25. La estrategia de Diecisiete

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"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo XXV: La estrategia de Diecisiete

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El suelo a centenares de metros debajo de él tan solo formaba un compendio de colores rojizos imposible de describir con detalle, tal era la velocidad de vuelo de Diecisiete. Las últimas luces del atardecer encendían la tierra como una lumbre.

Era curioso cómo una visión tan simple podía ajustarse tanto a sus propias emociones.

Diecisiete ardía de ira e de impotencia. Sus dientes rechinaban y sus puños temblaban.

Las heridas de sus manos se habían vuelto a abrir y sangraban. Pero no le importaba el dolor, no le afectaba.

Su mente sólo podía pensar en todas y cada una de las formas con las que torturar al responsable de lo que les había pasado a Ruby y a él.

Ese malnacido pagaría por todas y cada una de las lágrimas que Ruby había derramado.

Esa atrocidad no merecía clemencia alguna aunque, de todas formas, Diecisiete no había sido clemente jamás.

Aceleró aún más y se condensó el aire alrededor del cuerpo de Diecisiete al sobrepasar la barrera del sonido.

***

Midiendo bien su colosal fuerza, la rubia removía el contenido de una olla con extremo cuidado. Conocedora de las preferencias culinarias de su esposo, se había aventurado en la cocina para preparar una sopa de verduras y pasta, que se hallaba a punto para añadir esta última.

—¡Ya estoy en casa!

Suspiró al oír su voz.

—Bienvenido —respondió.

Cada día se repetía la misma escena. Él llegando del trabajo, ella recibiéndole mientras preparaba la cena, realizaba algún quehacer o leía una revista, siempre ocultando la sonrisa vergonzosa que asomaba a su rostro de facciones delicadas, al oírle llegar.

Aunque pareciera imposible, Dieciocho se ruborizaba tiernamente cuando él la miraba, como una niña enamorada. Y eso era, en esencia, por más que la mala suerte y un loco se hubieran esforzado en apartarla de aquella realidad. Ella disfrutaba de su enamoramiento y lo vivía como una luna de miel. Aunque, eso sí, ponía especial cuidado en ocultarlo adecuadamente ante Krilin. Mostrar abiertamente sus sentimientos era algo lejano aún y demasiado vergonzoso para la androide.

Pero él, siempre atento a las señales de Dieciocho sabía bien lo que pasaba por aquella cabeza de cabellos dorados.

—No pongas esa cara Dieciocho... —murmuró él, de pie junto a ella, ante la encimera de la cocina y concentrado en dorar algo de pan en la tostadora.

Dieciocho podía asegurar que Krilin estaba tan ruborizado como ella.

—¿Qué? ¿Cuál cara? —preguntó ella, forzándose a mostrar una más inexpresiva y peinando sus cabellos tras las orejas, tal como siempre hacía cuando se avergonzaba.

Era tan inocente que a veces parecía una niña.

"Qué suerte tengo", caviló Krilin, sonriendo maravillado con la perfecta visión de su hermosa mujer ruborizada por su sola presencia. No podía ser más feliz.

En aquel momento sonó el timbre de la puerta, y ambos tortolitos desviaron las respectivas miradas hacia otro lado. Ella caminó hasta la otra punta de la cocina y encendió el televisor, y él apagó la tostadora y retiró el pan.

Diecisiete (Dragon Ball Z/Z-Awards 2017 - Terminada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora