8. La curiosidad de Diecisiete

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"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo VIII: La curiosidad de Diecisiete

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Ruby despertó de un extraño sueño febril, en el que aparecían millones de pequeños robots avanzando sin pausa por el camino principal del cuadrante de Diecisiete.

A través de los párpados veía el resplandor de una luz que destelleaba. Abrió los ojos y vio sobre ella un techo de vigas de madera que no le resultaba nada familiar.

Extrañada, volteó el cuello. Muy cerca, crepitaba un fuego en una chimenea rinconera. En la pared contigua había un soporte largo con varias armas de fuego perfectamente ordenadas. Había un hueco entre ellas, como si faltara una.

Se incorporó haciendo un gemido lastimero. Estaba tumbada en un sofá de dos plazas, amplio y bastante cómodo. No había duda, estaba en la cabaña del cortafuegos, la de Diecisiete. Pero él no se encontraba allí.

La cabeza le daba vueltas y sentía un dolor punzante en la faringe. Cerró los ojos y tocó su frente, ardía. Había pescado un buen catarro...

Afuera, la tormenta continuaba descargando con fuerza litros y litros de agua que golpeaba ensordecedoramente en el tejado y las ventanas. De vez en cuando se oía algún trueno aislado.

Se sentó, y lo que creyó una pesada manta se movió un poco. Al fijarse más vio que se trataba del abrigo marrón que solía llevar Diecisiete.

Se recostó en el respaldo y suspiró. A su mente acudió como un flash la increíble confesión de él. Aún sentía rabia, no podía dejar de pensar en el crimen tan atroz que habían cometido con él. Ella sabía muy bien que el mundo estaba lleno de gente desgraciada capaz de cualquier fechoría, pero no creyó llegar a enterarse nunca de una atrocidad igual: crear un androide a partir de un ser humano. Separarle para siempre de su familia, de sus seres queridos. Destruir su vida, sus sueños. Borrar cualquier recuerdo, cualquier rastro del hombre que fue.

—Mmpf —gruñó.

No podía evitarlo, las injusticias la encendían como el mismo fuego que ardía ante ella.

Sus brazos se habían destapado y sintió un escalofrío. Bajo el grueso abrigo invernal, su propio chubasquero y su anorak habían sido retirados. Y al seguir comprobando su estado bajo aquella prenda, Ruby se puso en guardia y se incorporó como un resorte.

Sus piernas estaban desnudas; no llevaba pantalones. Sus partes íntimas estaban cubiertas sólo por sus braguitas rosas con gatitos estampados.

El mareo se agudizó de repente y la joven científica se puso colorada como un tomate. «No puede ser que él... ¿O sí?». La duda acerca de si había sido ella misma quien se había quitado la ropa o no, la consumía como un demonio, no podía recordar nada desde la confesión de Diecisiete, en su mente aparecía todo nublado...

Se tapó la cara con el abrigo, abochornada.

Ruby emergió de debajo de la prenda y buscó alrededor. Su ropa estaba colocada sobre el respaldo de una de las dos únicas butacas que había en la cabaña, secándose al calor del fuego.

Se levantó y caminó hasta aquella silla. El suelo de tarima estaba frío y crujía levemente bajo sus pies descalzos. Allí estaban su anorak, sus pantalones, sus calcetines, sus botas y su chubasquero. Todo aún mojado.

Diecisiete (Dragon Ball Z/Z-Awards 2017 - Terminada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora