3. Un tipo extraño

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"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo III: Un tipo extraño

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El silencio de la noche en aquella parte recóndita del bosque jamás se prolongaba mucho rato. Siempre había señales de la vida que jamás dormía y que rebosaba en cada árbol, arbusto o charco.

Búhos cazando, alimañas siendo víctimas de sus ataques. Zorros husmeando entre la vegetación. Desde hacía algunos días, incluso, se podía oír el característico gruñido de algún oso que acababa de despertar de su letargo invernal.

En el porche destartalado de la vieja cabaña junto al cortafuegos, con los ojos cerrados y sentado en una vieja mecedora, estaba Diecisiete. Reclinado hacia atrás hasta que el respaldo tocaba el revestimiento de madera de la pared. Las manos tras la nuca y los pies sobre la barandilla. Era la imagen misma de la serenidad.

El alba despuntó, y, con las primeras luces que alcanzaron la cabaña, sus ojos se abrieron.

La mecedora se inclinó hacia delante y Diecisiete se levantó. Entró en la cabaña y salió al poco tiempo con un rifle en una mano, un walkie talkie en la otra, un sombrero cowboy sobre su cabeza y un brazalete naranja en el brazo.

Se metió en su 4x4 y arrancó el motor. La aguja del combustible estaba muy abajo. Debería hacer una visita a la Central para llenar el depósito y abastecerse.

Los Rangers del parque podían saltarse la prohibición de poseer garrafas o bidones de gasolina. Debido a que tenían que permanecer aislados durante mucho tiempo y a que tenían que recorrer distancias largas en medio de la nada, podían tener reservas de combustible en los puestos de vigilancia, por si se quedaban incomunicados por nieve o tormentas y se volvía imposible repostar en la Central.

Dejó el rifle en el soporte del salpicadero, el walkie en el asiento del copiloto y fue al cobertizo. Volvió al poco con tres bidones vacíos de 40 litros de capacidad cada uno.

El coche, pese a que en realidad no lo habría necesitado para nada, era una parte inseparable de su vida como Ranger y hacía la rutina mucho más entretenida. Nunca sabía qué sorpresas podía encontrar en los caminos. Desde osos, alces, lobos, regateras, cortados, terraplenes o cazadores furtivos. Sobrevolando el área era demasiado fácil detectar todo eso. Patrullando en coche, en cambio, mantenía la emoción viva.

Se puso en marcha y recorrió los caminos despacio. Aún había nieve en algunos tramos. Aquel invierno había sido especialmente duro.

Llegó a la Central al cabo de un par de horas. El personal de la oficina justo acababa de iniciar su jornada.

Diecisiete detuvo el coche junto al surtidor de la pequeña estación de servicio y llenó el depósito. Seguidamente sacó de los asientos traseros los tres bidones y los dejó en el suelo, al lado del coche.

...

—¿Alguien sabe algo de Diecisiete?— preguntó el Jefe en la oficina, una taza de café amargo en mano y la vista clavada en unos papeles con un sello oficial que sujetaba en la otra.

—... Está ahí fuera, Jefe. Ha llegado hace un rato.

El Jefe alzó la vista y descubrió a los cuatro miembros presentes de su plantilla, callados y asomados a una de las ventanas de la oficina.

—El otro día volvió a salirse de su zona —murmuró Jimmy, sin quitarle ojo a Diecisiete—, y eso que los límites de su cuadrante están marcados físicamente, entre el lago, el cortafuegos y las Tres Hermanas, no hay confusión posible. Aún así, se aventura en el territorio de los demás, y cuando lo hace nunca avisa... No sé para qué tiene un walkie...

Diecisiete (Dragon Ball Z/Z-Awards 2017 - Terminada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora