NARRA DARIEN
—He dejado preparado los biberones en la cocina, después de dárselos asegúrate de que eructen, no los duermas muy tarde o entonces no dormirán de noche y...
—Megan —la interrumpo soltando un largo suspiro de cansancio—. No necesito que me expliques sus rutinas, ya me las sé. Así que vete ya, venga. No te preocupes tanto por ellos, estaremos bien sin ti.
—Vale, ya me voy —dice colocándose el bolso sobre el hombro—. Pero prométeme que si pasa algo me llamarás de inmediato.
—Lo prometo —aseguro dándole un beso en los labios—. Lárgate ya o Beth se enfadará mucho si llegas tarde.
Hoy es el primer día que Megan me deja solo a cargo de los niños, no se ha separado de ellos ni un segundo en los ocho meses que tienen de vida, se ha convertido en una madre demasiado sobreprotectora.
Pero Beth le ha insistido mucho en ir de compras las dos solas para comprarse unos modelitos de fiesta ya que la semana que viene es su cumpleaños, y todos sabemos lo insistente que es Beth, siempre consigue lo que quiere, incluso si tiene que tomar medidas drásticas. Así que, no sé muy bien cómo lo ha hecho, pero ha conseguido que Megan se separe de los mellizos.
—¿Tenéis hambre? —les pregunto cuando Megan sale por la puerta del diminuto pero acogedor apartamento en el que vivimos.
Hace varios meses que por fin pudimos independizarnos. Conseguí ahorrar lo suficiente como para alquilar un pequeño apartamento y pagar todos los gastos que supone vivir sin nuestros padres.
Además, en unos meses terminaré la carrera y con suerte podré tener un mejor trabajo que el que tengo en este momento. Y no es que me queje, ya que gracias a este trabajo he podido ganar bastante dinero para poder vivir solos, pero servir hamburguesas y patatas fritas no es el trabajo de mis sueños, la verdad.
Voy hacia la pequeña cocina americana en la que Megan ha dejado preparado los biberones y regreso al sofá para darles de comer. Los mellizos están sentados en sus sillas mecedoras frente a mí. Cojo primero a Dylan y lo siento sobre mi regazo para darle el biberón mientras Emma juega con un osito de peluche más grande que ella.
Mi móvil vibra y lo enciendo con la única mano que tengo libre para ver que Jayden me ha mandado un mensaje avisando de que viene a casa. Como él también se ha quedado solo habrá decidido venir a ver a sus sobrinos, supongo. Cuando apago el móvil vuelve a vibrar, pero esta vez es un mensaje de otra persona.
MEGAN: ¿Qué tal están?
DARIEN: Megan, hace menos de diez minutos que te has ido. ¡Están bien! Así que no te preocupes tanto, por favor.
MEGAN: Vale, pero solo dime una cosa para quedarme más tranquila. ¿Les has dado ya el biberón? ¿Se han dormido?
DARIEN: No, van a estar desnutridos hasta que vuelvas, los pobres van a sufrir mucho sin ti porque los has dejado con su padre que por lo que parece piensas que no sabe cómo darles el biberón a sus hijos...
MEGAN: ¡Vale, vale, lo pillo!
Dejo el móvil a un lado y veo que Dylan se ha terminado todo el biberón, así que lo dejo en su mecedora para poder coger a Emma. Justo cuando empiezo a darle a mi hija el biberón el timbre suena y deja de beber para balbucear palabras sin sentido. Sonrío con ternura ya que seguro que cree que es Megan y trata de llamarla.
—¿Quién será, Emma? —alzo las cejas divertido y me levanto del sofá con ella.
—¡Hola, pequeña! —exclama Jayden al abrir la puerta y la toma en brazos—. ¡Ya te echaba mucho de menos! ¿Echabas tú de menos a tu tío Jay? ¡Seguro que sí!
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Mi peor pesadilla
RomanceImagina que tus peores enemigos se convierten en tus hermanastros, que se mudan a tu casa, y tú no puedes hacer nada para impedirlo. Sería una auténtica pesadilla, ¿no crees? Pues eso es lo que le sucede a la protagonista de esta historia; los gemel...
