Evan.
Mi corazón comenzó a latir con rapidez amenazando con salir de mi pecho, todavía seguía sin voltearme. Tenía los ojos cerrados con fuerza como si eso fuera a evitar que él me viera.
Me sobresalte cuando sentí unas manos rodear mi cintura. Abrí mis ojos por inercia chocando con unos ojos color verde.
No eran los de James.
Él me dejó a un lado con el ceño fruncido y cerró la puerta del closet, trabandola, sin siquiera detenerse a ver que había dentro que me tenía tan curiosa.
—Só-sólo vine a-a traer su ro-ropa —titubee nerviosa.
Volteó a mirarme pero su cara se tornó seria al ver tras de mi. Quedé estática en mi lugar y me encogi de hombros como si eso fuera a salvarme.
—¿Por qué estás en mi habitación? —dijo tras de mi. No necesitaba verlo para saber que el se estaba dirigiendo a mi.
Mis cuerdas vocales no funcionaron y apenas fui valiente sólo para voltear. Alcé mi vista de mis pies a su rostro, estaba molesto por verme ahí y eso se notaba.
—Tu madre le ha pedido que traiga tu ropa —se adelantó en decir Evan pasando un brazo por mi hombro y señalando la pila sobre su cama con su barbilla.
Agradecí mentalmente a que fuera el quien me encontró.
James me miró y alzó una ceja disconforme con lo que le había dicho su amigo pero luego de unos segundos habló;
—Ya la has dejado —dijo desinteresado. Camino unos pasos hacia mi y corrió el brazo de Evan de mi hombro con recelo—. Ahora vete.
Sin esperar que diga una palabra más salí casi trotando de su habitación. Al llegar a la cocina solté todo el aire de mis pulmones de golpe.
—¿Está todo bien niña?
Elizabeth apareció por la puerta trasera limpiando sus manos sobre su delantal de cocina.
Asentí con la cabeza aún sin poder hablar.
Había sido demasiado chocante esas imágenes para mi, la forma en que esas fotos estaban puestas ahí no indicaba nada bueno, sin hablar de esa caja, solo me traía mala espina y no iba a poder pasarlo desapercibido.
—Almorzaremos con Evan —volvió a hablar Elizabeth sacándome de mi mente—, al parecer se quedará aquí.
Volví a asentir.
—¿Estás segura que te encuentras bien? —preguntó nuevamente acercándose a mi.
—Si —musite.
Ella colocó sus cálidas manos en mi rostro y al comprobar que no me encontraba caliente las quitó.
—De acuerdo.
La señora Smith volteó y abrió la puerta de la estufa sacando la carne ya lista.
El olor llegó a mis fosas nasales y mi estómago se revolvió, arrugué mi nariz con asco, lo de hace unos segundos me había parecido algo un tanto retorcido y raro como para pasarlo desapercibido tan fácil.
—¿No tienes hambre Jade? —Elizabeth arrugó su frente y al instante relaje mi rostro.
—Oh lo siento tanto, no es que yo no tenga hambre es sólo que...
—Entiendo pequeña—Me interrumpió—, has desayunado hace muy poco tiempo y todavía no necesitas comer.
—¿Enserio? —pregunté incrédula.
Mi madre jamás me había dejado saltar alguna comida del día, le parecía una falta de respeto que falte alguien en la mesa, por lo que, siempre tenía que comer aunque eso me causará vómitos después, ella no era alguien a quien le gustara que le lleven la contraria y yo no era quien para desobedecerla.
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El color de la inocencia
CasualeJames ni siquiera tenía pensado que volver a casa de su madre le traería consigo una responsabilidad semejante como vigilar a la tímida hija de sus vecinos. Ni tampoco que eso traería más complicaciones en su enredada cabeza. Jade tampoco imaginó qu...
