — noté sus ojos escanear mi cabello lacio, ese que ahora brillaba en un tono miel; él lo había conocido castaño, en sus años. — De rubio te ves bien.
— Gracias. — me apresuré a decir; jugueteé con uno de mis anillos antes de decir: — No, nadie estudia Humanidades, en general; la facu está vacía, solo hay Abogados. ¿Me extraña, dijo?
— No dije que a ti específicamente. Pero sí.
— ¿Sí me extraña?
— No en el aula. Te extrañaría si te hubiese conocido menos verde, menos lejana, menos impropia.
— Me aseguraré de que se vuelva loco sin mi presencia, no se preocupe.
— ¿Tienes planes el 5 de julio?
— ¿El 5 por qué?
— Sigues evadiendo, recuerda que así perdiste tus primeros debates.
— No le estoy debatiendo, le estoy exigiendo.
— El 5 de julio porque ese día te quiero ver, ¿feliz?
— Feliz debería estar usted, porque le voy a decir que sí.
— Dímelo.
— Sí, le acepto la cita el 5 de julio, Antonio. — puse los codos en la mesa, descansando mi mentón sobre mi mano. Llamarle a él, un hombre que se miraba tan engrandecido para mi añeja cobardía, mirándome como si quisiera desnudarme los labios de este labial rojo que me servía de armadura, por su nombre de pila, olvidándome de las formalidades que nos forjaron, me hizo estremecer la piel.
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Perro.
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𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿
Poetry¿Qué ocurre? ¿Por qué de nuevo me llenan las ganas indestructibles y feroces de atrofiar mi rutina de sueño para escribir...? ¡Qué importa! Voy por mi café. Mi poesía, la que se me ocurre en lo más profundo y oscuro de la madrugada. • únicamente p...
